ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 19:05

Agustín García Calvo / editoriallucina.es/

Supe de la existencia de Agustín García Calvo cuando él vivía en París y mantenía tertulias literario-filosóficas en el café, mientras daba clases en las universidades de Lille y Nanterre. Se había exiliado por su cuenta, harto de las limitaciones académicas y sociales de la España franquista. Le habían quitado la cátedra por la que enseñaba en la Universidad Complutense, por respondón, a raíz de las protestas estudiantiles de 1965. Qué tiempos aquellos en los que los catedráticos arriesgaban las alubias y los honores por una causa justa; pero es que había mucho loco entonces, o no mucho, pero el profesor García Calvo era uno de ellos. Años hippies y tal. A lo que íbamos.

Con el tiempo, cuando los de mi quinta éramos universitarios, lo conocí personalmente en la tertulia de los miércoles del café Dos Passos, de la calle Lista. Me pareció un nombre caprichoso para un café; nunca imaginé que fuera a sobrevivir al profesor. En ese café se hablaba de Heraclito (él no pronunciaba esdrújula) y de Parménides. Del devenir y de la virtud de los aristói (en sentido espiritual, claro) y de la democracia. También del pié yámbico. Se hablaba de casi todo y todos podían meter baza. La timidez y cierto respeto hacia el que sabe hacía que no hubiera que soportar a pelmas sabihondos y redichos.

Con gran placer hemos leído los amantes del ferrocarril sus artículos en El PaísEl País, ésa es otra- por la supervivencia de esa maravilla de la ingeniería y de la sensatez humanas, el tren. En la página de su editorial creo que aún se podrán leer algunas de estas cosas tan sabrosas que escribía.

Sus charlas en el Ateneo de Madrid o en la Fundación Juan March, de la que cuartopoder se hizo eco, o en el Circulo de Bellas Artes, o donde fuera no dejaban a la gente indiferente. En varias ocasiones he sido testigo de abandonos airados y ruidosos de elementos del público o de aclamaciones bíblicas de los más entregados. AGC era extremista, radical, un ser que huía de las medias tintas y de las tibiezas. Seguramente, alguna vez se habrá equivocado, pero ¿y qué?

Para él la lengua, la lógica, las artes, el teatro,la poesía eran elementos del ser que se sabe mortal y pobre de tiempo, por eso no ha desaprovechado ni un minuto en guardar apariencias por quererse más respetado. Al profesor García Calvo le han respetado, y mucho, los que sabían, los que saben. Con que, eso que se lleva por delante, si me permiten el populismo.

Le han dado premios, tres veces el Nacional, pero su pensamiento no puede ser del agrado de autoridades de ninguna clase, ya que sabía ser impertinente, inoportuno, intransigente, imposible, insobornable, y todo eso da mucha rabia al que quiere tener el control de las cosas y de las gentes.

Me gustaba ver su gueule de métèque por el barrio de Argüelles, donde vivía, cuando coincidíamos en la pitanza de la Fromagèrie Normande: cabello blanco ensortijado y al viento, patillotas que se encontraban con el bigote a la Brassens, foulard morado, tres camisas superpuestas de varios colores, abiertas, en verano, hasta el ombligo –son ganas de provocar- y los zapatones de coqueto que le alzaban unos centímetros más del suelo. En la foto que ilumina este humilde homenaje, su actitud es la del Esopo que pintó Velázquez, entre escéptico y dispuesto al  mejor de los relatos.

Total, que ha muerto y eso duele, pero no morirá su obra a poco que haya algún alma noble que sepa leerla, y mientras permanezca viva la llama de la memoria. “Porque ello es que todo es causa de todo, y todos uno”, acaba su Sermón de ser y no ser. Y así debe de ser, ¿no, Isabel?

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