IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

Esther Tusquets, en una imagen de 2009. / Julián Martín (Efe)

Poco cabe añadir a cuanto se lleva dicho sobre Esther Tusquets con motivo de su muerte. Quisiera simplemente subrayar la particular ferocidad con que, en sus libros, ajustó cuentas con la clase social en la que ella misma se crió: la alta burguesía barcelonesa. Puede que ningún otro sector de la burguesía española haya sido objeto de una crítica y de un repudio tan enconados por parte de sus propios vástagos. De la franja generacional a la que Esther Tusquets pertenecía han surgido numerosos escritores, artistas, arquitectos, editores, intelectuales de toda laya que, como ella, han convertido en casi un género la execración de su propia clase social, aun a pesar de no haber roto sus lazos con la misma, y de haberse aupado a sus privilegios. Baste pensar en las memorias de Carlos Barral, en los poemas de Jaime Gil de Biedma, en novelas como Señas de identidad, de Juan Goytisolo, o, muy en particular, Antagonía, de Luis Goytisolo, para cobrar conciencia de la intensidad de ese repudio. Como novelista, Esther Tusquets lo expresó tardíamente, pero lo hizo con una contundencia desconcertante, ya en su primera novela, El mismo mar de todos los veranos (1978), publicada cuando contaba más de cuarenta años de edad. Nada de lo que escribió después, ni siquiera esas enconadas memorias de infancia tituladas Habíamos ganado la guerra, posee la virulencia de un pasaje como el que, en esa primera novela, describe al público que acudía el Liceo de Barcelona allá por los setenta, años en los que –cuesta creerlo, si se piensa en la Barcelona de hoy– cundió la costumbre de lanzar tomates y huevos a los espectadores que, enfundados en trajes elegantes o envueltos en abrigos de pieles, salían por la puerta del Gran Teatro. Cito el pasaje, puesto en boca de la narradora, y lo hago sin más comentarios, pues todos lo pone por sí sola la actualidad política:

…porque este teatro es un parodia lamentable, pero, parodia o no, es el templo más auténtico de mi raza –un templo paródico para una raza de fantasmas–, y aquí acudimos, más o menos en serio, para sentirnos nosotros, para sabernos clan, para inventarnos quizá –ayudados por la hostilidad que reina en la calle contra nosotros, ¿nosotros?, una hostilidad incómoda desde que se ha tornado agresiva, pero que refuerza no obstante la vigencia de oxidados mitos, de cultos en los que hace ya mucho dejaron de creer los propios dioses–, inventarnos quizá durante unas horas que somos fuertes, hermosos e importantes, que somos los mejores, o quizás algunos, como yo, volvamos sólo de tarde en tarde para constatar una vez más y todas hasta qué punto somos mediocres, feos, irrelevantes. En cierto modo […] esto también es un rito, pero no es un rito privado […] es el rito de una gente enana que pasó hace ya muchos años de ser una raza niña a ser una raza vieja, pero sin crecer ni madurar jamás, sin conocer la plenitud ni alcanzar un real esplendor –por eso no hay aquí Visconti, ni hay un auténtico crepúsculo de los dioses, sino una decadencia interminable de un sueño que duró apenas un instante y que lleva más de un siglo desmoronándose–, el rito de una clase hecha de gentes chatas y mezquinas: todo es en nosotros pequeño y encogido, como frustrado antes de nacer, porque hubo hace mucho unos niños pujantes y entusiastas que descubrieron algunas cosas –tampoco tantas– y creyeron quizá que se podrían comer el mundo, pero el mundo los engulló a ellos antes de dejarlos crecer y los vomitó convertidos en unos vejestorios grotescos –nunca trágicos– que se sobreviven enconadamente a sí mismos para nada, y es extraña una decadencia tan larga y que no arranca de una grandeza real, sino sólo de un pueril sueño –nunca realizado– de esplendor” (pp. 127-128 de la edición de Compactos Anagrama).

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