'El enigma Kungsholm' (capítulo primero)

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CUARTOPODER

[El periodista y colaborador de cuartopoder.es, José Yoldi (San Sebastián, 1954), acaba de publicar su primera novela, 'El enigma Kungsholm', “un thriller judicial inspirado en un caso real ocurrido a principios de los noventa en Madrid”, según palabras del autor. Por cortesía de Editorial Mong publicamos el primer capítulo de la obra]

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“Ten cerca a tus amigos, pero
mucho más cerca a tus enemigos”
Vito Corleone

El_enigma_ Kungsholm_José_Yoldi
Cubierta de la novela de José Yoldi.

«Madrid, 5 de abril de 1991.

El cuerpo sin vida de Ildefonso Cortázar estaba aplastado contra el suelo en el patio de luces del edificio del Paseo de Recoletos, 4. Era un magnífico inmueble de cinco plantas con torreón, adquirido por la multinacional sueca Kungsholm para su sede en España y que había sido rehabilitado hacía dos años.

Leandro García, el portero de la finca, había descubierto el cadáver poco después de las siete de la mañana cuando comenzaba su jornada laboral. Inicialmente se había sorprendido por la presencia de un bulto que desde la puerta no conseguía identificar, pero luego, al acercarse un poco, se dio cuenta de que se trataba de un hombre boca abajo posiblemente muerto, al que le faltaba un zapato. La sangre se le fue de la cara y corrió a llamar a su mujer. La excitación con la que su marido le contó el hallazgo hizo que Lola Carrillo, una mujer sombría, vestida completamente de negro, dejara el café con leche y se asomara con prudencia a la puerta del patio. Al ver la sangre y aquel bulto desmadejado volvió inmediatamente a meterse en casa y rezongó que ella no quería saber nada de eso.

Cuando fue consciente de que no le quedaba otro remedio, Leandro García se aproximó poco a poco al cadáver, que era lo único que rompía la armonía del patio. Era una estancia perfectamente cuadrada de unos ocho metros de lado, a la que daban las ventanas de los despachos de cuatro de las plantas superiores y del gran ventanal de la sala de juntas de Kunsgholm. El patio estaba cubierto por una claraboya de cristal traslucido con dibujo geométrico que evacuaba el agua de la cubierta por unos artísticos canalones situados en el borde. La base, con suelo de mármol gris que hacía un dibujo siguiendo las líneas de la cristalera superior, se había decorado de forma clásica, con un jardín interior que contenía una pequeña fuente, un grupo de palmeras, dos amplios bancos con respaldo de hierro forjado que nadie usaba y un busto de Séneca en mármol blanco encima de una peana.

El portero no quería tocar nada porque, aficionado al cine negro americano, siempre había oído que no se debía contaminar la escena del crimen. Y aunque él no sabía si “aquello” era un crimen o un suicidio, estaba claro que el hombre estaba bien muerto, por lo que se propuso tocar lo menos posible.

El cuerpo había caído entre la estatua de Séneca y la fuente y no se le veía bien la cara porque estaba boca abajo. La víctima llevaba un traje italiano azul grisáceo, que tenía pinta de ser muy caro, camisa blanca y corbata granate, a juego con los mocasines Sebago. Uno de los zapatos se había desprendido y había ido a parar a la base de uno de los bancos. En el mármol gris perla se había formado un pequeño charco de sangre, del que salía un reguero hacia el desagüe de la fuente.

Leandro se agachó a mirar el cadáver. A pesar de los rasgos deformados por la caída y del hilillo de sangre seca que le manchaba parte del rostro, reconoció a Don Ildefonso. El abogado que, en su momento, había organizado la compra del edificio. Ahora, tenía despacho allí, después de que los de Kungsholm hubieran trasladado al inmueble la filial española.

Daba la impresión de que el letrado había caído o se había tirado desde alguno de los pisos más altos del edificio, por eso, el portero miró hacia arriba. Todo aparentaba normalidad. Las ventanas de los despachos parecían estar cerradas, con la única excepción del ventanal de la Sala de Juntas, lo que tampoco era raro.

De todas formas, asustado como estaba, Leandro decidió no hacer más conjeturas y volver a su vivienda, en el primer sótano de la casa, a tranquilizar a su mujer, ponerse el uniforme y avisar a la policía, por ese orden.

El vehículo del 091 tardó ocho minutos en llegar. La patrulla estaba en la Red de San Luis en un servicio de presencia policial en una zona de prostitución, pero el aviso les había sacado del aburrimiento. Leandro García, que esperaba en la entrada, abrió la verja de hierro forjado en cuanto vio los destellos azules de la sirena policial.

Los dos agentes habían sido informados por la emisora de la existencia de un cadáver, por lo que el portero sólo tuvo que explicar someramente cómo se había producido el hallazgo y la identidad de la víctima. Las comprobaciones de los agentes apenas duraron unos minutos. Estaba claro que la víctima había fallecido hacía rato, por lo que tras tomar algunas notas sobre la posición del cuerpo y la distribución del patio, volvieron al vehículo para comunicar a la central que había que avisar al juzgado de guardia para el levantamiento del cadáver.

El juez Enrique Delgado soltó un taco y maldijo su mala suerte. Faltaba menos de media hora para el cambio de la guardia en los juzgados y la diligencia de levantamiento de cadáver de la que le habían avisado le tendría ocupado no menos de dos horas. Delgado tenía 41 años, llevaba 14 en la carrera judicial y cuando verdaderamente había sido feliz había sido en los dos años en los que había estado de suplente en Ibiza. No es que fuera muy fiestero y tenía mucho trabajo, pero luego, sin pareja ni otras responsabilidades, se lo había pasado de escándalo. Periódicamente lo añoraba, y en ese momento, pensó en ello. Había pasado después por otros destinos, Almería y Pamplona, hasta recalar en el 15 de Instrucción, en Madrid. Ahora estaba casado, era padre de dos fieras y soportaba una hipoteca a 30 años que le tenía abrasado. Pero Marisa, su mujer, había insistido en que era mejor un piso grande y él, aunque lo intentó, no había sabido oponerse.

El juzgado de guardia de Plaza de Castilla estaba en unas dependencias inhóspitas, en el primer piso del ala derecha del edificio y tenían entrada directa desde la calle de Bravo Murillo. Cuando construyeron el edificio rebosaba modernidad, con mucha luz, grandes ventanas y muebles de oficina funcionales en color pino, con estanterías metálicas en color gris. Todas tenían posibilidad de poder cerrarse con candado. Incluso parecían cómodas. Pero las necesidades de una ciudad como Madrid, pronto convirtieron el juzgado de guardia —se necesitaba uno de detenidos y otro de diligencias— y los demás del edificio, en un lugar que olía a desinfectante, donde los legajos no cabían en los armarios, los muebles se iban haciendo viejos y donde, en general, era más que necesaria una limpieza de cara.

Delgado miró el calendario de días, y todavía figuraba el del día anterior: 4 de abril de 1991, jueves. El aniversario del asesinato de Martin Luther King, pensó ensimismado.

—Señoría, la policía ha comentado que el muerto de Recoletos 4 es un abogado de postín, parece que del despacho de Cabeza de Vaca y Asociados —le sacó de sus recuerdos Fernando, el oficial del juzgado que había recibido la llamada policial.

El magistrado no pudo evitar pensar que ese tipo de abogados siempre traen problemas, incluso cuando se mueren, pero en lugar de verbalizarlo, ordenó:

—Avise al secretario y al forense, que nos vamos.

Juan Verdaguer, con más de 20 años de servicio en los juzgados de Plaza de Castilla, estaba inclinado sobre el cadáver de Ildefonso Cortázar. Ya había hecho fotos del patio y de la situación del cuerpo y dictaba notas con voz monocorde a un magnetófono bastante voluminoso: “Varón, de unos 40 años, en decúbito prono con los miembros superiores pegados al tronco y las palmas hacia arriba…”

El juez, que tras una primera inspección rápida del cuerpo, se había entretenido en observar la fuente y el busto de Séneca, se acercó de nuevo al forense y preguntó:

—¿Qué me puedes decir, Juan?

—Pues no mucho, por lo frío que está, teniendo en cuenta que al lado hay una fuente que refresca el ambiente, las livideces y la rigidez de las articulaciones, calculo que la hora de la muerte debe estar en una horquilla que va desde las once de la noche hasta la una de la madrugada. No creo que ni antes ni después. De todas formas, cuando le haga la autopsia podré ser más preciso.

—¿Algo más?

— Bueno, a simple vista presenta lo que los forenses conocemos como cabeza en saco de nueces.

—Habla en cristiano. ¿Qué es eso? —reclamó el juez.

— Que aunque externamente no hay grandes heridas, está reventado por dentro. Tiene múltiples fracturas en la cara, por lo que seguro que cayó de alguno de los pisos más altos. Esto no se lo hace uno desde el primero o el segundo.

—¿Es un suicidio?

—Todavía no lo sé, pero hay otro detalle, no puso los brazos para protegerse. ¿Te has percatado de que en el quinto hay un ventanal abierto, compatible con el lugar en el que ha caído, y que las demás ventanas parecen cerradas?

Desde donde se encontraba el magistrado giró la cabeza y preguntó al portero:

—¿Quién vive en el quinto?

—No vive nadie. Son las oficinas y despachos de Kungsholm, la sociedad inmobiliaria propietaria del edificio. El ventanal es el de la sala de juntas.

—¿Hay alguien ahora?

—Nadie del personal. Llegan a las nueve. Ahora sólo estará Angelines, la señora de la limpieza.

—Mire si está y, por favor, dígale que baje.

Minutos más tarde, el portero se presentó con Angelines. Era una mujer regordeta, de 53 años, visiblemente nerviosa, que arrugaba con las manos la parte delantera de su bata azul celeste.

—Esta es Angelines —la presentó el portero.

—Buenos días, ¿qué ha pasado? Me ha dicho Leandro que ha habido una desgracia —dijo la señora de la limpieza mirando de reojo y asustada el cadáver del abogado.

—Sí, así es señora. ¿Desde qué hora está usted aquí?

—Yo entro a las seis. Me ocupo de limpiar las tres plantas superiores, que son las oficinas de Kungsholm y la sala de juntas

—Ya, ¿y no vio usted el cuerpo al entrar?

— ¡Uy, no señor!. Cuando yo llego todavía es de noche. Aquí no hay luz. Abro la verja y cojo directamente el ascensor para ir a mis plantas.

—¿Ha notado usted algo raro?

—No, no señor. Bueno, me ha sorprendido un poco que el ventanal de la sala estuviera abierto de par en par, pero no le he dado mayor importancia, porque los ceniceros estaban llenos. Ayer debió de haber reunión hasta tarde y siempre fuman mucho.

— Y ¿no ha encontrado alguna carta o escrito en algún lugar visible?

—Pues he empezado por las plantas de abajo y no me ha dado tiempo todavía de limpiar toda la planta alta, pero yo no he visto nada.

—¿Conocía usted a Don Ildefonso Cortázar, la víctima?

—No, no, a mí me contrató la administradora. Como le he dicho, yo llego a las seis y mi trabajo consiste en dejar todo limpio para cuando los ejecutivos llegan a las nueve, pero no tengo ninguna relación con ellos.

—¿El señor Cortázar tenía un despacho en esa planta?

—Pues no lo sé, trabajo desde hace poco tiempo y hay muchos despachos. Tienen los tres pisos superiores. Están los de los jefes, los de las secretarias, varias salas de reuniones pequeñas y la sala de juntas, que es la del ventanal.

—Bueno, gracias señora, puede continuar con su trabajo. Llame usted al juzgado si recuerda algo que nos pueda ser de utilidad o advierte alguna cosa que le llame la atención.

Y dirigiéndose al portero:

—Leandro ¿verdad?

—Sí, señor Juez.

—Usted vive aquí, ¿no?

—En el sótano, sí señor.

—Y ¿no oyó nada? ¿algún grito? La gente cuando cae involuntariamente desde una altura notable suele gritar, por el miedo. ¿O el golpe del cuerpo sobre el patio? Parece que fue entre las once y la una de la madrugada

—Yo no oí nada señoría. Nuestro hijo vino a cenar, pero se marchó a eso de las diez. Él sabe que mi mujer y yo nos acostamos pronto porque ella tiene muy mal dormir y al día siguiente tenemos que madrugar.

—Vale, gracias. Era una posibilidad.

El juez Delgado se dirigió de nuevo al forense:

—¿Cómo lo llevas Juan?

—Casi he terminado aquí. Te podré decir más cosas cuando le haga la autopsia.

—Vale, pues acaba y nos vamos, que tenemos que hacer el traspaso de la guardia.

Estaban ya trasladando el cuerpo de Ildefonso Cortázar cubierto con una sábana al coche fúnebre, cuando Angelines llegó de nuevo a la planta baja con un sobre en la mano y presa de gran excitación.

—Señor juez, señor juez. He encontrado esta carta muy visible en el escritorio de un despacho con el nombre del señor Ildefonso en la puerta.

—¿Está abierto?

—Sí, señoría, pero yo no he mirado nada, ¡eh! —se excusó Angelines— Como usted me preguntó… Me ha llamado la atención porque igual tiene que ver con la muerte del señor abogado.

El magistrado tomó la carta en sus manos. Era un sobre marca Conqueror, de buena grama. Caro. Escrito con pluma y tinta color azul-negro, en el anverso, solo dos palabras; “Para Verónica”. En el reverso llevaba impreso el membrete de la firma. El juez abrió el envoltorio, que como había dicho la mujer no estaba cerrado, y extrajo una cartulina blanca, en la que, con la misma pluma y con la misma caligrafía, alguien había escrito: “Lo siento”.»

4 Comments
  1. Panóptico says

    Enhorabuena, Sr. Yoldi:
    Le deseo que tenga una buena acogida y que pronto sea un top de ventas su novela.
    El primer capitulo, me parece interesante y engancha…
    Mucha suerte

  2. la novata says

    Síiii es muy interesante, será suicidio? asesinato encubierto? quien está detrás? mucha suerte sr. Yoldi

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