IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

El pasado 12 de octubre, Día de la Hispanidad, llegó a mi buzón electrónico este artículo colectivo, entre cuyas firmas reconozco las de algunas personas por las que siento gran respeto. Más allá de las particularidades del caso, a mi juicio de enorme interés, pienso que la reflexión a que da lugar trasciende el marco de la sociedad y de la cultura ecuatorianas y admite ser proyectada sobre casi todos los países que comprende el cada vez más vidrioso y cuestionado concepto de Hispanidad.

El monumento de La Concordia, el Gobierno y el abandono de lo público

El polémico monumento en homenaje al cantón de La Concordia (Santo Domingo, Ecuador). / m.extra.ec

“El nuevo monumento del parque central de La Concordia, en la provincia de Santo Domingo, pone sobre la mesa, otra vez, la gravedad de la situación de la cultura ecuatoriana, el carácter de sus relaciones sociales y del Gobierno nacional. Como la maqueta a escala de una casa nos descubre características que no conseguimos apreciar en nuestro rápido recorrido por la casa real, así el monumento de La Concordia puede mostrarnos el país y el gobierno que no alcanzamos a ver en el tráfago y el bullicio diarios.

Mencionamos al Gobierno porque el monumento fue encargado por el alcalde, un militante de Alianza País, el partido del presidente Correa. Ningún ente o personaje del gobierno, ninguna organización gremial de Quito, Guayaquil o Cuenca, ningún partido político, ninguna asociación de defensores de derechos humanos y de la democracia, ninguna veeduría ciudadana, ninguna asociación de mujeres, nadie del mundo intelectual, nadie del ámbito nacional ha levantado crítica alguna. En cambio, en la provincia de afrodescendientes de Esmeraldas el monumento ha sido recibido como un ultraje.

¿Cuál es el problema del monumento, que indigna a los afrodescendientes pero deja indiferente al resto del país? En Esmeraldas dicen que se trata de tres mujeres negras que sostienen sobre sus cabezas a una blanca. El alcalde niega que se trate de negras: “son tres mujeres –dice-: una indígena, una negra y otra mestiza, que sostienen una concha en la que nace una mujer de color perla, quien representa al cantón”. El alcalde lo pudo haber dicho más alto pero no más claro: quien representa a La Concordia es una mujer blanca (‘perla’, para más refinamiento), no la negra, ni la indígena ni la mestiza. La naturaleza y la posición superiores de la blanca e inferiores de la negra, la mestiza y la indígena quedan patentes. Parece que no cabe discusión alguna.

Y sin embargo, he aquí que la concepción de la obra, la autoría intelectual, es de una personalidad guayaquileña de cuya integridad, intenciones y valía artística nadie puede dudar; la trayectoria de Marco Alvarado lo pone a salvo de cualquier sospecha de racismo o mercenarismo. Comprometido con los deberes cívicos que todos tenemos, Marco ha hecho investigaciones, elaborado proyectos y apoyado reivindicaciones de campesinos de la costa y se ha interesado sinceramente por la cultura y el destino de los afrodescendientes. Su concepción del monumento de La Concordia apuntaba a una obra “anti-patriarcal’ que representara “las tres vertientes culturales que constituyen nuestra nacionalidad y que han sido históricamente negadas”. Según Alvarado, la mujer que sale de la concha no es blanca sino ‘nácar’.

Repetimos: no cabe dudar de Marco Alvarado. El monumento es una nueva expresión, pública y tangible, de la colonialidad cultural de que padecemos los ecuatorianos. Un procedimiento más democrático, un debate en el municipio entre dirigentes, ciudadanos, artistas y crítcos sobre el arte público, las razas y los símbolos en el contexto de la historia del país hubiera impedido que el ‘caso’ de La Concordia se produjera. La nueva resolución rectificatoria adoptada por el municipio, de eliminar las figuras negra, india y mestiza, sólo subraya la gran confusión que la colonialidad cultural provoca en la vida ecuatoriana.

¿No es todo esto un asunto que concierne a la conciencia entera del país, a la democracia, el gobierno y la convivencia social? ¿Hemos de preguntarnos por qué callamos, por qué dejamos solos a los afro en su protesta, por qué un artista experimentado y un ciudadano solidario como Marco Alvarado se encuentra solo en su empeño por simbolizar el pasado y el futuro en un espacio público, hasta el punto que de su obra termina emanando una significación no buscada ni querida? En realidad, no son necesarias estas preguntas. Otros graves asuntos relativos a la democracia han pasado fríamente delante de nosotros. Callamos cuando el presidente Correa acusó de terroristas a los dirigentes indígenas y empezó a perseguirlos penalmente; dejamos solas a las asociaciones de mujeres que se movilizaron por la legalización del aborto en casos de violación; y todos -los gobiernos locales y central y los ciudadanos- nos quedamos en silencio cuando, en cuatro líneas, la prensa informó que 357 niñas y niños fueron violados en escuelas y 8.500 mujeres fueron golpeadas entre enero y septiembre de 2011, en Guayaquil.

Si no hace falta ninguna pregunta es porque todos conocemos la penosa respuesta: en general, los asuntos públicos no forman parte de nuestras preocupaciones. La característica y la tragedia del Ecuador de hoy es que aquí ha dejado de existir un interés común. Si se habla de pérdida de institucionalidad y de libertad de opinión, seguridad y democracia; si los suicidios infantiles continúan; si continúa el discrimen por género y raza y las adolescentes, por ejemplo, siguen obligadas a vestir cursis vestidos o faldas ‘de señoritas’, impedidas de usar pantalones, señalándoles así un rol ominoso; si la educación pública sigue siendo un fraude; si no hay debate público sobre la cultura, la ideología y los valores de los ecuatorianos; si no se discute en foros ciudadanos un proyecto de nuevo Código Penal conservador, que endurece las penas y criminaliza las protestas; si no hay ni clase política ni oposición política visibles que sean intelectual, política y moralmente aceptables; si todo eso ocurre sin reacción ciudadana es porque en Ecuador domina un paradigma de triunfo individual que niega que existan deberes relativos al bienestar común. Lo que no conviene a nuestro interés directo o indirecto y al de nuestras familias nos es indiferente.

Sí: son males antiguos. Pero este gobierno fue elegido para liderar un proceso de reversión de las políticas de todo género que nos llevaron al abismo; y, a cambio, termina el mandato dejando un país cuya suerte no le interesa a sus ciudadanos. En estos seis años, el gobierno no promovió una ciudadanía participativa, no transformó la educación, no atacó el cuadro de valores coloniales que envenenan la convivencia y condenan a la subordinación y la humillación a la mayoría del país. En ese terreno de lo inmaterial el gobierno nacional ha sido como todos los anteriores, y peor: más eficaz en el estímulo de la ética competitiva. El presidente prefirió convertirse en el acusador número uno y su blanco preferido fue la ‘corrupción’ de los partidos y la prensa; pero si en su gobierno se ha perdido el interés por lo publico, si se ha hecho más perniciosa la estructura ético-ideológica colonial del país, ésa que permite que los ecuatorianos seamos indiferentes a las violaciones de niños, a los suicidios infantiles, al ‘caso’ de La Concordia, entonces el propio gobierno actual puede ser acusado de lo mismo que señala en otros.

Porque también es corrupción no respetar las normas sobre independencia de funciones del estado o impedir toda fiscalización crítica sobre el gobierno; se corrompe a los jóvenes con la política simoniaca de entrega de cheques a quienes obtienen las mejores calificaciones en los colegios, señalándoles así metas perversas y enseñándoles a poner precio en monedas al esfuerzo intelectual y moral, es decir, a su conciencia; se falta a la moral pública, en suma, fomentando, a través de muchos mecanismos pero especialmente con las escasas medidas de reforma educativa, una ética no colaborativa y la formación de individuos egoístas y ambiciosos, como ha hecho la ‘revolución ciudadana’; ciertamente se incumple el mandato constitucional al contemplar pasivamente, unas veces, o consagrar activamente, otras, honores y privilegios materiales y morales, tal vez evocados por la mujer blanco-perla en el monumento de La Concordia, según el sentimiento de los afrodescendientes.

Es innegable la deuda del gobierno. Porque sin debate, sin descolonización cultural, sin igualdad moral cotidiana y real, no hay democracia verdadera”.

Mario Campaña, escritor
Cecilia Ryder, traductora
Sandra Blanco, empresaria
Jorge Martillo, escritor
Sonia Márquez, pedagoga
Matilde Kalil, psicóloga
Bernardita Maldonado, escritora

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  • Y más

    Me parece que se trata de un problema de los ecuatorianos que, con el tal Correa están yendo para atrás en democracia, aunque nunca hayan estado muy para adelante, que digamos. No creo que tenga mucho que ver con la Hispanidad. En cuanto a la colonización cultural, creo que la padecemos todos, españoles incluidos, en mayor o menor medida.

  • Jonatan

    Parte de los que se llaman “valores coloniales” en el articulo, se refieren a las imposiciones criollas, abusivas y criminales, de las clases dirigentes que poco tienen ya que ver con la colonización española, me parece a mí.

  • Alejo

    Estimado Ignacio, te escribo desde Córdoba, Argentina, tengo aquí una pequeña editorial llamada Caballo negro editora, quisiera comunicarme contigo para hacerte una consulta, ¿será posible?
    Saludos cordiales

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