Forrester contra el capital salvaje

Viviane_Forrester
Imagen de archivo de Viviane Forrester. / casadellibro.com

Ha muerto una de las conciencias más críticas del modelo neoliberal de globalización que nos lleva sacudiendo por lo menos treinta años. Los anglosajones usan el latinismo “versus” para dar una idea más gráfica del enfrentamiento de dos seres o dos materias. Como si de un combate entre púgiles se tratara, Viviane Forrester ha sido derrotada por la lógica de la vida que acaba en muerte, pero no por el capitalismo feroz al que combatió con la razón y una buena carga de argumentos inteligentes que la sobreviven en forma de libros.

Para VF el triunfo de este capitalismo se basa más en hacer cundir entre la población la indiferencia hacia la injusticia y la precariedad sociales que en ganar adeptos para su causa depredadora. Forrester no temía usar palabras que han sido manoseadas y maltratadas, tales como capitalismo, explotación o despidos masivos frente a los “eufemismos envenenados”, decía, que las sustituyen: los mercados, la productividad, los expedientes de regulación de empleo.

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Hace años, el escritor Jorge Amado me decía en una entrevista que lo malo de la caída del muro de Berlín es que da la victoria moral al capitalismo, sin contrapartida ni contrapeso posibles. La idea socialista no salió bien en la práctica. La capitalista sigue saliéndose con la suya a pesar de que no para de demostrar lo injusta, lo imperfecta que es, la cantidad de dolor que inflige.

Forrester había estado en España en 1943, hace setenta años,  huyendo de la persecución nazi, judía como era. Mejor informada que Walter Benjamin, Forrester no temió por su vida en la España franquista de la postguerra, temor que condujo al suicidio al pensador judeoalemán en Port Bou, en 1940.

Su obra más difundida es El horror económico (Fondo de Cultura Económica, 2000), titulo inspirado en Las Iluminaciones, de Arthur Rimbaud. El horror económico es un ensayo en el que critica pormenorizadamente el atropello de la globalización, por el que le dieron el Premio Médicis. En el libro desarrolla innumerables aspectos que explican el estado de cosas actual y que parten de la crítica a la vieja idea del selfmade man americano, según la cual los pobres, los parados, lo son porque quieren, por su holgazanería y por su irresponsabilidad. Denuncia que el trabajo ha dejado de ser fuente de bienestar y hasta de riqueza, lo que condena a la gente a una precariedad creciente, muy productiva en forma de plusvalías para los bolsillos de siempre.

Malas noticias -ya que vendrán aún tiempos peores que nos irán haciendo cada vez más ciegos (Sánchez Ferlosio dixit)- que se están viendo cumplidas con penosa exactitud, una vez abierta la caja de Pandora donde descansa la verdadera cara del sistema en el que nos hemos engolfado. Un libro imprescindible.

Me parece que lo es también Una extraña dictadura, (Anagrama, 2001) en el que abunda en cómo se ha impuesto un ultraliberalismo según el cual las empresas ganan más dinero cuantos más trabajadores despiden, un sistema de carácter dictatorial por las consecuencias que estamos viendo, que se disfraza de normalidad democrática.

El pensamiento de VF me parece que se encuentra en la línea de los filósofos norteamericanos Martha Nussbaum, reciente Premio Príncipe de Asturias, y Peter Singer, autor de Salvar una vida. Cómo terminar con la pobreza ( Katz, 2013), entre otros, que defienden la idea de que los países ricos no están debidamente encauzados en un camino de progreso, si entendemos el progreso como el estado en que la gente puede encontrar la felicidad, un estado vital de cierto comfort y cierta dignidad.

El desarrollo de los acontecimientos no hace más que mostrarnos ejemplos de cómo se están torciendo los sueños de progreso del mundo desarrollado. ¿Para qué hablar del llamado Tercer Mundo?

Aunque Forrester se dedicó a la literatura, tanto como novelista cuanto como crítica en Le Monde, Le Nouvel Observateur y La Quinzaine Littéraire, sus mejores palabras me parece que están escritas en estos libros y en las intervenciones a las que llevaba consigo su pasión por denunciar las mentiras que están condenando a la pobreza a la mayoría de la gente, no sólo en el Tercer Mundo.

Fue cofundadora de la organización Attac (Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana), junto con Ignacio Ramonet, Susan George y Bernard Cassen, que nació para pedir la introducción de la llamada tasa Tobin en los negocios financieros internacionales.

Se ha ido una conciencia crítica que nos recuerda que para que funcione la democracia no hay que desmoralizarse sino, al revés, hay que saber estar documentados y no conceder favores a los malos. Su hijo, Bernard Stoloff, entregará a la editorial Seuil la obra inconclusa sobre la situación económica actual  en la que la escritora estaba trabajando.