Horas deshabitadas, felicidades perdidas

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Fotografía de archivo (Madrid, 09/10/2009) del narrador y poeta José Manuel Caballero Bonald, ganador del Premio Cervantes 2012. / Kote Rodrigo (Efe)

A pesar de no sentirse muy del gusto del actual Ejecutivo, palabras propias, a José Manuel Caballero Bonald le han dado el Cervantes: la guinda reluciente de su tarta de premios literarios. Agradecido, ha dicho, entre bromas y veras, que ya le tocaba el turno a él. ¡Jolines!, habría que añadir. Su acento personalísimo, al hablar, contiene chispas del dulce acento cubano de Camagüey, donde nació su padre, y donde vivía su abuela Obdulia. Ahora ya no hay nadie, dice; están todos en Miami.

Piensa, muy seriamente, que “el beber es tan necesario como el navegar”, especialmente si se trata de manzanilla y oloroso de Sanlúcar. He visto a CB salir de una fiesta, tambaleante, anudado en abrazo peripatético a su gran amigo Pepe Esteban, sin perder ni un ápice de su elegancia natural, la que le ha sido dada desde la cuna. Era una celebración en el café Reporter, de Madrid, ya fenecido, como tantas cosas.

No se sabe de dónde proceden algunos de los personajes de las novelas de CB que tienen peculiaridades notables, nada comunes. Le pasa a la pareja de Agata ojo de gato. “Ella era medio anfibia por una propiedad adquirida en el nacimiento: hibridismo pulmonar”, me dijo una vez. El dice que en su familia se han dado casos raros como los famosos acostados, de los que habla en sus memorias Tiempo de guerras perdidas (1995): "No eran ni enfermos imaginarios ni gente desocupada; eran simplemente unos ciudadanos algo extravagantes, pero muy conscientes de su papel de dimisionarios de los afanes de cada día". No hay que perderse esas memorias.

Surrealista como su escritura. Admite el escritor que sin el surrealismo no habría dado con el tono. El exagera, como buen gaditano: “no habría pasado de ser un escritor de calcomanías”. Amigo de afirmaciones tajantes sobre su ser –que tan bien conoce- asegura también que es novelista gracias a que ha sido poeta.

Hace ahora 20 años bien cumplidos en una inolvidable –para mí- entrevista que mantuvimos (ese privilegio del oficio de periodista), reconoció: “Yo entiendo muy poco de literatura. Nada. Sólo tengo un sentido claro de lo que debe ser artísticamente la literatura”, en un genuino estilo caballeresco bonaldiano.

Supe entonces, también, que a CB las palabras esdrújulas tienen la virtud de calmarle la irritación que le produce el habla vulgar de los medios. De las series televisivas españolas, añado. Ese bálsamo se lo concedió él a uno de los personajes de sus novelas, Campo de Agramante (1992), concretamente. El límite nebuloso que separa lo razonable de lo quimérico  fue el elemento esencial de esa novela y también “la historia personal de mucha gente porque hay momentos en que la vida cotidiana navega por situaciones irracionables”.  Sí, él dice “irracionables”, aunque el corrector del sistema lo subraye como incorrecto.

Hablábamos de Maastricht y de los pescadores de Sanlúcar, corrían los 90. A él ya le parecía que a la economía de subsistencia, Europa le sienta mal. “…queda claro que Maastricht lo han organizado los directores de los grandes bancos y las grandes compañías financieras”. No sé si les suena familiar.

Ahora, dice el nuevo Premio Cervantes que ya no tiene qué escribir excepto si despierta su condición de “poeta intermitente”; entonces, sí. Entonces cederá a la obligación moral de poner por escrito las palabras susurradas por el alma. Mientras tanto, entre el rumiar de horas deshabitadas y felicidades perdidas, la alegría de un premio capital y la publicación reciente de un libro de poesía, Entreguerras, del que él mismo ha dicho que le parece el mejor que ha escrito. Así que ya hay tarea para quien quiera. Felicidades.

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