El enigmático Gurlitt se quedará con la mayoría de los cuadros del expolio nazi

Vista de la placa colocada en la casa que el coleccionista de arte alemán Cornelius Gurlitt tiene en Salzburgo (Austria). / Bárbara Gindl (Efe)
Vista de la placa colocada en la casa que el coleccionista de arte alemán Cornelius Gurlitt tiene en Salzburgo (Austria). / Bárbara Gindl (Efe)

Desde que los aduaneros alemanes entraron en el piso de Cornelius Gurlitt, un piso de los años cincuenta del tranquilo y un tanto sobrepasado barrio de Schwabing, en Munich, la prensa internacional se ha hecho eco de un suceso fascinante: acusado de evasión fiscal, las autoridades se encontraron, entre latas de comida que llevaban treinta años caducadas, un montón de cuadros, 1.406 obras, para ser exactos, la mayoría llenos de polvo y mugre pero bien conservados, con firmas entre las que figuraban Matisse,  Otto Dix, Marc Chagall, Picasso, Marc Nolde, Renoir, Courbet, Max Beckmann, un aguafuerte de Canaletto… en fin, 1.285 cuadros sin marco y 121 enmarcados, “todos en muy buen estado”, según el fiscal jefe de Augsburgo, Reinhart Memetz, como portavoz oficial de aquellos que comenzaron a seguir la pista a Gurlitt en 2010 a raíz de un control de aduanas en un tren entre Suiza y Alemania. No es fácil encontrar museos de tamaño medio capaces de albergar tantas obras de arte juntas y de marcada excelencia como las encontradas en el piso de Gurlitt. La cosa tuvo, por esto, mucho de hallazgo sorprendente.

La noticia encandiló a los medios por varios motivos, y desde luego que entre ellos estaba el asunto de las obras de arte embargadas por los nazis y que  hasta el día de hoy no han sido restituidas a sus dueños o  a sus herederos en la mayoría de los casos, ya que, por si fuera poco, muchas de esas obras se encuentran en museos estatales de Alemania y Austria. Este contencioso lleva produciéndose desde la posguerra y ni que decir tiene que Suiza jugó siempre un papel esencial en esas transacciones, durante la guerra, desde luego, y después. Y si bien en la prensa estas cosas han tenido, y tienen,  su resonancia de vez en cuando, lo cierto es que el secretismo es parte inherente  a este tipo de operaciones y es difícil que salgan a la luz pública.

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'Dame in der Loge', obra de Otto Dix encontrada en el piso de Cornelius Gurlitt, en Münich. / oficina de la Fiscalía de Ausburgo-Efe
‘Dame in der Loge’, obra de Otto Dix encontrada en el piso de Cornelius Gurlitt, en Münich. / Fiscalía de Ausburgo-Efe

Llama, por eso, la atención que en el caso de Cornelius Gurlitt la cosa se haya desbordado. Creo que ese desbordamiento proviene  de  la manera en que se realizó el hallazgo, del volumen de obras de arte intervenidas, para llenar más de un museo, de la manera de vivir de Gurlitt, que no trabajó en su vida y que subsistía de manera digna vendiendo con cuentagotas algún cuadro vía Suiza, de lo opaco de todo el asunto, hay que tener en cuenta que nadie tiene todavía una foto del tal Gurlitt, y que este fin de semana pasado Paris Match se ufanaba de haber encontrado el paradero de Gurlitt en Munich mostrando una instantánea de  un anciano cruzando una calle y que, por supuesto, rechazó hablar con los periodistas. Por otro lado, Der Spiegel, este domingo pasado, en su edición digital, afirmó que había recibido una carta de Gurlitt instándoles a no publicar su nombre.

Fascinada por todo el asunto, excitada, gran parte de la prensa ha visto en todo esto una especie de remedo de novela de espías a lo Le Carré, con ese personaje de Gurlitt por medio, envuelto en la gris perspectiva de una vida secreta, al modo de un topo. También, hay que decirlo, por asociaciones judías que llevan reclamando que se restituya a sus legítimos dueños, si eran judíos, la parte del botín robada por los nazis. Pero las cosas no son tan sencillas. Desde un primer momento las autoridades alemanas han llevado el asunto de manera no sólo discreta sino opaca, y ello hasta tal punto de que aparte del descubrimiento de los cuadros, de que hay un Otto Dix y un Marc Chagall de los que no se tenía noticia y ni siquiera estaban catalogados, de las latas de comida con treinta años de haberse pasado de fecha de caducidad, poco o nada se conoce del asunto, tanto, que de Gurlitt no se ha visto ni siquiera una foto.

Esto excita la imaginación, pero el asunto, con ser tan literario, tiene poco de morboso para los criterios actuales en que se mueve el periodismo sensacionalista, por lo que el asunto tiene el aspecto de desinflarse rápido. Para confirmar la cosa, la revista Focus acaba de anunciar que la mayoría de estas obras, provenientes de las purgas nazis, deberían ser restituidas a su propietario actual, que no es otro que Cornelius Gurlitt, hijo del marchante de arte que se hizo con estas obras y las guardó en Dresde, hasta que en la posguerra, a instancias de una investigación de las  autoridades aliadas, confesó que habían desaparecido en el bombardeo de Dresde, donde estaban custodiadas..

Antonio Canaletto
‘Sta. Giustina in Pra della Vale» (1751/1800), obra de Antonio Canaletto que escondía Gurlitt. / Fiscalía de Ausburgo-Efe

Una auditoría de la Oficina Central de las Aduanas alemanas estima que entre estos dibujos, acuarelas, óleos y litografías se encuentran  315 obras que los nazis habían incautado a los museos alemanes por tratarse de muestras de arte degenerado. Según esa auditoría no se pueden restituir estos cuadros porque no se sabe en realidad quienes fueron en origen sus propietarios o sus presuntos herederos ya que, además, Hildebrant Gurlitt, padre de Cornelius, habría adquirido 200 de ellas en Suiza a bajo precio, unos 400 francos, durante los años de la guerra,  entre las que se encontrarían un Picasso, un Chagall y un Nolde. Por contra, hay 194 obras encontradas en el piso que podían demostrase fueron vendidas por sus propietarios judíos ante las presiones que ejercieron los nazis. Sólo para este tipo de obras hay esperanza de que puedan ser restituidas a sus antiguos propietarios o herederos.

Esta auditoría revela, asimismo, que es muy difícil que Cornelius Gurlitt sea un día llevado ante los tribunales. La justicia alemana sólo persigue a Gurlitt por evasión fiscal y ciertos recelos respecto a la labor de su padre, el marchante Hildebrand Gurlitt, hacedor de esa colección, y que habría ayudado a los nazis a sacar cuadros y obras de arte fuera de Alemania.

Como anécdota que viene al pelo hay que decir que Anne Sinclair, la periodista casada con Dominique Strauss Kahn, reivindica un cuadro de Matisse que las autoridades habrían encontrado en casa de Gurlitt. Sinclair es heredera del coleccionista Paul Rosenberg. Pertenecería el cuadro a esos pocos que fueron vendidos bajo presión a un coleccionista de Dresde y de los que se perdió su paradero hasta… la semana pasada.

La policía alemana no persigue a Gurlitt. Los aduaneros dudan de que pueda llevársele ante los tribunales. Los únicos que persiguen a Gurlitt son los periodistas, en busca de una foto, de una noticia, de algo que llevarse  a la boca que todo lo engulle.

Me temo que el único morbo que tenga todo este asunto radique en Strauss Kahn. Aun sea por vía vicaria.