Cataluña, ese perpetuo carnaval

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Portada del libro. / edhasa.es

Viento de tramontana, recién salida de las imprentas de EDHASA, es la primera novela de Sergio Gaspar, un señor que todos los que estamos en el mundillo literario respetamos por haber sido responsable de DVD Ediciones y, de paso, haber publicado y descubierto a una nueva generación de escritores que rondan ahora la treintena y que no encontraban acomodo en parte alguna, vale decir, en editorial alguna. Ni que decir tiene que hace tres años DVD tuvo que echar el cierre y ahí Sergio Gaspar jugó un papel de clara intención ética dejando que el negocio se hundiera antes que recurrir a las mil trampas obligadas a las que tiene que someterse un negocio de ese tipo si quiere sobrevivir.

Pero Sergio Gaspar es ahora noticia porque, poeta él, se ha pasado a la narrativa. Y lo ha hecho dentro de una tradición muy española, tanto como puede serlo Quevedo: la de la farsa, el esperpento, la sal gorda, la sátira, el brochazo expresionista, ese tipo de escrito que no deja títere con cabeza y que recurre a las imágenes menos convencionales hasta dar con el modo adecuado de reflejar esa realidad distorsionada que nos habla más a las claras de nuestro entorno que el realismo, que se queda alicorto y convencional.

Los nombres que la literatura española ha dado en este ámbito serían tantos que exceden este espacio pero cabría decir que desde Quevedo, pasando por Valle Inclán, la Generación de Mihura, Tono... Camilo José Cela, la inmensa mayoría de nuestros escritores, dramaturgos y cineastas se han apropiado de la farsa para poder ejercer cierta crítica social y política. Sergio Gaspar afirma en una especie de prólogo al libro: “Viento de tramontana es una parodia con vocación política de algunos aspectos de la vida política y de la industria editorial españolas”. Se queda corto. Tanto, que líneas más adelante, se muestra más preciso: “ Comparto plenamente las palabras del señor Artur Mas pronunciadas recientemente en el 32º Salón Internacional del Cómic de Barcelona cuando recordaba que, ejerciendo el derecho a sonreir, nos sería más fácil relativizar y desdramatizar algunas cosas... El humor favorece la democracia y el diálogo”.

Pero tamañas intenciones no pueden hacernos olvidar las frases rutilantes y las brillantes imágenes que salpican el libro, como si se tratara de un bello juego inventado por Alfred Jarry y Raymond Roussel, a quienes se les hubiera unido Ramón Gómez de la Serna: “Todas las piscinas leen Marinero en Tierra”, “El mar es el espejo en el que se afeitan los dioses”, para líneas más adelante, establecer diálogos como : “¿No será usted de la Generalitat de Cataluña?” o “¿No se apedillará usted Trapiello? ¿o Jiménez Losantos?... Son gente peligrosa, también ellos están cargados de premios”.

Pero, ¿qué es exactamente Viento de tramontana? Desde luego es una farsa y aunque se presente como novela, al fin y al cabo narración lo es, bebe del esperpento más directo, del esperpento presente en el teatro valleinclanesco, por lo que bien podríamos hablar de narración contada al modo dramático. Es más, mientras leía el libro me era muy fácill representarme los diálogos bajo forma teatral porque el libro ante todo es oído y el cúmulo de imágenes surrealistas que presenta, con ser eminentemente visual, no descriptivo, se inscribe perfectamente en el diálogo.

Hay ocasiones en que recuerda las farsas bufas que sobre Cataluña hizo en su día Albert Boadella, pero sólo en lo que hay de profunda distorsión para que la realidad resalte. Al fin y al cabo Boadella se quedó corto con Pujol, aunque puso el dedo en la llaga cuando le comparó como esencia pura de la Cataluña actual, su ajustada metáfora... esperpéntica, claro.

El recurso de Sergio Gaspar es hasta clásico: nos encontramos, a 31 años de la muerte de Josep Pla, algo en lo que caemos porque hace una treintena de años que no recibe medalla ni distinción oficial alguna, sobrevolando el Ampurdán con un burro, uno de esos burros autóctonos que han desplazado en el imaginario hortera catalán, al toro bravo, quintaesencia de lo español. En Barcelona coincide con Miguel de Cervantes, que por allí pasea como uno de los miles de turistas que injurian la ciudad. En el encuentro, bello, el autor quiere que dicha metáfora perdure como el modo idóneo de un entendimiento genuino entre la tradición cultural catalana y la española. Ese encuentro es de lo mejor del libro y casi, casi, el autor pierde afán dinamitero en el logro. Menos mal que acude en su ayuda, y en la del lector, un personaje como Carmencita Diagonal Cuatrocientosochenta, que nos ofrece un repaso por los Premios que controla el Grupo Planeta y nos demuestra que deberían reducirlo, para ganar una pasta gansa, a uno solo, quitando el Planeta, el Sant Jordi, el Nadal y dejarlo en el Fernando Lara con una dotación de 150.000 euros, “para un autor español es bastante”. No es la menor alusión al mundillo editorial.

Pero la palma se la lleva la escena final en la Sala Tarradellas del Palacio de la Generalitat, donde se reúnen Montilla, Pujol, Mas, Maragall, en una reunión de exhonorables que recuerda la escena del Convidado de Piedra de la obra de Tirso, El Burlador de Sevilla... y donde también hace uso de la palabra el mural de Tàpies. Ni que decir tiene que el Convidado de Piedra es Josep Tarradellas...

Es la apoteosis de ese Carnaval en que Sergio Gaspar ha convertido Cataluña. Lúcido, con su punto de mala leche, el libro es una de los mejores sátiras escritas sobre la realidad catalana y española. Rebosa inteligencia.

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