Ernst Jünger, el corazón aventurero

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Ernst Jünger. / Tusquets Editores

Publicado en Alemania en 2010 bajo el cuidado de Helmuth Kiesel, se edita ahora en España gracias a Tusquets, Diario de guerra (1914-1918), de Ernst Jünger, uno de los libros más curiosos, por estar alejados de la actual mentalidad, que nos ha sido otorgado leer en los últimos años.

Jünger, cuando apenas tenía 15 años, se alistó en los Wandervögel, una organización, abundaban en aquellos años, que se oponía al espíritu de la Modernidad y buscaba en los orígenes, la vuelta a los bosques y el respeto sagrado de la Naturaleza el sentido hondo de la vida, esa autenticidad de la que teorizó años después Martin Heidegger.  Extremadamente antiburgués, dotado de un especial sentido para detectar el tedio de la sociedad moderna, Jünger se alistó en la Legión Francesa a los 18 años, fruto de lo cual fue su libro Juegos africanos. Al año siguiente regresó al hogar paterno, pero el estallido de la Gran Guerra le dio la oportunidad, de nuevo, de escapar del asfixiante mundo burgués y se presentó como voluntario en el frente. Por su coraje fue el último de los condecorados con la medalla Pour le Mérite, la mayor distinción del Ejército prusiano. Jünger relato luego esas experiencias en un libro magnífico, fascinante, subyugador, que llamó Tempestades de acero, y que fue un best seller en la época –en España lo publicó Cénit en los años treinta–, libro que fascinó por igual a personajes tan distintos como André Gide, del que dijo en su Diario que era el libro de guerra más honesto que había leído jamás, y Adolf Hitler.

Al contrario que la mayoría de los libros de guerra de aquel entonces, como los escritos por Ernst Hemingway, Eric Maria Remarque, Louis Ferdinand Céline, donde el combate era el reflejo exacto de una carnicería sin sentido, el libro de Jünger se presenta como un canto épico a la guerra y conmueve imaginarse a un jovenzuelo de 19 años con un absoluto desprecio  a la muerte, creía que no le pasaría nada, y emocionándose leyendo a Ariosto, el autor que le acompañaba siempre en su mochila, mientras en las trincheras, a su alrededor, se amontonaban cuerpos destrozados y una tierra baldía llena de piojos, enfermedades y barro, cuando no un aire lleno de gases tóxicos. El mundo moderno en su lado más sombrío, de producción industrial de muerte en masa.

Para él, ese ambiente le era indiferente, quería experimentar la guerra como una aventura épica, sin límites y próxima a lo creía había sido siempre, una experiencia inigualable. Quería ser guerrero, no militar. La tuvo, fue herido varias veces, sobrevivió a la bestialidad del Somme y a las campañas de Flandes, donde destacó por su valentía un tanto extraña, acompañada de amoríos sin medida y borracheras sublimes. Para él la guerra acabó el día en que le hirieron de gravedad, pero antes pudo ver por primera vez al ejército norteamericano, al que odió desde su primera experiencia con ellos, denominándolos “frescos muchachotes deportivos”. Con aquella herida entró en la leyenda del imaginario colectivo alemán de entreguerras. Los nazis adoraron su gesto, algo que no fue correspondido en la misma medida por el héroe, granjeándose el odio de alguno de ellos, que no le perdonaban su indiferencia apenas mal disimulada: años más tarde se libró de una muerte segura, estuvo implicado muy de lejos en el atentado del coronel Claus von Stauffenberg, porque cuando los jerarcas nazis, en especial Goebbels, hablaban mal de él, Hitler les replicaba siempre: “A Jünger, ni tocarlo”

Diario_de_guerra_1914-1918_Ernst_ Jünger
Cubierta de la obra.

Diario de Guerra (1914-1918)  es un libro que produce inquietud hoy día por su extrañeza respecto a lo que ahora se estila respecto al modo de encarar la guerra. Jünger, un hombre que siempre se mantuvo alerta hacia el fenómeno del nihilismo, al que estudió con ánimo casi científico, llegó a inventarse la figura del anarca, mantuvo siempre un cierto espíritu de hielo respecto a los acontecimientos del exterior, por muy extremos que fueran. Eso le acarreó cierta fama de esteta sin escrúpulos, hay una anotación en los Diarios de la II Guerra Mundial, en Radiaciones,  donde observa desde lejos un bombardeo nocturno en París y se sube  a la terraza con una copa de borgoña  con fresas  para contemplar, fascinado, el extraño juego de luces que el bombardeo produce, y resulta estremecedor leer en estos dedicados a la Gran Guerra frases similares aunque mucho más directas, más brutales en su descripción objetiva de las cosas:  “Que hay paz o no, me da igual”, “me lo paso bien en la guerra y le he cogido el gusto”. Relata, por ejemplo, casi con espíritu de torero, las heridas que había recibido y cuenta catorce impactos, entre balas, metralla y cascos de granada con cierta indiferencia, él, que llegó  a los 102 años y enterró a sus dos hijos y a multitud de amigos a lo largo de su dilatada vida.

El libro puede leerse como una preparación a ese magnífico Tempestades de acero. No posee la calidad literaria de este último pero sí tiene la impagable brutalidad, en lo escueto, de la anotación directa en la trinchera. Convendría comparar este Diario, por ejemplo, con Viaje al fin de la noche, de Céline: en la novela genial del francés la guerra es un juego desgarrador de mugre, intereses espurios, degradación y alucinaciones sin cuartel. Es quizá el alegato más genial que haya habido en el siglo XX sobre lo que es una guerra moderna. Las anotaciones de Jünger son radicalmente distintas: no es que haya ceguera respecto a los intereses que la guerra ocultaba, sencillamente no le interesaba ese aspecto.

Podemos seguir con las comparaciones. El rechazo que le produjo Céline años más tarde en el París ocupado cuando fue el escritor francés fue a verle a su despacho y le reprochó que el ejército alemán no hiciese un uso adecuado de las bayonetas contra el pueblo judío. Jünger no vio en esas frases el esperpento hiperbólico a que tan dado era Céline. Él, que se había interesado como pocos por el nihilismo, vio en Céline lo peor a que podía llevar esa postura.

Él, al contrario que Celine, no abominaba de la guerra porque le fuera sólo incómoda y sin sentido. Creyó en su día, cuando era joven, en ella. Tenía valores.

Avisé: es un libro extraño en el imaginario actual.

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