Cárcel y creatividad

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Alexander_Soljenitzin
Alexander Soljenitzin en 1974 / Wikipedia

La literatura ha dado muchas estampas de la cárcel en todos los tiempos. Un lugar donde se pueden organizar carreras de cucarachas, apostando fortunas, o atesorar pelos y harapos con los que confeccionar una soga de la que colgarse por la ventana hacia el mar, una vez limados los barrotes de hierro que la separan de la libertad, como hizo el Conde de Montecristo. Un sitio infecto donde esperar mansamente la muerte o la revolución que abra las cancelas y saque a la supuesta chusma
que la habita. Pero la cárcel también ha sido, y es, una acomodación para escritores
que se han ido de la lengua en un momento, digamos inadecuado, y que, inesperadamente, encuentran en el trullo una gran creatividad.

Claro que a lo mejor los escritores chinos Li Tie, Chin Wei, Liao Yiwu, Premio de la Paz de la Feria del Libro de Francfort, y tantos otros a la sombra por defender la libertad de expresión y los derechos humanos, no están del todo en sintonía con esta idea.

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Cuentan que Luis Solana, de los Solana del socialismo español más señero, tras su experiencia en la cárcel franquista, allá por los años 60 del siglo pasado, formuló a sus compañeros el deseo de volver cada cierto tiempo, ya que la encontró de lo más productiva. Él no escribió nada que se sepa, pero sí hubo quien lo hizo. Por ejemplo, Luis Goytisolo a quien se le corporizó la catedral literaria de Antagonía a la sombra, donde escribió sus primeros párrafos. En el mismo grupo estaba Antonio Amat, líder del PSOE en el interior, que sacó consigo los rollos de papel higiénico donde se contenían esos capítulos, al salir del trullo. Y Emilio Sanz Hurtado, del PCE, y hasta un compañero del Metal cuyo nombre ahora se me escapa.

Juan de la Cruz escribió las primeras estrofas de su Cántico espiritual a la sombra. Corría el año de 1577. Lo enchironaron por desobedecer órdenes de la autoridad carmelita competente y marcarse una orden del Carmelo descalzo por su cuenta y riesgo; dicho sea esto con mi respeto y admiración, y por hacer corta una larga historia.

Thomas Moro se las tuvo más arduas con el rey Enrique VIII cuya paciencia desbordó por lo que acabó haciéndole decapitar después de que pasara una buena temporada a la sombra. Hacía ya 20 años que había dejado escrita su Utopía, por suerte, así como toda su obra, de modo que la cárcel sólo le dio para escribir algunas cartas.

Quevedo estuvo confinado, por chinchar a los poderosos, especialmente al Conde Duque de Olivares, cuatro años en el Convento de San Marcos de León, de donde salió ya achacoso y dispuesto a dejar este mundo cruel. Allí escribió la Carta moral e instructiva a su amigo Adán de la Parra, para pormenorizar minuto a minuto su cautiverio.

Y ya conocéis la frase que dicen que dijo Fray Luis de León, al volver a su cátedra de Salamanca, después de una temporada en la cárcel. "Decíamos ayer", para seguir con la lección de la que había sido interrumpido tan bruscamente por haber traducido el Cantar de los cantares a lengua vulgar, sin permiso. La prisión le dio para escribir poemas y De los nombres de Cristo.

De las prisiones de Miguel de Cervantes para qué hablar. Lo suyo fue una vida de aventuras, un soldado en Argel que escribía en los ratos libres. Pero el origen de esta vida de globetrotter hay que buscarlo en una orden de Felipe II que lo manda apresar, por lo que el autor de El Quijote se pira a Italia y de allí se enrola en la empresa contra el turco, para participar en la batalla de Lepanto. Su vida era una novela.

Voltaire escribió su Edipo encerrado en la Bastilla, donde también terminó el Marqués de Sade a quien salieron caras sus calenturas amorosas. Aprovechó para escribir su novela Aline y Valcour muy en su línea pelín canallesca. Salvando las distancias, a Oscar Wilde su homosexualidad le costó un confinamiento en Reading que él aprovechó para escribir De Profundis.

Al Premio Nobel, Wole Soyinka, sus ideas sociales y políticas le valieron un duro encierro, en 1967, que supuso un cambio radical en el tono de su literatura. Ya no volvió a escribir como antes de esa experiencia. La cárcel cambió su estilo y su tono se volvió sombrío.

Desde muy joven, las críticas de Alexander Soljenitzin a Stalin le hicieron pocos favores. Su largo y duro confinamiento en Lubyanka, en 1945, le inspiró la idea de su novela El primer círculo, y su primera historia, Un día de la vida de Ivan Denisovich, pero sobre todo, de la impresionante Archipiélago Gulag. Como no le callaron ni por ésas, al escritor, premiado con el Nobel en 1970, le fueron amargando la vida hasta empujarle al exilio. Pero, esa es otra historia.

La lista de escritores entrullados, cuya experiencia les fue productiva, aparte el aspecto durillo, es larga y no se trata de estirar esto más. Pero no me resisto a reproducir lo que dicen que dijo Henry David Thoreau a un amigo que le visitó en la cárcel, donde se encontraba por sus ocurrencias sobre la desobediencia civil. A la pregunta de qué hacía en semejante sitio, Thoreau le espetó: “La pregunta es ¿qué hace usted ahí fuera?”

Y es que hay tiempos y hay lugares en los que la pregunta debe ser, efectivamente, ésa.

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