Thomas Szasz, en defensa de la libertad

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Thomas Szasz. / Captura de YouTube

Hace años, el nombre de Thomas Szasz era un santo y seña para los iniciados en la senda de los alucinógenos y en la de la libertad del ser humano con su carga de responsabilidad correspondiente. La noción que más memorable me parece de sus numerosos libros, es la que alude a la persona verdaderamente libre, aquella que no se somete a control alguno pero –sobre todo- la que no desea ni necesita controlar a nadie. Hace falta mucha seguridad en sí mismo y mucha confianza en los demás para llegar a ese nivel.

Desde 1961, en que publicó El mito de la enfermedad mental, que revolucionó la psiquiatría mundial, a Szasz se le asocia con el movimiento de la antipsiquiatría al que contribuyeron los italianos Franco Basaglia y Giovanni Jervis, el surafricano David Cooper, el británico R. D. Laing, el canadiense Erwing Goffman. Los franceses Felix Guatari, Gilles Deleuze y Michel Foucault, anduvieron también en esos terrenos, aunque en la Francia aquella del 68, la antipsiquiatría no fue una corriente muy cultivada. En España, Ramón García, Enrique G. Duro, Manuel González de Chavez y Alicia Roig, entre otros, lucharon por los derechos de los enfermos mentales en la línea de este movimiento. Pero, estábamos con Thomas Szasz.

En El mito de la enfermedad mental, arremete contra las construcciones patológicas que los controladores de turno hacen de actitudes libres de las personas, de la falta de sumisión, por ejemplo, de la desobediencia a las reglas sociales. El invento de la histeria aplicada a las mujeres que no atendían los requerimientos masculinos es un ejemplo clásico. Para él, una enfermedad es algo que debe revelarse en la mesa de autopsias, nunca un comportamiento "raro" o una forma de ver las cosas.

En sus muchos libros desarrolla las bases de su pensamiento: que sólo la persona manda en su cuerpo y su mente, que el uso de medicinas es un asunto privado de cada cual y que el suicidio es un derecho fundamental del individuo. Ahora, nadie niega el derecho a tener una muerte digna, por lo menos.

En La medicalización de la vida cotidiana, Szasz le da un buen meneo a la industria farmacológica y su comandita con la medicina oficial para mayor gloria del negocio que fácilmente trabaja contra la salud de la gente. Mucho más encarnizado se muestra en Pharmacracy: Medicine and Politics in America (2001) que no ha sido traducido al español, que yo sepa. Claro, tal como lo voy contando, parece que se trate de un paranoico obsesivo, pero no.

En Nuestro derecho a las drogas, Szasz argumenta que igual que el estado concede libertad a la gente para que compre todas las tartas de crema, las hamburguesas, los huevos y tocino, los helados, etc. que quiera; y también el tabaco y el alcohol que desee, igual debiera poder, quien quisiera, comprar barbitúricos, clorohidratos y morfina, si se lo puede permitir. Para él, el empeño del prohibicionismo no es por la peligrosidad de las drogas sino por su carácter ritual, algo sospechoso, algo de lo que hay que desconfiar. Qué lejos parecen hoy estas discusiones de entonces, aunque sigan sin resolverse.

Szasz fue un paladín de seres desvalidos, quizás por eso se ocupó mucho de los niños y del empeño de la sociedad americana –y las que la imitan- por convertir determinado comportamiento infantil en patología. “Un niño sabe que se ha hecho adulto cuando comprende que tiene derecho no sólo a llevar razón sino también a equivocarse”, ha repetido muchas veces quizás con la esperanza de que caigan en la cuenta los que escuchan.

En España, aparte de los psiquiatras mencionados, ha tenido seguidores como Antonio Escohotado y Fernando Savater, que no siempre le citaron, cuando debieron, en sus artículos, pero eso se ve que pasa en las mejores familias. Yo tuve la suerte de conocerlo y hasta de participar en un seminario dirigido por él, al que me invitó, en Santiago de Compostela, hace algunos años.

Si no lo han leído, recomiendo su lectura. Hay muchos títulos traducidos que han publicado Tusquets, Anagrama, Alianza, Amorrortu, Alcor, Kairós, Paidós, etc. Una mala caída se lo ha llevado por delante a los 92 años. Por mi parte, sirva este humilde artículo como homenaje.


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2 Comments
  1. Francisca says

    OK

  2. perniculás says

    ¡Qué bien ‘suena’ lo que dices, Elvira. Habrá que leer a este sabio defensor del libre albedrío. Sí, siempe supimos que los esbirros del poder nos organizarían la vida para fastidiarnos. Tanto, que nos declaran enfermos a los que no estamos de acuerdo con sus normas.

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