Garry Winogrand, el fotógrafo que hacía la calle

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Una de las instantáneas de Garry Winogrand,
World's Fair, New York City, 1964, de Garry Winogrand, en la exposición. / coleccionesfundacionmapfre.org

Por fin llega a España desde París, después de que su gran retrospectiva haya recorrido las mejores de salas de San Francisco, Washington, Nueva York y la ciudad del Sena, en un periplo que dura desde febrero de 2013, el fotógrafo norteamericano que hizo la calle más que todos los fotógrafos, el más intuitivo y veloz, Garry Winogrand (1928-1984).

La exposición –producida y avalada por el Museo de Arte Moderno de San Francisco y la National Gallery de Washington- es de las esperadas y deseadas por sus seguidores y los amantes de la fotografía. Se inauguró el miércoles día 25 de febrero en la sala de Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre, en Madrid. La expo está comisariada por Leo Rubinfien, Sarah Greenough y Erin O’ Toole.

Winogrand, nacido y criado en el Bronx neoyorquino –de cuyos intentos de recuperación dimos cuenta en cuartopoder.es- fue un prolífico retratista de las calles de América, de las que se sentía estudiante, como se sentía estudiante de fotografía, sin alardes de falsa modestia. A su muerte prematura había dejado 250.000 instantáneas, 2.500 carretes sin revelar, su inseparable Leica 4M a un gran angular pegada, muchos deseos de seguir viviendo para captar avariciosamente la realidad callejera y un aura de modestia que no se correspondía con la grandeza del artista. Pero esto ocurre en las mejores familias, supongo.

La exposición que se podrá ver en Madrid consta de 300 fotografías, aunque en el catálogo se llegan a reproducir 400, si se sigue la misma pauta que en los otros museos. Se divide en tres partes: Down to the Bronx, en la que se muestran trabajos de 1950 a 1971; A Student from America, de fechas parecidas, y Boom and Bust, de su etapa final, que incluye los trabajos en Texas y California a donde se había mudado.

Cuando fotografío contemplo la vida y de eso trata mi trabajo”, decía GW, quien sintonizaba con el aire genuinamente americano, como alimentado de los orígenes, que emana de la poesía de Walt Whitman. No es casualidad que en los colegios y en ocasiones propicias, se cante, mano en el corazón, el América, América del poeta trascendentalista. De ese perfume está impregnada la obra de Winogrand, para bien y para mal; en las buenas y en las tristes ocasiones.

Parte de las fotografías que se muestran son inéditas, ya que se han sacado de esos carretes sin revelar que permanecían en las cajas del fotógrafo. A Winogrand le interesaba tanto la instantánea que se dice que ni se molestaba en encuadrar, llevaba preparado su gran angular para no tener que enfocar cada vez que disparaba, muy deprisa, ansioso por no dejar escapar un pelo de lo que ahí se estaba cociendo, en ese preciso instante en que él estaba presente.

Su intuición, y la sangre rara que corre por las venas de los artistas, hizo el trabajo, como dicen que hizo el ángel con el bueno de San Isidro, o los duendes con el pobre zapatero de los Hermanos Grimm. O los ratones, con el sastre de Gloucester, de Beatrix Potter. A lo que vamos.

Winogrand ganó tres becas Guggenheim en su vida y otra del National Endowment for the Arts, aparte de publicar cuatro libros. Expuso varias veces en solitario en el MoMa neoyorquino y es para varios críticos y curators de fotografía un fotógrafo fundamental de los de su generación.

Así pues, no hay que perderse esta exposición si se pasa por Madrid. Lo difícil, en ocasiones, es darse cuenta de lo que verdaderamente merece la pena ver entre tanta oferta. O, como diría el mismo Winogrand: “Lo realmente difícil es cambiar de carrete cuando las cosas están sucediendo”. Ahí está.

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