Donde vaya Mandela

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Nelson Mandela
Nelson Mandela / Wikipedia

¿Dónde se va la energía de mentes lúcidas de los seres irrepetibles? ¿En qué se transforma su materia? ¿Cómo actuarán en el resto de los mortales la fuerza y la luz que exhalan sus existencias?

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Nelson Mandela le parecía que el individuo era cosa del pasado y que, si queremos mirar al futuro y trabajar en el presente, tenemos que hacerlo juntos, no separados. Separación, apartheid, palabras dañinas que Nelson Mandela combatió hasta quedarse sin fuerzas. Pero no sin sonrisa, esa sonrisa de bosquimano grande, que iluminaba la tierra.

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Se enfadó Nadine Gordimer, su gran amiga, al aludir yo a “Africa” cuando hablábamos de la mejor solución para Suráfrica, en pleno debate de lo que fuera a ser de su gobierno cuando saliera Madiba del poder. “Africa no es un país”, me dijo, como para avergonzarme, muy enfadada. Es un continente enorme y muy diverso. Y es verdad, sin embargo, Mandela parecía la figura irradiante en toda Africa y lo sigue pareciendo.

Quien conozca el Africa oriental, sobre todo, Uganda, Etiopía, Kenia, la República Surafricana, sabe probablemente a qué me refiero. Sus gentes amansan la miseria con amplias sonrisas, las sonrisas de la inocencia, no de la estupidez como creen los verdaderos estúpidos. La sonrisa de Mandela.

Su mayor virtud fue mostrarse respetuoso con todos, incluso o especialmente, con el enemigo. Cuenta John Carlin que a la rueda de prensa que dio Mandela tras su liberación de la cárcel, acudió, entre muchos otros periodistas, el cronista de un diario afrikáner cuyo deporte preferido consistía en atizarle a Mandela. Al dar su nombre para formular una pregunta, Mandela lo reconoció y saludó con gran alegría, asegurándole que lo leía siempre desde la cárcel y que estaba deseando conocerle en persona.

Alguien que hace eso, sin mostrar una gota de cinismo es necesariamente un héroe, está hecho de esa estofa. Su convencimiento en que a la humanidad, no sólo a los surafricanos, sólo puede redimirla la unidad, la conciencia de nuestra común condición mortal y sufriente en este mundo, fue su mejor tarjeta de visita. Su salvoconducto, su fórmula secreta para poder andar con reyes sin perder su sentido común y hablar con la multitud sin perder su virtud, como dejó dicho el poeta. Todo el poema le cuadra.

Así que, cuando alguien así deja el mundo, porque a todos nos toca alguna vez, una piensa que debería haber en algún sitio una lista de destinos extraterrestres para apuntarse. Yo me pido donde vaya Mandela. Aquí o donde sea, lo mejor es arrimarse a ese tipo de seres humanos.

Aunque no siempre se pega lo bueno. Ahí tienen a su familia –salvando a la admirable Graça Machel, por supuesto-, a la rebatiña de los bienes del humilde prócer para sacar provecho de su memoria. (Enlazo la biografía de Graça en inglés porque la wiki en español sólo cuenta desde que se casó con Samora Machel, como si no hubiera tenido vida antes).

Y ahí tienen también al fallido Mbeki –que tantas esperanzas suscitó, como me recordó Gordimer en aquella conversación- y su sucesor, el actual presidente,  Jacob Zuma, muy lejos de la rectitud de Mandela, de su honradez y generosidad en la batalla política.

Como dice la camiseta de la fotografía que ostentó en su portada cuartopoder, “hagamos que cada día sea una día Mandela”. Nos iría a todos mucho mejor.

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