Vanguardia rusa y utopía en el Reina Sofía

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vanguardias rusas
Un hombre fotografía algunas de las obras de la exposición 'Kobro y Strzeminski. Prototipos vanguardistas', en el Museo Reina Sofía,. / Luca Piergiovanni (Efe)

Katarzyna Kobro (Moscú, 1898-Lodz, 1951) y Wladyslav Strzeminsky ( Minsk, 1893- Lodz, 1952), fueron dos artistas rusos claves en la formación de las vanguardias europeas de entreguerras, muy influidos por el Constructivismo y el Suprematismo, cuyos conceptos supieron transformar en aras de la construcción utópica del socialismo del momento. Por tal motivo, el Reina Sofía acaba de inaugurar, estará con nosotros desde el 27 de abril al 11 de septiembre, Kobro y Strzeminsky. Prototipos vanguardistas, en la planta tercera del edificio Sabatini, una antológica extensa de los dos artistas, 160 obras, que ha sido coproducida con el Museo Sztuki de Lodz y que, comisariada por el director del Museo, Jaroslaw Sucha, pretende dar a conocer la obra de dos de los más representativos artistas de la espléndida vanguardia soviética, masacrada sin piedad por el estalinismo y su adscripción al filisteísmo estético más rancio.

Hay que decir que la obra de Kobro y Stzeminsky no es novedad en España ya que en Valencia hace 23 años, en el IVAM, tuvo lugar una muestra de los dos artistas, aunque sin la proyección de ésta del MNARS. Muy conocidos en Polonia, país que les acogió y donde la vanguardia tuvo siempre un refugio en los años negros del estalinismo, Kobro y Stzeminsky, esperan aún su pleno reconocimiento en Rusia y eso que es sabido que movimientos artísticos como el minimalismo deben gran parte de sus premisas a la obra pionera de estos dos artistas, así como el arte reduccionista o el Movimiento Zero.

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De ahí la importancia de esta exposición inaugurada el 27 de abril, con unas obras que incluyen pintura, escultura, diseño gráfico e industrial y arquitectura, multiplicidad artística que está ligada en la esencia de las vanguardias, que deseaban influir en todos los órdenes de la vida, como gran concepción utópica. Borja Villel, director del MNARS, explicó en la presentación de la muestra la importancia de estos dos artistas recalcando que fueron pioneros a la hora de idear museos diseñados por los creadores, idea que han seguido después muchos artistas. Aparte de su revolucionaria concepción de la función, que en el fondo representa la conjunción del arte con la industria, es decir, todo lo que idean tiene que tener su razón de ser en el mundo real.

Su obra, siempre producto de la experimentación continua, se ha conservado muy mal, desapareciendo gran parte de ella, en arte debido a la guerra, pero también a su propia concepción del arte, que no preveía la conservación. Experimentación extrema, compromiso con la vida y como la vida misma en constante transformación.

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Una de las obras expuestas. / Luca Piergiovanni (Efe)

Los dos artistas se conocieron en Moscú en 1918, en plena efervescencia revolucionaria y cuando las vanguardias campaban por sus respetos. Enseguida se emparejaron y se juntaron con lo mejor de los artistas del momento en la recién nacida URSS: El Lissinsky, Pevsner, Vladimir Tatlin, el genial creador del monumento a la Internacional, espiral sin fin, en fin, Malevitch, el padre del constructivismo y autor de cuadros como Cuadrado blanco sobre fondo blanco, tan radical a su modo como lo fue por aquellos años Fuente, de Marcel Duchamp: el artista por encima de la propia obra de arte, concepción romántica extrema que entre otras cosas ha traído la especial falta de oficio que hallamos en el arte actual.

Fue en 1920 cuando las vanguardias dejaron de interesar al gobierno leninista, asustado de su radicalismo. Aún estamos lejos de la represión feroz de Stalin, pero Kobro y Stzeminsky dejaron la URSS y se establecieron en Polonia, país que no abandonaron hasta su muerte. Cuando la obra encaja a la perfección con su función estamos en el camino correcto: ellos lo denominaron Unismo porque representaba la negación de la dispersión y obligaba al artista a realzar la obra como objeto social, utópico.

Esta muestra del Reina Sofía se proclama, por sí misma, exhaustiva, pues toca todos los ámbitos en que trabajaron, desde los cuadros hasta la obra gráfica, el diseño industrial y la escultura. Respecto a la arquitectura, sus ideas de que ésta debería entenderse como proyección del ámbito de lo humano en el espacio, están en consonancia con esquema que estaba gestando Gropius en esas mismas fechas respecto a la Bauhaus, proyecto éste de gran envergadura utópica.

Una exposición que sorprenderá a quienes nunca hayan oído hablar de ellos. Los colores que emplean en sus cuadros, sin ir más lejos, tan próximos a la concepción de un Piet Mondrian. Iniciativas como ésta deberían ser aplaudidas como un necesario ejercicio de instrucción pública. No es para menos.

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