Muñoz Molina, el hechizo de las voces

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Antonio Muñoz Molina, ayer, día 5, durante la rueda de prensa que dio tras conocer que se le había concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. / Kiko Huesca (Efe)

El año 1991 fue decisivo para Antonio Muñoz Molina: se le concedió el Premio Planeta por El jinete polaco, y eso le convirtió en portavoz literario de una generación, con lo que ello tiene de injusto, quizá. Pocos entonces se dieron cuenta de ello pero esa sanción supuso el camino abierto para que muchos que publicaron a mediados de los ochenta hallaran expedita la vía para consolidarse literariamente. Es lo que en términos ciclistas se llama chupar rueda y, así, de esa injusticia de sancionar a alguien como portavoz de una generación nos dimos cuenta de que existe la otra cara de la moneda. Que valga lo uno por lo otro.

Ahora se le ha concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, lo que es ya sanción institucional, y además, digno sucesor del anterior galardonado en español, Augusto Monterroso, hace ya 13 años, y en medio una buena nómina de escritores norteamericanos, de los que gusta especialmente.

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Esta sanción ya es de otro tipo, el que media de la joven promesa al de la consagración oficial, aunque por medio se halle la preparación a todo este asunto que es el de entrar en la Real Academia de la Lengua. Entre uno y otro reconocimiento se extiende una de las obras más curiosas y relevantes de la literatura española de los ochenta y noventa. No diré la mejor, porque decir esto es un poco absurdo de cualquiera, pero si de las más importantes.

Muñoz Molina es escritor de lenguaje cuidado y de largas antenas, en esto sigue la tradición de los andaluces, que propenden al estilismo, pero su querencia es plenamente novelística, de vuelos de planicie con vistas largas, por eso me hizo gracia que sucediera a Monterroso, pequeño, proclive a lo prolijo, a lo diminuto, al detalle, al significado de las moscas, por ejemplo, si es que tienen alguno, mientras Muñoz Molina siempre tendió a dar cuenta de un mundo, de tomarse el oficio de escritor al modo del demiurgo. Por eso le pareció irresistible el encontronazo con el mundo de William Faulkner y, posteriormente, con el de Juan Carlos Onetti. Fueron en cierto modo sus referentes y Mágina es el correlato querencial de la Santa María de Onetti, espectral, nítida, sin embargo, es también el pequeño guiño español al Yoknapatawpha faulkneriano, bien que entreverado de otros paisajes imaginarios, como Región, de Juan Benet, o  Celama, de Luís Mateo Díez.

De ahí que las incursiones de Muñoz Molina en el cuento hayan sido esporádicas y de encargo, ya saben, lo de los relatos de verano que durante años escribió para el diario El País. Curiosamente, es en sus relatos donde se muestra más suelto, más relajado, con un sentido del humor que suele faltar en sus novelas, donde parece que retratar el mundo, sin parcelas pequeñas, dota de gravedad a la cosa. En esto Muñoz Molina suele incidir en manías propias de novelista: no hay más que leer un cuento de los que integran Nada de otro mundo, y enfrentarse a lo que se pretende en las enormes páginas de La noche de los tiempos, su última novela, para caer en la cuenta de ello.

Sin embargo, desde joven, Muñoz Molina gustó del ensayo y del artículo periodístico. De hecho, su primer libro, Diario del Nautilus era una recopilación de artículos muy bien trabados y que me llamaron la atención. Fue antes de Beatus ille, que algunos saludaron porque parecía que había salido un escritor nuevo y prometedor, esas cosas se notan, para que luego esos mismos se entusiasmaran con Beltenebros El invierno en Lisboa. Fue El jinete polaco el que hizo que la obra ensayística y periodística se ampliara. Desde aquella guía bella de la Córdoba de los Omeyas a La verdad de la ficción o Pura alegría.

Pero aunque haya hecho incursiones en el ensayo, pocas, lo cierto es que no ha sido hasta este año mismo en que ha publicado en Seix Barral, Todo lo que era sólido, en que Muñoz Molina se haya convertido en un ensayista a considerar. Escrito desde la estela anímica de los moralistas liberales de estirpe anglosajona, que supongo habrá aprendido de sus estancias en Estados Unidos y de sus años como director del Instituto Cervantes de Nueva York, el libro nos habla de la precariedad de nuestros valores y del preciso don de conservarlos y, de paso, arremete contra quienes creen que todo esto nos ha sido concedido como un don sin darse cuenta de la labor de años de esfuerzos que todo ello ha llevado. Y, ya en faena, analiza los porqués de ciertas actitudes de los españoles que nos han llevado a la situación en que ahora nos encontramos.

Con respetar el contenido del libro, confieso que me encuentro más a gusto con el Muñoz Molina que analiza a los autores por los que siente pasión. No porque suponga que lo dicho en el ensayo sea poco digno o falso o poco trabado, todo lo contrario, sino porque en los escritos dedicados a sus autores donde su intuición brilla con especial delectación. Pongo como ejemplo, El hombre habitado por las voces, que fue prólogo de la edición de Debate de Absalón, Absalón, de William Faulkner; pongo por ejemplo, Max Aub: una mirada española y judía sobre las ruinas de Europa, dedicada al Max Aub testigo del drama espantoso que asoló al continente; pongo por ejemplo, Sueños realizados, prólogo  a la edición de Alfaguara de los Cuentos Completos, de Juan Carlos Onetti.

Muñoz Molina posee el don de proyectarse en el imaginario de los escritores por los que siente pasión. Thomas Bernhard tituló uno de sus excelentes libros, El imitador de voces. Como si hubiese calcado ese don. Sólo que en Muñoz Molina no hay imitación sino deuda, lección bien aprendida. Es para mí donde resalta mejor su gusto por lo literario.

Se dice que este año el jurado se ha visto requerido en la necesidad de darle el premio a alguien de lengua española, habida cuenta de que no sucedía en más de una década. Se le otorgó con otros en candelero, como John Banville, un magnífico escritor, pero también otros, españoles y latinoamericanos, de calidad comprobada. Todo esto pertenece a la política de los galardones, que me interesa poco. Lo importante es que haya recaído en un escritor de valía.