Jimi Hendrix, el guitarrista tocado por la gracia

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Imagen de Jimi Hendrix en la portada de 'People, Hells and Angels'.

Este hombre pertenece desde hace años a la leyenda de los años salvajes del Rock, como Jim Morrison, cantante de The Doors o Janis Joplin, el trío de músicos norteamericanos que durante los mismos años, finales del los sesenta, cumplieron a rajatabla con la imagen que el Romanticismo había legado a la cultura pop. Ellos fueron carne del mito de ese gesto ante la vida que se resumía en sexo, drogas y rock and roll, y que en realidad, sin saberlo, se convirtieron en herederos directos de la imagen legada desde el siglo pasado por figuras como Alexander Puschkin o Lord Byron. Jimi Hendrix, además, era pura mezcolanza, de indio, de negro, y eso añadía un valor si se quiere más agudo a la rebeldía perpetua ante un sistema que se quería desmoronar. Se convirtió en el ángel malo, genialoide, de una generación que pronto, muy pronto, se vio envuelta en el torbellino del Rey Midas de las ventas  millonarias. El ejemplo contrario, los Rolling Stones que siguen ofreciendo conciertos desde su jubilación. Son el otro lado de la moneda. Pero los héroes mueren jóvenes porque son leyenda desde los mitos griegos. En lo tocante a esta cuestión nada ha cambiado.

Se presentó, por parte de Sony, un nuevo disco de Jimi Hendrix en Londres este martes y en todo el mundo la cosa tuvo visos de acontecimiento.  Hendrix murió con 27 años pero en realidad su carrera musical fue un relámpago que duró escaso tiempo, casi como una estela de  luz, ocho años desde que debutó como un perfecto desconocido en los King Casuals, en Tennessee, hasta su muerte en Londres en 1970, convertido ya para muchos en el mejor guitarrista de la música rock, y en ese tiempo produjo pocos discos, tres bajo el sello de The Jimi Hendrix Experience, editados en los años 67 y 68, otro en solitario, este el año d e su muerte, Band of Gipsis,  con sonido en vivo, y tres póstumos, First Rays of the New Rising Sun, de 1997, Valleys of Neptune, de 2010, y éste presentado ahora, People, Hells and Angels, que agota todo el material de estudio recopilado por Hendrix cuando grababa. Con este disco se ha acabado la gallina de los huevos de oro, aunque casi bajo cuerda se esté preparando uno nuevo  que saldrá en un futuro de versiones en directo pero apoyados por la última revolución en materia tecnológica audiovisual.

El disco consta de una selección de doce temas que fueron grabados en los años 68 y 69 y que incluyen su actuación en Woodstock, con algunos que culminaron en la creación de su grupo, Band of Gipsies, donde se reuniría con Billy Cox, un músico con el que interpreta un blues, Hear my Train A Comin, presente en el álbum. Las temas incluidos en el disco fueron fruto de la colaboración de Hendrix con Eddie Kramer, el ingeniero de sonido con el que el músico de Seattle grabó todos discos de aquellos años. Según Kramer, trabajaban los dos a cuatro manos y Hendrix poseía la capacidad y tenacidad de llevar siempre a buen puerto aquello que se proponía. Kramer ha sido productor, junto a John Mac Dermott y Janie Hendrix, la hermanastra de Jimi, que es la heredera de los derechos de autor, del álbum presentado, un álbum muy experimental que gracias  a la tecnología digital permite aislar y dar realce al sonido de batería o guitarra, destacándose de los demás. “Algo”, ha explicado Kramer, justificando ese trabajo hecho por él, “que le da un aire muy de ahora”. Por lo menos quedamos avisados.

El rock está que lo tira. David Bowie acaba de presentar hace pocos días, después de diez años de ausencia, The Next Day, que saldrá a la venta el 12 de marzo con motivo de sus 66 años, con un despliegue de marketing sin precedentes y muy acorde con este maestro del camuflaje, de las mezclas de lo retro y las vanguardias que es Bowie. En realidad la música rock sigue viva y coleando y fenómenos como éste de David Bowie o el de Jimi Hendrix sirven para redondear el negocio de unas empresas que están haciendo frente a la crisis de las descargas porla Red como pueden. No hay que olvidar que este álbum de Hendrix servirá como referente para completar la discografía de un artista dotadísimo que pasó como una estela luminosa por el universo de la música y se apagó pronto, muy pronto.

Pero si uno echa un vistazo a lo que se mueve por el mundillo del rock en un país, como por ejemplo, Reino Unido nos daremos cuenta que todo está muy medido para satisfacer los gustos más variados. Junto a Jimi Hendrix se habla del disco de Bowie, más presente porque al fin y al cabo este músico sigue vivo y es muy rentable. Además, la mezcolanza que sigue en las noticias musicales más recientes  nos da una idea de por donde se mueva ahora la cosa: que si Justin Bieber se disculpa por haber llegado hora y media tarde  a un concierto, que si la familia de Michael Jackson demanda a la productora de éste por haber contratado al médico que lo trató durante años, que si Randy Blyte, el músico heavy metal de Lamb of the God,  ha sido absuelto de haber matado involuntariamente  a un fan del grupo, en fin, una sarta de anécdotas de sociedad disueltas en algo más raro y verdaderamente importante, los discos de Bowie y Hendrix.

Este álbum tiene, sin embargo, una importancia fundamental a la hora de establecer la tendencia de por donde quería Hendrix ir en la estela de la música si la muerte no se hubiera cruzado en su camino que lo aparta de ser una mera recopilación nostálgica para seguidores irredentos. Había dejado ya The Jimi Hendrix Experience y había vuelto con Billi Cox, el bajista con el que había coincidido en la división aerotransportada del ejército, también con el batería Buddy Miles y Buffalo Springfield. Hendrix era un artista inquieto, siempre a la busca de nuevas formas de expresión. People, Hells and Angels mezcla metales, teclados, percusión y una segunda guitarra. El disco, pues, posee una rara perfección. Ojalá que el fetichismo presente en todos tipos de acontecimientos ceda el lugar a una valoración real de lo que se ha presentado. Todo induce  a creer que merece la pena.


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