Hazme un cunnilingus, pero házmelo bien

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Lucía Martín *

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Ilustración: Wikipedia

A lo largo de mi dilatada vida sexual he dado con muchos amantes (dilatada porque una va teniendo ya unos años, está soltera y no se va a dedicar al celibato cuando además, escribe de sexo, entenderán ustedes…). Me considero afortunada, en su gran mayoría eran todos bastante buenos. Ha habido algunos memorables, dignos de que su foto fuese enmarcada y vestir las paredes de mi pasillo y muy pocos muy malos, afortunadamente. De lo que sí me he percatado es de que, si bien a casi todos se les daba más o menos bien el sexo vaginal o anal, en lo que andaban peces la gran mayoría era en raciones de sexo oral: la tónica general, y da igual la edad del partenaire, es que pocos hombres manejan el arte del cunnilingus. Porque es un arte, señoras y señores, que no es lo mismo que un chico te haga subir a los cielos con su cabeza entre las piernas a que te dé la impresión de que es un gatito que está dando lametazos a su bol de leche.

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Pues bien, lo que una se ha ido encontrando son señores que dan lametazos cual gatitos: poco garbo, pocas ganas, poco arte… un desastre. No sé si las prisas por pasar a la penetración o la falta de experiencia o si consideraban el uso de la lengua como algo accesorio, el caso es que casi todos acababan suspendidos en lo que a sexo oral se refiere. Salvo él. Sólo tuve oportunidad de catarle en una ocasión, aunque nadie dice que no vayamos a repetir. Llevábamos tonteando un tiempo y se notaba esa tensión sexual acumulada y que las ganas de follarnos eran mutuas. Me ponía terriblemente su intelecto, su sentido del humor y que había sido lo suficientemente aperturista en su vida sexual como para probar con hombres y mujeres. Es que a mí, un hombre que no tiene miedos en la cama y está dispuesto a probar, me pone mucho…

La cuestión es que, por razones que no vienen al caso, él era un forofo de los coños: desde el primer día que empezamos con nuestro particular y discreto sexting (discreto porque abordábamos la cuestión casi de puntillas), me dijo que le encantaba comerse un buen coño, que podía pasarse horas y horas haciéndolo. Y debo confesar que no mintió: fue una de las primeras cosas que hizo cuando nos encontramos desnudos en la cama, hundir su boca en mi sexo. No hay nada más excitante que tener la cabeza de un hombre entre tus piernas, como cantaba Raimundo Amador.

No lo he dicho y ya toca: tengo la suerte de ser multiorgásmica y, además, no me cuesta mucho con sexo vaginal, pero si es con sexo oral me lleva su tiempo, como a la mayor parte de mujeres. Pero cuando llegan por esta vía es como si mezclásemos fuegos artificiales con helado de chocolate y una copa de champán francés: el goce absoluto. Recuerdo en una ocasión que tuve incluso un orgasmo cromático cuando un chico me estaba comiendo el coño, en el que vi el techo de otro color diferente al que tenía. Imaginaos la intensidad del asunto.

Pero volvamos a mi amante en esta ocasión: allí estaba él, sin prisa pero sin pausa, entre mis piernas, dándolo todo, cual Harrison Ford explorando con su lengua en busca del bendito templo. Al menos dedicó media hora a mi coño, sin haberme penetrado aún. Y yo ya estaba empapada. Entonces me penetró, cabalgamos juntos un rato hasta que me corrí varias veces. En ese momento me preguntó, cual caballero que es, si podía volver a comerme el coño. Cómo va a decir una que no a semejante oferta.

Y otra vez sin prisa, pero sin pausa, no al estilo “gatito que toma su leche” al que tienen acostumbrada a una, continuó con la ardua tarea de excitarme con su lengua, buscando que llegase al clímax. Seguro que ya le dolía la mandíbula, la lengua y hasta la tráquea, pero él seguía ahí, perseverante, viendo que cada vez mis gemidos eran más profundos y que mi espalda se iba arqueando. Y me corrí: vaya si me corrí y lo hice con esa intensidad que sólo me da el sexo oral bien hecho. Y no le puse una medalla al trabajo bien hecho, máxime para ser una primera vez, pero se la merecía.

Es tan goloso y tan vicioso que me dijo que, cuando requiriese de otro cunnilingus, le llamase. Tomo nota, cowboy.

(*) Lucía Martín es periodista y autora de 'Hola, sexo? Anatomía de las citas online' (Arcopress, 2015).
7 Comments
  1. Yolita says

    No hay comentarios….bueno esta muy bien practicar lo goloso y vicioso usando la lengua….pero no olviden los dedos..y emigren mas alla del clitoris en el universo vagina….recursivos e imaginativos…

  2. Curiosidad says

    Pues me quedo con las ganas. Pensaba que iba a leer un artículo de como hacerlo, no de lo mucho que disfrutaste. ¿Así cómo voy a mejorar la técnica?

  3. La novata says

    De acuerdo contigo en todo, sobre todo en la mezcla de fuegos artificiales, helado de chocolate y champán francés.

    Pero tienen razón hace falta una segunda parte, explicando como debe ser 😉

  4. Tiodesevilla says

    es más interesante este nuevo aspecto que 4º poder que la parte política, enhorabuena, me ha gustado.

  5. Tiodesevilla says

    Quería decirle que leí la entrada ayer y que precisamente hoy he tenido la suerte de ponerlo en práctica y todo el tiempo estuve pensando «no seas un gatito lamiendo su bol». Resultado: ella encantada. Gracias.
    Por si le interesa una opinión del otro lado, a veces una mujer poco comunicativa resulta un poco frustrante para el que lame, porque efectivamente duele la lengua (mientras le escribo noto agujetas, como una bolita bajo la lengua) y si se ponen tensas la postura no ayuda a las cervicales, con lo que resulta muy cansado. Media hora de intenso lameteo es digno de olimpiada.
    Otros aspectos que lo ponen difícil es el olor intenso a veces y que no todos los hombres están preparados para recibir un chorreón en la cara ni manejar un flujo intenso.
    Como dice algún comentario anterior, estaría bien algún consejo. Por ejemplo, sobre el uso combinado de dedos o juguete y lengua a la vez.
    Un saludo.

  6. PeterX says

    Francamente, qué coñazo de artículo. Me voy a poner yo a criticar a las señoras que no tienen ni idea de excitar a un hombre exigente, que son bastantes y… vale, vale, que me pongo heteropatriarcal.

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