JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado:

Pablo D'Ors, autor de la novela 'Entusiasmo', que él mismo considera que es su obra más conseguida
Pablo D’Ors, autor de la novela ‘Entusiasmo’, que él mismo considera que es su obra más conseguida. / Fundación Cajasol (UFlickr)

Pablo d’Ors (Madrid, 1963), nieto de Eugenio d’Ors, es uno de los escritores más interesantes de la narrativa española de los últimos veinte años. Con Andanzas del impresor Zollinger consiguió el respeto de la crítica, que se mostró más reacia cuando publicó en 2012, Biografía del silencio, un ensayo sobre la armonía espiritual que fue un best seller para este tipo de libros entre nosotros, vendió cien mil ejemplares. A partir de entonces, los libros de D´Ors han adquirido cierta popularidad que muchos, adictos a la dificultad perenne, no le perdonan. D’Ors acaba de sacar su última novela, Entusiasmo (Galaxia Gutenberg), una enorme novela de tema iniciático dentro de la tradición de la Bildungroman centroeuropea, cultura en la que D’Ors fue educado desde la niñez. La narración es compendio de toda su obra anterior, un suma y sigue donde se aúnan experiencias y expectativas múltiples que posee una vocación de totalidad en clara oposición al fragmentarismo obligado de la literatura actual.

D’Ors es sacerdote y ejerció de capellán hospitalario en el Ramón y Cajal hasta que el Papa Francisco le nombró consejero del Consejo de Cultura del Vaticano. De esa vocación y de su asociación “Amigos del desierto” y, por supuesto, de su última novela hemos charlado con él en esta entrevista donde el silencio no tuvo lugar.

Portada del libro.
Portada del libro.

Cuando le conocí, usted ejercía como capellán hospitalario. Luego, inspirado en el jesuita Franz Jalics, fundó “Amigos del desierto”, cuya finalidad es difundir la dimensión contemplativa a la luz del cristianismo. ¿Qué diferencia existe entre esta vía y otras enseñanzas contemplativas de culturas diferentes, ya sabe, sufismo, zen…?

— Mi tarea como capellán hospitalario y como fundador de la red de meditadores Amigos del desierto es, en el fondo, muy parecida: trato de aliviar el sufrimiento ajeno. Para mí es claro que no hay enfermedades simplemente físicas, sino que todas tienen un componente psíquico y espiritual. El agnosticismo contemporáneo en Occidente nos ha privado –es obvio– de las terapias netamente espirituales cuya cepa es el cristianismo. Por mi parte, no he encontrado un tesoro mayor. La diferencia sustancial entre las tradiciones del conocimiento silencioso no cristianas y la cristiana es, como no podía ser de otra forma, Jesucristo. Y hablar de Jesucristo en este contexto terapéutico o sanador es tanto como hablar del cuerpo y de la palabra. El acceso al misterio del ser desde el cristianismo no se realiza sin una determinada mística corpórea y verbal.

Desde Las ideas puras o Andanzas del impresor Zollinger, su obra siempre me pareció una de las de más calidad de la narrativa española. Sin embargo, el éxito le vino con Biografía del silencio, y a partir de ahí… ¿Cree que una de las razones es el oculto hambre de armonía mental  del que la gente está tan necesitada?

«A partir de la Biografía del silencio, mis libros rompen el marco de lo estrictamente literario y llegan al lector en general. Ganar lectores tuvo su precio: perdí la estima de la crítica»

— Gracias por el elogio. A partir de la Biografía del silencio, mis libros rompieron el marco de lo estrictamente literario y llegaron al lector en general, no sólo a aquel que le interesa la literatura. Claro que ganar lectores tuvo su precio: perdí la estima de la crítica. El éxito de mi Biografía del silencio no es simplemente comercial, sino existencial: son muchas las personas –las ventas dicen que más de cien mil– que aseguran haber encontrado en este ensayo una fuente de sentido que orienta su camino interior. La razón fundamental por la que este pequeño libro haya podido llegar a tantos corazones no está –es evidente– en su presunta calidad literaria, sino en la pertinencia de lo que en él se dice: hay en nuestros contemporáneos un anhelo espiritual que saciar, y este ensayo ofrece pistas, humildes pero rotundas, de cómo se articula esa búsqueda.

Su última novela, Entusiasmo, es una enorme y gran descripción de una iniciación a la vida. Usted, como buen deudor de la cultura centroeuropea, tiende a la Bildungroman. ¿Podría catalogarse esta novela en esa tendencia?

— A mi entender, Entusiasmo se inscribe claramente en esa tradición literaria. El ideal del bildung era, como es bien sabido, la libertad interior y la moralidad. Schiller, por ejemplo, aseguraba que en su época se había destruido la integridad espiritual del ser humano. Por eso, contra la fragmentación individual y la automutilación, la llamada bildung reafirmaba el valor de formar un todo consigo mismo, con la naturaleza y con los demás. Pretendía que el individuo volviera a sentirse nuevamente bien en el mundo en el que le había tocado estar. Mi novela Entusiasmo, en esta misma línea, es, esencialmente, un canto a la vida: un homenaje a esa contradicción armónica que nos constituye.

¿Qué representa para usted la juventud? Se lo digo porque siempre está presente en su obra. Incluso escribió Contra la juventud…

— La juventud no es sólo esa etapa de la vida que situamos entre la adolescencia y la madurez, eso es obvio. La juventud es, en esencia, un talante: esa fuerza que permite encarar lo que se tiene enfrente con un renovado ímpetu y con una esperanza probada. Creo, en efecto, que hacen falta muchos años para ser joven. Y creo también que sólo leen novelas quienes aún se sienten jóvenes, es decir, interesados en el misterio de la identidad personal.

¿Es Entusiasmo una novela en que usted ha querido rendir cuentas con un probable otro Pablo d’Ors que se le parece?

«Entiendo la novela como una exploración en la identidad desde egos imaginarios. El protagonista de Entusiasmo, y los demás personajes de mis novelas son yo mismo»

— Entiendo la novela como una exploración en la identidad desde egos imaginarios. En este sentido, tanto el protagonista de Entusiasmo, como los demás personajes de ésta y de mis otras novelas son, en última instancia, yo mismo. Lo que pasa es que lo que sucede en Entusiasmo es más parecido a lo que realmente me ha sucedido a mí. Eso puede hacer pensar que se trata de una autobiografía, algo que no puedo ni quiero negar del todo. Es una auto-ficción, pues realmente nada de lo que me ha sucedido está ahí contado tal cual, si bien todo es inmensamente parecido a lo que a mí me tocó vivir. Pretendo con ello reivindicar el papel de la fantasía para entendernos a nosotros mismos. Una novela es la suma de memoria y fantasía, y eso exactamente es Entusiasmo.

A mí esta novela me parece esencial en su obra. Representaría una especie de suma y sigue, donde se expresan personajes de toda laya y condición. Creo que en cierta manera representa cierta apoteosis de lo posmoderno… ¿Está de acuerdo? Por supuesto me refiero a posmoderno en el sentido de la narrativa de Nabokov, Kundera, John Barth, Robert Coover…

— Entusiasmo es mi libro más logrado, así es como lo siento. No creo afirmar esto simplemente porque sea el último de mis partos, sino porque sé haberlo escrito en estado de gracia: como poseído por esa fuerza interior que los románticos llamaban inspiración y que los escritores de ficción conocemos bien y disfrutamos hasta el punto de no querer cambiarla por nada en el mundo. Se trata de un libro fresco y vivo, ligero y rotundo, una historia que no se había escrito –que yo sepa– hasta el momento. Pero no soy yo –es evidente– quien debe cantar las alabanzas de mi obra, no resultaría creíble. Sí, es un texto postmoderno en el sentido que yo soy un tipo postmoderno, es decir, alguien que ha despertado del sueño de la razón. Pero no lo es en el sentido que Umberto Eco, por dar un ejemplo, da a sus novelas: un mero juego semiótico, sin verdadera búsqueda de la verdad, de la belleza o del bien.

La  crítica siempre le ha otorgado  cierta fascinación por Kafka. Usted que es sacerdote, ¿piensa que en Kafka se da la gran metáfora de la literatura teologal del siglo XX? ¿Hasta qué punto es  esencial para ello su condición de judío?

«Franz Kafka me interesa, sobre todo, como arquetipo de escritor: vivió la literatura como religión, lo que significa que se inmoló a sí mismo en el altar de las letras»

— Kafka me interesa, sobre todo, como arquetipo de escritor: vivió la literatura como religión, lo que significa que se inmoló a sí mismo en el altar de las letras. Para responder a esta pregunta diría que cuando ya no hay religión, el arte se convierte en la única religión o esperanza. Y en ese sentido, Kafka es el sacerdote por excelencia de las letras contemporáneas. De la Palabra de Dios casi podría decirse que hemos saltado a la palabra de Kafka. En aquélla todo es simbología; en ésta, en cambio, todo es sintomatología. Para mí Kafka identificó escritura con vida interior. Escribir y vivir eran para él lo mismo. Para mí, en cambio, lo difícil no es escribir, sino ser yo mismo. Kafka apenas compone sus textos –como sí hago yo–; él siempre se deja sorprender por sí mismo, como yo sólo sé hacer en contados y maravillosos momentos.

¿Representa el nuevo papa en verdad la gran esperanza de la renovación de la Iglesia? Muchos lo intentaron antes…

— A mí este papa me gusta, me lo creo. Sé que está cambiando la Iglesia, no hay más que darse una vuelta por las parroquias de hoy y compararlas con las de hace diez años para verlo. Me hace feliz que un hombre como él, que pone tan nerviosos a tantos, esté al frente del cristianismo. Me da esperanza, claro que sí, al igual que a millones de personas en el mundo, cristianas o no. Pero sé que la verdadera esperanza –esa que no puede extinguirse– la encontramos sólo dentro de nosotros.

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