Juan Marsé, el Alzheimer de la Transición

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Juan Marsé, el pasado día 6, en su domicilio de Barcelona. / Quique García (Efe)

Juan Marsé es un escritor erizo, según la escueta división que estableció Isaiah Berlin inspirándose en el poeta griego Arquiloco. Sí, Marsé sabe mucho de una sola cosa, y esa cosa la repite de continuo en sus novelas. Es su universo, llámese Cine Roxy o Cine Delicias, como en su última novela, sus héroes son víctimas del mundo que les ha tocado vivir pero no son inocentes. Desde el guerrillero anarquista al Pijoaparte, sus chicas van desde la prostituta a la burguesa Teresa, sus paisajes son las tierras baldías del Carmelo, sí, pero también las rectilíneas calles del Ensanche o las casas de la colina del Tibidabo. Y siempre la memoria, determinante, clara, metáfora misma de la literatura. Universo Marsé. Más nítido que el costumbrismo de las novelas del XIX. Un mundo habitado por fantasmas, sean maquis o fantasmas surgidos de las películas…

¿Extraña que en su última novela, Esa puta tan distinguida (Lumen), los personajes ya conocidos de Marsé se revelen de otra manera, se transfiguren en otras identidades y, a la vez, sean la misma cosa? Marsé es un escritor erizo, como lo fue Dante, como lo fue Kafka, en cierta manera Faulkner, en las antípodas de Cervantes, Shakespeare o Tolstoi, puros zorros. La ventaja del erizo, que también posee sus defectos, es que profundiza en cada nueva entrega sobre sus obsesiones, que son siempre las mismas, y eso lo agradece el lector, sobre todo si participa de esas obsesiones, y los guerrilleros, los cines de posguerra, las tierras baldías, los barrios de emigrantes y las prostitutas dejadas, maternales, terribles, son universo recurrente pero factible de fascinación. En eso estamos cuando hablamos de Marsé. Es su signo.

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Antes de publicar Esa puta tan distinguida, Marsé editó una maravillosa nouvelle, Noticias felices en aviones de papel (Lumen), que era un homenaje al propio homenaje que Marsé ejercita de continuo con la memoria. En ella una judía polaca se dedicaba a tirar avioncitos de papel desde su ventana mientras un adolescente, siempre en Marsé esa iniciación a la vida, escuchaba las historias de esta mujer que había sobrevivido a la invasión nazi de Polonia y acabó ganándose la vida de manera milagrosa en los teatros de la Barcelona de posguerra.

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Portada del nuevo libro de Juan Marsé, ‘Esa puta tan distinguida’. / Ediciones Lumen

Ahora, con Esa puta tan distinguida, la metáfora de Marsé sobre la memoria se resuelve en una curiosa incursión en la desmemoria, el Alzheimer, que casi actúa en el libro como signo distintivo del franquismo. Un escritor recibe el encargo de escribir un guión basado en una historia que aconteció en un cine de barrio, el Delicias, donde se cometió un asesinato en la cabina de proyección. En enero de 1948, la puta Carol va al cine Delicias para encontrarse con el proyectista, Fermín Sicart, que está preparando la cinta de Gilda con la que entusiasma todos los días al público. El cine Delicas, nunca mejor dicho, se convierte, gracias al sexo de la cabina y al erotismo de la película proyectada, en Cinema Paradiso. Lo que sucede es que algo se tuerce y Sicart asesina a la puta Carol, que viste medias negras, zapatos de tacón y gabardina al vuelo. En el verano del 82, treinta años después, con una España que comienza su andadura de modernidad, de reivindicación de la memoria que se ha ocultado desde hace tantos años, Sicart, que padece de Alzheimer, confiesa que ha matado a Carol pero no sabe la razón, se le ha olvidado. Lo único que sabe es que la asesinó estrangulándola con una cinta de película. La razón del novelista contratado en esta historia para realizar una película sobre este asesinato consiste en saber el porqué… O inventárselo de manera verosímil. En esto consiste la historia.

Marsé dice del cine de la época, pasaje de la novela: “Durante la interminable dictadura, aquel cine nacionalcatólico de cartón piedra generó tanta miseria moral y estética, se regodeó tanto en su propia falsedad y estupidez, que tardamos muchos años en levantar cabeza. La cosa mejoró, por supuesto. Pero ahora el problema es otro y es general, ahora la tecnología está acabando con el cine”. Lo que equivale a otorgar a la memoria en que basa su mundo de erizo un corto plazo de desaparición: ¿Llegará el momento en que una novela que tenga como paisaje una cabina de proyección contendrá notas al margen explicando qué era una cabina? No sería de extrañar, ya que ahora se explica lo que era el maquis anarquista de la Barcelona de posguerra. Tiempo al tiempo. Tiempo de erizo.

Marsé, a sus 83 años, asegura que esta novela es un homenaje de despedida al cine, que tanto amó, y su narración más autobiográfica. Cosa que creemos siempre que tengamos en cuenta al Marsé erizo que no ha dejado de escribir de lo mismo desde su primera novela. Pero lo cierto es que esta novela es el gran homenaje que el autor catalán ha realizado al cine, su gran pasión. Es un homenaje al cine español, el que se hacía en la época, el de Mariano Ozores, y es una defensa de los guionistas, los grandes olvidados de la industria, con nombres apenas velados, como el del productor Moisés Vicente Vilches.

Esa puta tan distinguida es historia sacada de Caligrafía de los sueños, mejor dicho, debería haber formado parte de ese libro, pero la historia se alargó y Marsé pensó que la historia daba para una narración divertida y melancólica. Tiene toda la razón.

El que uno se crea que es su última novela, como dice, es más problemático.

Sólo la muerte dirime estas cosas. Miren a Philip Roth.