‘La Venus de las pieles’: el ‘sadomaso’ es poder

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[caption id="attachment_5086" align="aligncenter" width="608"]La_Venus_de_las_pieles Clara Lago y Diego Martín durante el pase gráfico de la obra 'La Venus de las pieles'. el pasado día 1. / A. Morante (Efe)[/caption]

No se puede decir más claro: ahora en Madrid cuatro de los mejores directores de teatro de España, por no hablar de ellos como los más afamados, están de estreno. Alfredo Sanzol con Aventura, Andrés Lima con Los Macbez, Miguel del Arco con dos obras, Misántropo, de Moliére, y La violación de Lucrecia, de William Shakespeare, interpretada por Nuria Espert, y Sergio Peris Mencheta con Un trozo invisible de este mundo. Con tamaño panorama, el Teatro Español estrena en sus salas de Matadero, de paso, La Venus de las pieles, que dirige David Serrano, conocido por El otro lado de la cama... y Enamorados anónimos, un reto que surgió cuando el director vio la obra en Nueva York junto a Daniel Sánchez Arévalo, coproductor de la función, por pura casualidad, y decidió estrenarla en España. Recientemente se ha interpretado en catalán con gran éxito y se puede casi asegurar que la versión castellana, que estará entre nosotros del 17 de mayo al 15 de junio, correrá el mismo camino. La expectación, desde luego, está asegurada porque Clara Lago es la actriz principal y es mujer que está de moda a raíz del éxito cosechado por la película donde interviene, Ocho apellidos vascos. El actor masculino, Diego Martín, da la réplica a Clara Lago. El ajuste entre los dos era una de las preocupaciones de su director, ya que Clara Lago es la segunda vez que interpreta teatro y Diego Martín es actor de probada versatilidad. Podemos decir que no hubo problemas y que los cuatro personajes que interpretan cada uno de ellos, llenos de sutilidad, humor y plasticidad son abordados con cierta excelencia.

Y la cosa no era para menos. Esta es la versión teatral que hizo David Ives del clásico de la literatura, La Venus de las pieles, publicado en 1870, de Leopold von Sacher Masoch, el escritor austriaco cuyo apellido ha dado nombre al sadomasoquismo y que asociamos además con aquella época de decadentismo del Imperio austrohúngaro, y es, también, la versión en la que se basó Roman Polanski para hacer su película del mismo título el pasado año y que interpretaron Mathieu Amatric y Emmanuelle Segnier.

Demasiados elementos de comparación: una obra narrativa que se convierte en versión teatral, donde se hallan retazos de la obra de Sacher Masoch pero trastocadas en muchas de sus apreciaciones y que luego lleva a la pantalla uno de los grandes directores de cine europeo con dos grandes estrellas. Era de esperar que, de esta manera, la sombra de Mathieu Amatric, por el gran poder hipnótico que tiene la gran pantalla , recayera en Diego Martín y que la personalidad de Emmanuelle Segnier empañase de alguna manera la actuación de Clara Lago, por términos no sólo comparativos sino de pura compulsión como espectador moderno. Para nada. Lo digo: uno se mete en la obra sin problema alguno y las comparaciones, ese recurso del que vive en gran parte la crítica, no tienen lugar. Es lo mejor que cabe decir, si se piensa, de una obra que viene avalada por interpretaciones enormes en los escenarios del Off Broadway de Nueva York y por Polanski. El coraje demostrado por David Serrano tiene su compensación en esta obra. Conseguir representarla ha sido un reto pero éste ya se había producido al intentar ésta, que corría el riesgo de ser confrontada con esas versiones mayores.

La Venus de las pieles es obra que David Serrano ha dirigido de manera canónica pero acentuando el papel del juego del poder, haciéndolo más explícito. El recurso es viejo pero siempre ha dado resultado en escena, además es la manera más inteligente y obvia de llevar a escena una novela, por lo menos la menos rebuscada: la obra se abre con un casting para representar La Venus de las pieles. A ella se presenta Vanda, una actriz muy extrovertida que es justo lo contrario de lo que el director de la obra, Diego del Pino, está buscando. Entramos poco a poco en un sutil juego de cambio de papeles donde sumision y poder se dan la mano y donde los protagonistas se intercambian esos papeles haciendo realidad la metáfora del sadomaso: en realidad una cosa lleva a la otra y la gracia de la obra consiste en que rebasa el ámbito del sexo, incluso de lo erótico, para realizar una lectura política : poder y sumisión se dan la mano porque se necesitan mutuamente, algo que la obra explicita con ánimo didáctico, acorde con los tiempos.

Ni que decir tiene que los actores bordan con versatilidad los cambios de papeles que ejercen: el humor, por otro lado, es aquí fundamental y tanto Clara Lago como Diego Martín lo ejercen de manera brillante, sobre todo ella, en ese papel de chica moderna que tiene todo de farsa clásica. Dijo Goethe que tuviéramos cuidado con lo que deseábamos en la juventud porque podía hacerse realidad en la madurez. Esta obra nos habla de la realización equívoca de nuestros deseos, de nuestras fantasías, de la seducción aliada al poder. En este sentido es obra moderna, cínica, donde el humor es el componente de redención del horror resultante de todo ello.

La obra, centrada en ese juego de los papeles de intercambio entre poder y sumisión, me recordó momentos álgidos de esta temática, en concreto El sirviente, aquella maravillosa película de Joseph Losey, basada en un texto de Harold Pinter, que interpretaron Dick Bogarde y James Fox en una rotación sadomaso sin parangón. No es poco, aunque sea sólo un aliento tenue.

Farsa, metateatro, lectura sobre el poder... La obra es esto y muchas más. En la interpretación todo ello queda explícito. Es de agradecer.