Suiza: relojes, chocolates y nuevas políticas anti-inmigrantes

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Ofelia de Pablo y Javier Zurita (Texto y fotos ©)

Museo de la Cruz Roja
Esculturas a la entrada del Museo de la Cruz Roja en Ginebra (Suiza) que denuncian la violación de los derechos humanos y reclaman tolerancia.

La neutralidad de su política, la fama del buen hacer de sus banqueros y su privilegiado enclave geográfico han hecho hasta ahora de Suiza un país cosmopolita y abierto a Europa. Ginebra, su capital, históricamente ciudad-refugio de intelectuales, es hoy un lugar donde se puede ver paseando a ricos empresarios de todas las nacionalidades mezclados con inmigrantes llegados de medio mundo en busca de un trabajo bien remunerado. De sus más de 200.000 habitantes, casi la mitad de su población representa a 80 países.

Pero la ciudad bañada por el Ródano y el lago Leman donde bancos, relojes y chocolates se dan la mano, está dejando de ser un paraíso para los que vienen de fuera en busca de una vida mejor. Desde este verano buscar asilo en el idílico país de los Alpes se ha convertido en una misión complicada. En el referéndum celebrado a principios de junio, un 80% de los suizos apoyaron un endurecimiento de la ley para obtener asilo en el país. Suiza, que desde siempre ha sido un estado muy generoso a la hora de acoger refugiados en comparación con los países de la UE, ha dado el que será uno de los primeros pasos en una batería de iniciativas con las que la clase política trata de dar respuesta a la creciente ansiedad ciudadana ante la avalancha migratoria por culpa de la crisis en el resto de Europa.

En los próximos 18 meses, hasta tres referéndums decidirán sobre la entrada de extranjeros en el país y contribuirán a redefinir la identidad de un país en el que los inmigrantes (23% de la población, la mayoría de ellos europeos, con los alemanes a la cabeza) han sido históricamente el motor de la economía. Por ahora Suiza ha decidido restringir los permisos de larga duración a los trabajadores de la UE, incluidos los españoles. Esta llamada activación de la “claúsula de salvaguarda” ha enfadado sobremanera a Bruselas, pero los acuerdos que rigen desde 2002 permiten a Suiza frenar la entrada de europeos si la inmigración de un año determinado supera en más de un 10% la media de los tres últimos ejercicios.

En mitad de tales cambios legislativos una nueva polémica ha venido a avivar aun más el debate migratorio. Las prohibiciones del nuevo centro de acogida a los solicitantes de asilo abierto en Bremgarten, al oeste de Zurich, el pasado día 5, han hecho saltar las alarmas, según las organizaciones de derechos humanos. Los 150 residentes del centro tienen prohibido acercarse a ciertos lugares, como escuelas, salas deportivas, bibliotecas, piscinas públicas e, incluso, a las iglesias. Esta segregación ha sido denunciada como racista por diversas ONGs.

El Ayuntamiento de Bremgarten ha acotado un total de 32 “zonas sensibles” de las que serán excluidos los solicitantes de asilo con el fin de mantener el orden. “Tenemos que crear reglas para asegurar una coexistencia ordenada y pacífica entre residentes y solicitantes de asilo” señaló Mario Gattiker, jefe de la Oficina Federal de Inmigración de Suiza.

Actualmente hay 48.000 inmigrantes pendientes de encontrar asilo en una Suiza, que cuenta ya con un refugiado por cada 332 habitantes, cifra que dobla al resto de Europa.

Las dos orillas de la histórica Ginebra, unidas por el singular puente de Mont Blanc, esconden, por un lado, las laberínticas calles de la vieille ville, el encanto medieval del barrio antiguo, y por otro los nuevos barrios como les Paquis, les Delices, La Servette... donde aún se encuentra la ciudad más moderna con una animada mezcla racial. Algunos, hoy, se preguntan si esta imagen tan cosmopolita y alegre de los nuevos barrios seguirá siendo la que domine en un país que parece comenzar a blindarse ante una creciente oleada de inmigración.

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