El libro saca pecho

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Inge Feltrinelli, Mario Vargas Llosa y Jorge Herralde, en la inauguración de La Central de Callao, en Madrid. / Efe

No recuerdo en mis cuarenta años de oficio haber asistido a un evento literario con tamaño poder de convocatoria. La semana pasada se inauguró en Madrid, en el Postigo de San Martín, la librería que por ahora se  considera la más glamorosa de Madrid, la Central de Callao. Instalada a pocos metros de La Casa del Libro, inaugurada ésta en la década de los treinta en un proyecto donde estaban Urgoiti y Ortega y Gasset y modelo en su momento de innovación pero que hace tiempo se había convertido en un mostrenco edificio de despacho de libros, un poco al modo de Foyles de Londres, se sitúa en un palacete del siglo XIX que ha restaurado el arquitecto Ricardo Marco, con una bella cúpula correspondiente a la antigua capilla, un bistró, una coctelería llamada el Garito, cuatro plantas sabiamente distribuidas en torno a un patio central donde habita un ciprés y, lo más importante, 70.000 volúmenes repartidos en tres espacios que abarcan 1.200 metros cuadrados y divididos sabiamente por géneros y temas. La librería, un proyecto largamente pergeñado y largamente creado, ha sido un empecinamiento de Antonio Ramírez, Marta Ramoneda, y María Isabel Guirao, dueños de La Central de Barcelona, que inauguraron esa primera librería en 1996, y el consorcio de librerías Feltrinelli, cuya primera sede se inauguró en 1955, por Giangiacomo Feltrinelli, y que ahora regentan en sus más de cien locales, su viuda Inge, y su hijo, e impulsor de este proyecto, Carlo Feltrinelli.

Digo, según me acercaba al lugar, todavía en los aledaños de Callao, me llamó la atención el gentío, más embrollado de lo habitual, que hacía cola en la plaza. Lo achaqué, está allí el cine Callao, al estreno de alguna película con estrella de cine incluida. Mi sorpresa fue en aumento cuando me di cuenta que la cola provenía del palacete donde me dirigía y que, además, los guardianes de la entrada dejaban pasar cada cierto tiempo a los que hacíamos cola según se iba vaciando el aforo de la librería. Vivir para ver. Nunca asistí a algo parecido en el mudillo literario. Pero el pasmo no fue sólo mío. Se me acercó un turista británico y me preguntó sobre la causa de tal revuelo. Le dije que se había inaugurado una librería, book-shop, recalqué bien por si no lo había entendido por la cara de incredulidad que puso. Me preguntó, entonces, si había algún famoso y le contesté que un Premio Nobel. Entonces, esperanzado, volvió  a preguntarme si en inglés, y le dije que no, que en español, y que se llamaba Mario Vargas Llosa. Se fue con gesto más confuso que había venido.

Una vez dentro, no fue fácil, me demoré en las salas y en el modo en que estaban expuestos los libros antes de subir a la planta en que Mario Vargas Llosa, Alessandro Baricco, que seguro habían traído los Feltrinelli, y Jordi Herralde, que llamamos en Madrid Jordi y en Barcelona Jorge, inauguraban con su presencia y algunas palabras tamaño lugar. El acto fue una reivindicación del libro en papel, del libro como refugio, casi último, de lo que se nos viene encima. La verdad es que a veces parecía que en los presentes se había apoderado ese imaginario donde asistimos a una nueva Edad Media oscura en que las únicas luces son las bibliotecas de los conventos convertidos en librerías. Evidentemente esto no se decía, ni siquiera se era consciente de ello, pero en aquello que se bisbiseaba, en los comentarios dejados al azar, había cierto espíritu de resistencia y, desde luego, una alegría enorme por el nacimiento, en plena crisis económica y con la subida del IVA al 21 % en los espectáculos, de una librería como esta en la que nos encontrábamos. Parecía un reto. Era un reto.

Antonio Ramírez aludió en la presentación al lado gourmet que tiene el libro. Se refirió al tacto, a la demora en las dependencias para comprarlo, “un lugar no digital sin prisas, un lugar donde los seres humanos se pueden encontrar; un lugar cuya guía será la ética y la cultura y donde no habrá pelotazos”. Vargas Llosa, que es vecino de la librería pues vive a escasos metros, brujuleaba entre la admiración por haber construido un especio como en el que se encontraba y el lado loco en meterse en un proyecto así, “un acto suicida en un mundo en que las pantallas  están derrotando a los libros en papel, pero, por otro lado, parece un acto de sensatez, porque la historia no está escrita y esto es una batalla por lo que el libro representa”. Llegó, luego, incluso a referirse a que el libro es un baluarte de la civilización. Lo dicho: como si de una Edad Media imaginaria se tratara. Vargas Llosa, el defensor a ultranza del liberalismo, llegó por un momento, le venció la nostalgia, a trasmutarse en un monje defensor de los libros iluminados, es decir, valga la metáfora, de un mundo, el de su juventud, que ha homenajeado en su último libro, La civilización del espectáculo. El ver, por otro lado, a muchos jóvenes abarrotando el local debió infundirle ánimos. El escritor italiano, por su parte, el autor de Seda, se puso más lírico, al fin y al cabo nació en la patria de la ópera, y llegó a soltar que “frente al invierno del alma que vivimos, actos así nos demuestran que estamos ante una primavera”.

El caso es que seguí merodeando un rato y viendo libros y más libros hasta que el calor hizo que saliera antes de lo previsto. En la calle seguía casi con la misma extensión la inmensa cola que llegaba, ya digo, más allá de la plaza. Fue, entonces, cuando comencé a preguntarme sobre los motivos de que tanta gente acudiera  a la presentación de una librería. Y lo cierto es que no tengo una respuesta clara, pero el caso es que así sucedió. Uno, que sabe que un negocio como el de La Central de Callao está medido hasta el detalle, no va a caer a estas alturas en la trampa del lirismo reivindicador de una resistencia a lo digital, si han invertido tamaño dinero en rehabilitar el palacete es que saben que hay negocio a la vista, pero no deja de tener gracia que esa resistencia hacia la pantalla sea el ardid con que se nos quiere justificar algo por lo demás muy digno: el que compremos libros. Me fui encantado de haber asistido al evento, pero sigo preguntándome por las razones reales de tamaña asistencia. Es probable que la crisis nos haga salir a la calle en busca de compulsiva compañía, es probable que la hora de la inauguración, las siete de la tarde, fuera la hora del paseo, es probable que existiera genuina curiosidad por asistir al primer evento de la temporada… el caso es que sucedió tal y como lo he contado y para mí sigue constituyendo una sorpresa.

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