La camiseta sudada más sexy

Lucía Martín *

Imagen: shutterstock
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Confieso, en esta plataforma, que voy a clase de boxing casi casi casi solo para verle a él. A ver, que me gusta esta disciplina, sobre todo si he tenido un día complicado, pero cuando voy y es otro el que imparte la clase, me pongo mohína. A mí me gusta ÉL. Así, con mayúsculas. No es muy alto (de hecho creo que le gano en altura), pero tiene uno de esos cuerpos fibrosos, no en exceso, nada de anabolizantes, curtido de hacer deporte, en su punto justo para comérselo, como cuando haces pasta y está al dente.

Pues así está mi monitor de boxing. Al dente. Pour croquer, que dirían los franceses. Siempre trae una camiseta blanca y claro, a los diez minutos ya estamos todos sudados. Es entonces cuando tiene lugar mi momento de placer: de espaldas, la camiseta empapada en sudor le marca T-O-D-O-S, absolutamente todos los perfectos músculos de su perfecta y ancha espalda. Juro que me aprendería los nombres de cada uno con tal de que me dejase recorrerlos con la puntita de mi lengua y rebañarle cada gota de sal de su cuerpo. Yo soy muy de brazos y de espaldas, debo tener, junto con la clavícula, un fetichismo de esta parte del cuerpo. Podréis imaginar que un profesor de boxeo (ni siquiera sé cómo se llama y un carajo me importa) tiene unos brazos maravillosos, de esos de cogerte de pie, como si fueses un peso pluma, y de empotrarte contra la pared del pasillo. De esos musculosos, pero no en exceso, que arañas mientras te la está metiendo con saña. Qué segura se puede sentir una mujer con semejantes brazos rodeándole el cuerpo. Eso da seguridad y no las posesiones inmobiliarias o un coche caro.

Esto conté en Twitter, lo de follar con saña no, lo de la camiseta empapada de sudor de mi idolatrado profe. Y hubo quien me dijo que vaya asco: que en los gimnasios la gente suda y que vaya guarrería de sudor. Claro, para gustos los colores, pero en esta sociedad tan sumamente edulcorada e higiénica se nos olvida que el olfato es uno de los sentidos más excitantes que existe y lo usamos poco. No solo no lo usamos, sino que camuflamos todos nuestros olores corporales. Con esto no digo que no nos pongamos desodorante cuando salgamos de la ducha. Con esto digo que hay que follar más sin tantos artificios.

No me importaría en absoluto quitarle la camiseta a mi profe y recorrer con mi lengua toda su espalda sudada. Sí, hacerlo antes de la ducha, por supuesto. Y refugiar un rato mi nariz en sus axilas, seguir por el cuello y que sus fluidos se maridasen con mi saliva. Y bajar hasta sus pantalones cortos, quitárselos y olfatear su pene, como un animalillo en celo, a través del calzoncillo. Y seguir.

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No hay nada mejor que el sexo sucio, creo que lo decía Woody Allen. Podríamos preguntarnos qué es eso de sucio en el sexo. Se me ocurre dejarte llevar sin límites, o con los límites que acuerdes con el otro, sin temor a pedir lo que de verdad te pide el cuerpo. Y si follásemos más sin tantos convencionalismos, sin tantos miedos, sin tantas cremas, sin tantos artificios, sin tanta moralina, si follásemos más como los animales que somos, seríamos infinitamente más felices. Y sonreiríamos más en el metro, aunque alguno a nuestro alrededor se hubiese olvidado el desodorante esa mañana.

Buscaros en las entrañas, que seguro que os encontráis.

(*) Lucía Martín es periodista y autora de ‘El sexo de Lucía’ (Popum Books, 2014).