Jugada desperdiciada

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Nos ahorraremos la frase de que esta película es un Ocean´s Eleven cañí y simplemente diremos que estamos ante una jugada fallida, una apuesta equivocada con las mejores cartas en la mano; ya que tener la figura de Gonzalo García-Pelayo en la manga de un guión y apostar por contarnos su hazaña más famosa como las aventuras de una pandilla de descerebrados, de manera colorista y comercial, es como tener cuatro ases y pedir cambio de cartas.

Para quien no lo sepa, Gonzalo García-Pelayo es un vividor en el sentido literal de la palabra que ha hecho de casi todo en la vida: director de cine, locutor de radio, productor musical, apoderado de toreros… hasta que se le ocurrió la idea de estudiar las probabilidades de acierto en la ruleta y apostar sobre seguro en el Casino de Madrid con su familia. Ganaron a la banca, les prohibieron entrar y se fueron a hacer lo propio en los casinos de medio mundo. Ahora vive del cuento y de estudios de probabilidad con el póquer.

Pues bien, Eduard Cortés, un director con películas tan interesantes como La vida de nadie, Otros días vendrán o El payaso y el Fürher, ha decidido meterse con su guionista habitual, Piti Español, en un casino sin saber jugar al black jack y entre los dos han armado una historia floja, narrativamente plana y con el único interés de la propia aventura de esta familia, que casi todos los que leemos, o leíamos, algún periódico de vez en cuando ya conocemos desde hace tiempo.

Hábilmente han incluido en el casting a dos estupendos actores como Lluís Homar y Eduard Fernández, reservándoles papeles secundarios, aunque fundamentales, y dejando descansar el peso de la trama y la duración del metraje en los jóvenes Daniel Brühll (Good bye Lenin), Miguel Ángel Silvestre (Sin tetas no hay paraíso), Oriol Vila (Todas las canciones hablan de mí) y Vicente Romero  (La noche de los girasoles). A pesar de una inexistente dirección de actores, hasta los neófitos están por encima de su papel, excepto Brühl, como el hijo de Gonzalo, que se pierde en un protagonista sin definir como si fuera uno de los Blues Brothers.

Con un guión excesivamente descriptivo, en el que los diálogos parecen de autómatas, las tramas secundarias se deshacen nada más plantearse, no hay sorpresas narrativas y los conflictos son casi invisibles, con una puesta en escena efectista y hasta exótica, una realización como la de un videoclip del rapero Pit Bull, y un esfuerzo interpretativo sin recompensa, hubiera sido más interesante e ilustrativo hacer un documental sobre la vida de Gonzalo García-Pelayo que intentar contarnos durante dos horas su brillante idea y cómo la llevó a la práctica.

En fin. Esto del cine es como la ruleta, unas veces se gana y otras se pierde. Y con la que está cayendo sobre el cine español desde la Secretaría de Estado de Cultura no estamos para perder ninguna apuesta. Menos mal que con la ayuda de algunos políticos visionarios dentro de poco nos pondrán EuroVegas. Eso sí que es hacer España.

1 Comment
  1. celine says

    Con lo apasionante que es la inteligencia casinera de esta famillia, es una lástima que la película no dé de sí. La apostilla final no deja de ser tan cruel como certera, Pascual.

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