Triste, el mar, este verano

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Es sabido de antiguo que las pulmonías son malas. De tan antiguo que hasta el nombre lo parece. Es una lástima que siga vigente en la tarea de llevarse por delante a gente estupenda. Esther Tusquets ha palmado –es como lo hubiera dicho ella- de una pulmonía; ella, que se ha criado al borde del mar, que lo ha nadado y surcado verano tras verano, que ha inhalado la frescura de las flores que crecen cerca, y otras fragancias menos inocentes.

Manda narices que se te lleve por delante una pulmonía después de haberte bebido el mundo en libros y botellas, después de haber apurado tantas noches de cigarrillos y charleta, de haber machacado el esqueleto en paseos interminables. Después de tantos libros de los demás editados con esmero y acierto. De tantas novelas que pudo escribir a pesar del trabajo editorial; después de cometer tantos delitos abominables, como decía el titulo de uno de sus libros (Pequeños delitos abominables, 2010). Va y se muere de una pulmonía. Que debe de ser una cosa muy mala aunque suene a antigua.

Su primera novela, El mismo mar de todos los veranos (1978), es también la primera que leí de ella. Y me gustó, por lo que continué con la siguiente, El amor es un juego solitario (1979) que fue fraguando su ser novelístico, tras la cual completaba una trilogía con la tercera novela, Varada tras el último naufragio (1980), que también cayó en mis manos.  Aprendí así a conocerla.

En su trabajo como editora de Lumen, cuarenta años en el tajo, lo que muchos lectores españoles recuerdan son sus cuadernos de Mafalda, de Quino, sacados periódicamente, y que iban siendo devorados con fruición según salían a la calle, a pesar de que resultaban poco caros para aquellos bolsillos precarios que –quién lo iba a decir- con el tiempo han vuelto a serlo. Precarios, digo. Como ha escrito Félix de Azúa y, antes se lo leí a Almudena Grandes, España vuelve, como solía, a ser pobre. Supimos de Virginia Woolf porque ella la publicó en España, y de Joyce y hasta de Delibes (hay una preciosa fotografía de Esther y Miguel tomando el sol, seguramente en Cadaqués, que les sacó Oriol Maspons). Y la máquina de Umberto Eco.

Cuenta Tusquets su aventura editorial con mucha gracia en Confesiones de una editora poco mentirosa (2005), donde se quita méritos –lo suyo ha sido mucha modestia- porque por empeño de su padre ella parecía abocada al trabajo editorial. No deja en el tintero las circunstancias, un tanto bruscas, que la obligaron a abandonarlo.

Sin embargo, donde un lector avisado puede disfrutar de lo lindo es en Confesiones de una vieja dama indigna (2009), un libro delicioso que acerca al lector la figura de esta dama nada indigna y sí muy inteligente.

Fue muy polémica la biografía que escribió junto a Mercedes Vilanova: Pasqual Maragall, el hombre y el político (2008), en Ediciones B. A la familia no le gustó nada que las autoras aludieran a ciertos problemas de carácter psiquiátrico de algunos miembros de la familia del poeta Joan Maragall. El caso es que el libro fue censurado y recortado, como en los peores tiempos franquistas, y Esther se arrepintió después de haberlo dejado salir así de la imprenta.

Tampoco hizo gracia en determinados ambientes su memoria Habíamos ganado la guerra (2007), donde se lee una crítica de esa burguesía catalana, tan encubridora de las verdades y tan aficionada a las mentiras, cuando no conviene que se sepan ciertos gestos políticos poco chic, como, por ejemplo, la masiva euforia que desató en Barcelona la llegada de las tropas de Franco al acabar la Guerra Civil, en 1939. Lo brillante que lucía el elegante Paseo de Gracia y  la de aplausos y vítores que salieron de miles de bocas de buenas familias. Al alimón con su hermano, Oscar Tusquets, Esther había publicado otro libro de memorias, Tiempos que fueron, muy original, en el que ella y su hermano se intercambias correos con sus recuerdos de esto y lo otro, enlazados a veces y sueltos, otras. Ese me queda por leer, pero de este verano no pasa.

La última vez que la vi fue en Madrid, hace un año, en la Fundación Mapfre, donde participaba en un encuentro sobre la gauche divine catalana y los años sesenta en España.  Iba acompañada de su amiga y ángel de la guarda, Ana María Moix, que debe de estar pasándolo ahora muy mal. No es que Esther tuviera una de esas malas saludes de hierro, pero mira tú que tenga que ser una pulmonía, en pleno mes de julio, la que se te lleve por delante, es que hay que ver. Recordaremos siempre su mirada socarrona y sus silencios elocuentes. Lo bien que ha vivido la vida. El sol de la costa bravía en sus ojos ahora cerrados para siempre.

2 Comments
  1. Juliopenas says

    Por favor,quita la H de Umberto, daña a la vista…

  2. Elvira Huelbes says

    Gracias, Juliopenas; fue un cruce con el catalán. Corregido.

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