El Bosco, personaje de cómic

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El jardín de las delicias, obra de El Bosco. / Wikimedia.
El jardín de las delicias, obra de El Bosco. / Wikimedia.

El tríptico de los encantados (una pantomima bosquiana), es el título del cómic dedicado a El Bosco que el Museo del Prado ha publicado con vistas a la que se considera la gran exposición del año en Madrid, la que está dedicada al pintor en homenaje al V Centenario de su muerte. El libro ha sido dibujado por Max, pseudónimo de Francesc Capdevila, nacido en Barcelona en 1956, y se presentará en mayo coincidiendo con la apertura de la muestra. 

El Bosco fascina en nuestro tiempo porque hemos perdido la capacidad de entender la intensidad tremenda de sus símbolos. Por suerte, esta vez hemos trocado imaginario surreal, cultura de masas y arte pop en el pintor holandés por el estupor y el miedo que debían producir esas imágenes habidas en sus más célebres cuadros en los creyentes más vocacionales de su tiempo, y aquí véase la morbosidad atrayente que sobre Felipe II ejerció la obra de este pintor hasta el punto de ser el mejor valedor de unos cuadros que muchos eclesiásticos de la época consideraban propios de alguna secta casi satánica. La razón de esa desconfianza estribaba en que en el Renacimiento se había perdido la capacidad de persuasión de esos símbolos y la ortodoxia propia del siglo XIII poseía ya una lectura casi herética: se toleraban las escabrosas escenas sexuales de las esculturas de las catedrales porque aún las entendía el pueblo y le llenaba de terror y concupiscencia a la vez, pero gustaban poco entre las élites.

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Siempre creí que el poeta que le iba como anillo al dedo a El Bosco era Dante. Hay una correspondencia entre el imaginario de las figuras del pintor holandés y las vividas descripciones del Infierno, Purgatorio y Paraíso del florentino. Pero sucede que la imagen, poderosa, es más proclive a ser fijada que la palabra y es que, además, las figuras de El Bosco son fascinantes, alucinantes como pocas nos han sido otorgadas en el arte. Son imágenes para demorar durante horas en tiempos en que la mayoría de los espectadores no saben lo que significa la enorme cantidad de batracios que surgen de los órganos sexuales femeninos o esos penes transformados en cuchillos o los unicornios... El Bosco como precursor de la psicodelia... es previsible el gran éxito de la exposición.

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Imagen del cómic 'El tríptico de los encantados'. / max-elblog.blogspot.com

Pero vayamos al cómic. ¿Qué tendría que hacer un autor de cómic al que se le pide dibujar sobre la obra de El Bosco? ¿Puede mejorar con sus dibujos los ya legendarios del pintor, que para sí quisieran muchos afamados de hoy día?

Max se ha tirado de cabeza a la piscina, lo que le otorga un valor nada desdeñable: para dibujar su libro de una setentena de páginas se ha inspirado nada menos que en tres obras capitales de Jerónimo Bosch: El jardín de las delicias, Extracción de la piedra de la locura y Las tentaciones de San Antonio, nada menos, repito por aquello de la retórica, aunque hay que tener en cuenta que junto a El carro de heno son las obras más populares del pintor y el cómic, si es algo, es su condición de popular. El libro está planteado de manera muy precisa e inteligente en su estructura, pues en vez de incidir en lo cronológico, esta vez se trataría de lo biográfico. Max ha preferido un recorrido por la temática de las tres obras en una correlación de obsesiones que terminan en una estructura circular, algo muy del gusto medieval.

Max es un autor de cómic y cree ver en El Bosco un elemento presente en el formato tebeo: el sentido paródico, el humor, la ironía... de ahí que El tríptico de los encantados destile humor desde la primera viñeta, un humor muy loco que Max cree, y aquí acierta, que comenzaba a estar mal visto en su época.

Creador de personajes como Bardin, el superrealista o Peter Pank, Max ha observado que los corredores de soledad metafísica de Giorgio De Chirico iban que ni pintados para dotar de relieve, el fondo siempre es blanco, las viñetas referidas a los cuadros del Bosco. Para ello el blanco, de aire metafísico, neutro, le sirve de fondo para que las figuras del Bosco se muevan, surjan, como marionetas: el resultado es sugerente, idóneo para resaltar las características lineales de las figuras del pintor holandés, que la mirada se fije casi en exclusividad en sus contornos, resaltados por Max, claro.

La fascinación que sobre Max ha ejercido El Bosco le viene al dibujante de los tiempos en que hizo la mili en Madrid y descubrió la obra del pintor presente en el Prado. Fue un flechazo que el tiempo agravó cuando Max cayó en la cuenta de que la pintura flamenca de ese período le estaba influyendo en su propia obra. Max cree, como buen contemporáneo, y cae en anacronismos a los que tendemos en exceso, que El Bosco era un ilustrador de su tiempo, en clara correspondencia con el modo de trabajo hoy día, porque la aristocracia y el clero poderoso encargaban sus obras como hoy lo hacen las empresas editoras.

Esa correspondencia le ha servido para identificarse más con esa obra que cumple ahora más de 500 años, donde ha resaltado, en ese ejercicio de curioso anacronismo, lo que el público actual posee en su imaginario: un bello libro para una exposición monstruo, de esas que quedarán, como aquella de Velázquez, aquella de Dalí... ¿recuerdas?

Museo del Prado (YouTube)

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