En cada libro de estos cabe un museo

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Libro de Horas de Enrique VIII, cuya copia aparece en la muestra. / circulobellasartes.com

En el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y hasta el 25 de octubre, se expone una de esas muestras únicas que sobresalen por lo raras que son y que, una vez vistas, dejan huella duradera. La exposición lleva por título Tesoros ocultos. Los manuscritos iluminados más valiosos de Europa, y consiste en mostrar las piezas facsímiles más importantes de la Edad Media europea y cuyos originales están celosamente guardados bajo llave en las grandes bibliotecas y museos de Londres, Madrid, Nueva York, San Petersburgo o París.

Para entender la importancia de esta muestra, conviene atender al hecho de que estos libros contienen pinturas iluminadas porque se realizaron antes de la invención de los lienzos, y los reyes europeos competían entre sí en la posesión de esos libros, como los Estados modernos se enorgullecen ahora de los Museos de sus países y de las obras de arte que contienen. Ni que decir tiene que esta muestra es pródiga en los famosos Beatos españoles, que Umberto Eco, uno de los grandes especialistas mundiales en el Medioevo y en Santo Tomás, adora, en especial el llamado Beato de Liébana, y en los que ve la liberación, por parte de los iluminadores europeos, del modo de ornamentación islámico, predominante hasta entonces, ya en el siglo VIII. Para el semiólogo y novelista italiano, los manuscritos iluminados son de una importancia cultural semejante al resurgir de las catedrales, pero un resurgir oculto que sólo podían pagar los poderosos de aquel tiempo y que no estaban hechos para que el pueblo los contemplase: hay que imaginar a los mejores pintores de su tiempo inclinados ante los manuscritos iluminados para que los gozase uno de los reyes de la época, Isabel la Católica, San Luís de Francia, Enrique VIII, cuyo Libro de Horas se realizó en Tours en 1500 y que pasa por ser una de las obras maestras de la miniatura.

La muestra ha sido posible gracias a Manuel Moleiro, que es el promotor de la misma, pero también el editor de estos magníficos clones que pueden llegar a costar medio millón de euros cada uno en su versión más modesta, ya que los hay que pueden costar varios millones y llevar muchos meses de trabajo. Para Moleiro, el libro más importante que se expone es la llamada Biblia de San Luis, libro que contiene 4.887 pinturas. De la importancia de este libro, valga como ejemplo que hace pocos años se hizo en la Conciergerie de París un homenaje a San Luis, y para ello, se trajeron los manuscritos más bellos de los museos europeos: todos ellos eran originales, algo raro y que sólo se da en contadas ocasiones. Pues bien, el único libro de la muestra que era un facsímil, que ahora dicen clon, era la Biblia de San Luis, cuyo original se encontraba a escasa distancia de la muestra.

Ello da cuenta de la importancia y la valía de estos manuscritos. Napoleón, que robó obras de arte por cada país que conquistaba, esquilmó desde los caballos de la Señoría de Venecia a buena parte de la pintura española de las colecciones reales que luego fueron recuperadas en su mayor parte. Tenía especial predilección por los libros iluminados y su hermano José, que fue rey nuestro bajo el título de Jose I, y también Pepe Botella, vendió el Comentario del Apocalipsis, del Beato de Liébana, de una belleza singular, que pasó a ser propiedad del British Museum −hoy día British Library− que posee también el Breviario de Isabel La Católica.

Catalina de Rusia, que quería asombrar al mundo haciendo de su país una potencia de primer orden, creó el Hermitage, y eso la engrandece y por ello es justamente reconocida, pero es menos conocido el hecho de que hizo de la Biblioteca Nacional de Rusia una de las grandes de su época, y que, como no reparaba en gastos, como en la adquisición de pinturas, gastó sumas increíbles en comprar libros iluminados. Lo que Napoleón,y más tarde Hitler lo realizaron mediante derecho de conquista, Catalina La Grande lo hacía con dinero, adelantándose así a las grandes fortunas de Estados Unidos que desde el siglo XIX compraron arte de media Europa y medio mundo a base de talonario.

Nos topamos, pues, con una copia perfecta del Beato, sí, pero también del Breviario de Isabel la Católica, realizado para conmemorar el descubrimiento de América; también el llamado Libro de la Caza, bellísimo; el no menos importante Tractatus de Herbis, un tratado sobre plantas medicinales, es decir, el laboratorio médico de la época; el Libro de Horas de Enrique VIII, que es espectacular; el denominado Libro de la Felicidad...

En fin, libros que se encuentran en el MOMA, en la Biblioteca Nacional rusa, en la Biblioteca de Francia, la Fundación Gulbenkian, la Morgan Library, la Biblioteca Nacional de Madrid, la de Italia, la Fundación Huntington... libros muy apreciados en sus versiones facsimilares y que se pueden adquirir, si es que uno tiene dinero para permitírselo. De todos ellos hay uno, el Libro de Horas de Carlos de Angulema, que pintó en 1485 Robinet Testard, que fue uno de los grandes iluminadores europeos de la época, y cuyas obras se caracterizaban por el uso intensivo del color con paisajes bíblicos que combinaba con temas mitológicos. El original es una de las joyas de la Biblioteca Nacional de Francia y es la primera vez que se copia y se expone.

Una exposición rara, osada, muy alejada de las grandes que se anuncian en los museos madrileños a escasos metros, una exposición de copias casi perfectas −dejemos siempre el casi− y, sin embargo, una de las que merece la pena ver ahora en la ciudad, pródiga en ellas.

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