El filón del impresionismo

Las exposiciones madrileñas inauguradas en este invierno que se cierne en primavera huelen a impresionismo, por lo que se esperan grandes colas para contemplar la excelencia de la mayoría de los cuadros que se exponen, muchos de ellos reconocibles en los manuales de historia de la pintura. Ahí es nada, Manet, Monet, van Gogh, Cézanne, Renoir, Sisley, Seurat, Pissarro… en un desfile casi interminable de doscientos lienzos repartidos en dos instituciones que, casi al unísono, han programado dos enormes y apabullantes muestras. La primera, la de MAPFRE, Obras maestras del Museo D´Orsay, se inauguró a mediados de enero comisariada por Carlos Giménez Burillo y Caroline Mathieu y expone 70 cuadros cedidos por este museo parisino, uno de los más visitados de la capital francesa si exceptuamos el Louvre y el Beaubourg. Estos cuadros son importantes dentro de los fondos de la institución y han sido cedidos para esta muestra por intercambio de favores.

La Fundación MAPFRE ayudó al Museo parisino a  concluir con gran éxito recientemente una muestra en Brasil y, se ha visto recompensada con esta cesión temporal que apabulla un poco por la calidad de lo expuesto. Así, dos de los cuadros correspondientes a la serie que Monet pintó de la catedral de Rouen y que pasan por ser fundadores de esa nueva manera de mirar y de pintar, varios cuadros de van Gogh nunca expuestos en España, una habitación dedicada a Vallotton, pintor poco conocido entre nosotros pero dotado de un inquietante trazo, nada menos que algún que otro Cézanne y, finalmente, los cinco paneles que se conservan de Jardin Publics, de Vuillard,  a los que hay que añadir algún Signac, algún Seurat y su pincel neoimpresionista, Pissarro, claro, y Toulouse Lautrec, pintor que goza entre nosotros de legendaria excelencia y al que asociamos con cabarets y bajos fondos.

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Por si esto fuera poco, hoy martes, 5 de febrero, el Museo Thyssen inaugura Impresionismo y aire libre. De Corot a van Gogh, una muestra de 116 obras dedicadas al paisaje. En sentido estricto no se trata de una exposición de impresionistas pues hay pintores como Corot, Constable, Turner y Courbet cuya única característica entre ellos y los impresionistas es que todos los cuadros expuestos se pintaron al aire libre, un modo de trabajar que los impresionistas elevaron a regla. Ni que decir tiene que la luz y sus variaciones a lo largo del día es, en realidad, aquello exterior que une a escuelas tan diversas y personalidades únicas como las expuestas, pero hay que reconocer que, como bien dijo Juan Ángel López Manzanares, comisario de la exposición, el espectador tiene la oportunidad de ver el modo “en que el artista plasmaba la materialidad de las cosas”.

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'Paisaje bajo un cielo agitado' (1889), de Vincent Van Gogh, una de las obras que se exponen en el Museo Thyssen. / Efe

Y como es el aire libre la excusa temática de la exposición, ya que estas cada vez más se parecen a cursos de arte de grado medio, el comisario apunta  a que nos fijemos en Pierre Henri de Valenciennes como el padre de la pintura al aire libre cuando en fecha tan temprana como 1800 recomienda a sus alumnos, de la Academia romana, que pinten al aire libre los paisajes que luego incorporarán a los vastos frescos históricos, que es lo que entonces se llevaba. Tomamos nota, pero no dejamos de impresionarnos, nunca mejor dicho, con las tonalidades de los paisajistas ingleses, Turner y Constable, y cómo ese aire se transforma en objeto delicuescente en la pintura francesa posterior, mientras seguimos con creciente admiración esos cielos de van Gogh, extraños, reales y a la vez tan ajenos, hasta llegar a Cézanne, que vuelve a descubrir el paisaje pero anunciando dentro de esos volúmenes de rocas, el elemento de las montañas, la geometría de la mirada abstracta.

Alberto Corazón, nuestro afamado diseñador, ha escrito sobre las dos exposiciones resaltando el papel de ruptura radical del impresionismo respecto a la pintura que se hacía con anterioridad. Dice que el cuadro se libera del tema para entrar en la vivencia, lo que es verdad, aunque visto desde hoy lo representado sea ya tema porque la vivencia ya no se experimenta así. Pero es digno de resaltar que Corazón aún defienda el impresionismo como la gran revolución técnica y del modo de mirar que supuso en el arte un corte radical porque aunque se estudie en los manuales conviene resaltarlo, sobre todo entre algunos, cuyas razones entiendo, que ven en estas exposiciones el refugio en un valor seguro por parte de las instituciones culturales.

Habría que recordarles que las instituciones quieren rentabilidad, no valor seguro, y que si fuera rentable alfombrar las salas de performances e instalaciones de todo tipo lo harían encantados porque, además, daríamos la impresión de ser muy, muy modernos. El impresionismo se ha convertido en algo que genera filas interminables de espectadores. La experiencia lo avala y el Museo D´Orsay parisino sabe mucho de eso, pero ello no obsta para que creamos que esa pintura representa el lado kitsch de nuestra mirada, inmersa ya en el siglo XXI, y que, haciendo correspondencias, equivaldría a aquellas exposiciones sobre temas históricos y patrióticos que en el siglo XIX hacían las delicias de los burgueses del momento.

Creo que el impresionismo es el Altamira de la mirada del hombre moderno y que, por eso, es movimiento artístico idóneo para que la gente de cualquier pelaje y condición goce con ello porque ese modo de mirar es el genuino de nuestro origen, es el que tenemos cuando nos relajamos, y en el fondo comprendemos más un cuadro con el nostálgico tema de un batelero del Sena divirtiéndose un domingo, pintado por Renoir, que el paisaje de la Arcadiade Poussin. Nos es menos ajeno.

Ello no significa abogar porque el impresionismo llegue a estragarnos. Se trata simplemente de entender, no de juzgar, ciertos movimientos populares, que parecen molestan exclusivamente por su número. El pop es también comprensible, más que el impresionismo, pero la gente prefiere éste porque le distancia más de su propia época, que quisiera olvidar por unos minutos. Y más en tiempos de crisis, donde tendemos a refugiarnos en las cuevas que abandonamos. Ya digo: Alta.