ENTREVISTA / Geógrafo. Acaba de publicar 'La montaña y el arte. Miradas desde la pintura, la música y la literatura'

Eduardo Martínez de Pisón: "Eres responsable del uso que haces de tu libertad"

ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 18:40

Eduardo Martínez de Pisón
Eduardo Martínez de Pisón, en una escapada de naturaleza / Foto: M.F.-A.

Eduardo Martínez de Pisón es un geógrafo, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, experto en Glaciología, corresponsal en España del World Glacial Monitoring System, cofundador del Instituto Español de Glaciología, miembro de la Comisión Científica del Consorcio de Protección de los Glaciares del Pirineo, y del Patronato del Parque de Ordesa y Monte Perdido, y del Patronato Nacional del Teide, ha asesorado en Chile sobre geografía del sector andino patagónico,  y, sobre todas las cosas y los premios recibidos, Eduardo Martínez de Pisón es un amante de la libertad que proporcionan las alturas, hasta el punto de que es más fácil verlo en una concentración en defensa de las montañas, casi, que sentado en su silla doctoral. Premio Nacional de Medio Ambiente (1991), en un país de licenciados en Medio Ambiente, irremisiblemente parados.

De los muchos libros que ha escrito hablamos con él del último: La montaña y el arte. Miradas desde la pintura, la música y la literatura (Fórcola 2017) que acaba de salir a las librerías. Es pirineísta –toda una categoría a la que también perteneció George Sand, según se lee en el libro-, pasión que combina con ser guadarramista, sin que ello constituya delito de traición.

— La portada del libro reproduce un famoso cuadro romántico, ¿hay mucho romanticismo entre usted y la montaña?

— Hay bastante, allá en el fondo. El cuadro representa a todo aquel que contempla una montaña, eres tú. Estamos pintados allí sobre el mar de nubes. Sintetiza, por ello, el libro, que reúne la contemplación y la representación artística de la montaña en Europa, aunque sea selectivamente. La mirada desde las artes. Y es, además, un cuadro magnífico. La montaña no se entiende sin la aportación cultural del romanticismo. Pertenece a esa historia.

— ¿El Romanticismo hizo mucho por difundir los valores de la montaña?

“La montaña sin romanticismo manifiesta pobreza cultural y el romanticismo sin montaña se vacía de buena parte de su paisaje más propio”

— No hay valores de fondo de la montaña sin romanticismo o, mejor, sin las miradas renacentistas, ilustrada y romántica. Como en tantas otras cosas notables que requirieron progreso de esa mirada cultural. Y, a la inversa, no hay romanticismo completo sin montaña, puesto que ésta le sirvió como lugar preferido para su expresión. Cuando falta uno de los dos respecto al otro, se trata de algo fallido: la montaña sin romanticismo manifiesta pobreza cultural y el romanticismo sin montaña se vacía de buena parte de su contenido y de su paisaje más propio.

— ¿La libertad está en las montañas?

— La mía, sí, sin duda, profundamente. Habría que decir, no obstante, cierta libertad, pues hay otras libertades “sociales”, claro está. Pero, desde los poetas y naturalistas de finales del XVIII, la montaña se asocia a una conexión liberadora con la naturaleza, con lo despoblado y sublime. El ser libre es una opción, una excelente opción, pero quien es libre es también responsable. Eres responsable del uso que haces de tu libertad. Al esclavo o al necesitado se les exime de responsabilidad, pero al ser libre se le debe exigir como derivación de su suerte. Hay que ser responsable, pues, con las montañas si en ellas alcanzas tu libertad.

— Curioso que siendo España un país de montañas su apreciación no se produce hasta el siglo XIX. ¿Por qué será?

“El aprecio complaciente de la naturaleza montañosa es una conquista cultural tardía en Europa, que sucede al sentimiento de la naturaleza y del paisaje”

— Hubo una estima tradicional de la ascensión como símbolo espiritual y religioso, por ejemplo en San Juan de la Cruz, de gran profundidad de contenido. Pero el aprecio complaciente de la naturaleza montañosa es una conquista cultural tardía en Europa, que sucede al sentimiento de la naturaleza y del paisaje, bastante rousseauniano. Es decir, estaba en un planteamiento de ideas y actitudes culturales que aquí no tuvo resonancia en su momento, salvo en escasas figuras ilustradas, como Jovellanos. Nos incorporamos muy tardíamente, incluso, en el mismo siglo XIX, a la mirada romántica en este aspecto, por causas históricas, conceptuales, políticas y artísticas. Incluso de deficiente enseñanza de la geografía. Cuando se hizo, con la vanguardia de los naturalistas, y miramos alrededor con ojos nuevos descubrimos que teníamos sierras y cordilleras por todas partes, no donde padecer inclemencias sólo, sino donde aprender y gozar.

— ¿Cuál de las bellas artes le parece que ha llegado más al corazón de la montaña a través de los siglos?

— Al corazón, tal vez la literatura. Es su expresión más completa, tanto en prosa como en verso. La pintura también se fija tardíamente en la montaña, pero con obras excelentes, aunque es más externa hasta que Friedrich la interioriza. También la pintura se adentra físicamente en la montaña hasta la cumbre, tras una fase inicial en que es un telón de fondo. La música es evocadora o descriptiva, porque los paisajes también suenan; produce estados de espíritu afines al paisaje. Pero nada como un buen poema no sólo para sentir la montaña sino para rehacerla. Luego llegan la fotografía y el cine, la primera como otro modo de la pintura y el cine como otro modo de novela: hay muy buenas fotos de montaña pero muy pocas películas buenas de lo mismo.

— Estamos en otoño, ¿es el mejor momento para pisar “el sendero solitario” del que habla Lamartine?

— Todo el rodar de las estaciones. Lo bello es seguir la rueda entera de la naturaleza, intensificada en la montaña: el invierno nevado, la floración primaveral, el sosegado verano y los colores del otoño. El otoño desciende desde lo alto al valle: primero enrojecen arriba los arándanos, pardean luego los hayedos a media ladera, se vuelven rojos los cerezos silvestres entre los prados y amarillean los temblones cerca del río. Hay, por tanto, que dedicarles tiempo, octubre y noviembre en nuestras montañas, para seguir con fidelidad sus cambios. Entonces, la montaña misma es arte.

— Lo malo es que el “bosque protector” se vuelve peligroso con la temporada de caza en toda España, ¿cómo se lleva el caminante con el cazador?

“El cazador mata sus presas; el caminante admira a los animales de la montaña y busca su convivencia, respeta su vida”

— Con falta de concordia y con precaución. La caza es un ejercicio con fuerte tradición y con potencia económica. Los paseantes (en aumento) son recientes y hasta ahora sin economía ninguna. Hay una ley de caza: cuidado con topar con ella. No hay una ley del paseante. La caza dispara, el caminante no: que no se cruce un tiro en tu senda. El cazador mata sus presas; el caminante admira a los animales de la montaña y busca su convivencia, respeta su vida. Si espantas la caza al caminar puedes ser reo. Por eso y por muchas cosas más hay que proteger los espacios naturales.

— La montaña como estado espiritual, según Giner de los Ríos, como lección de piedad, para Unamuno y como lugar santo, para Jung. ¿Combina bien este carácter “zen” con la práctica competitiva?

— Poco. O nada. O se hace una cosa o la otra. Pero cuando se ponen en el mismo lugar hay una que estorba a la otra. A ese espíritu tan distante entre ambas concepciones y prácticas se añaden tres cosas más: por un lado, el gregarismo que suele acompañar a la competición deportiva, poco afín a la encomiable soledad de la montaña (es el caso de las carreras de montaña); por otra parte, el equipamiento de la naturaleza, que así pierde su esencia de espontaneidad (es el caso de las estaciones de esquí); y, además, el montañismo tiene tras sí una carga cultural indisociable de su práctica, como libros, arte, filosofía, mientras los deportes de cancha trasladados a la montaña (atletismo, ciclismo, motos, etc.) carecen de ella.

— Si un paisaje es un territorio interpretado culturalmente, ¿explicaría eso el lamentable estado de muchos paisajes españoles? ¿No tienen almas elevadas que los miren?

“Pocos miran ahora mismo los paisajes; más bien vivimos absortos en mundos virtuales, con los ojos fijos en la tablet o en el móvil”

— Pues así es. Un paisaje refleja un alma colectiva y su estado responde a tal espíritu o falta de espíritu. En este sentido, los paisajes son lo que somos. Y como somos también lo que son nuestros paisajes, eso repercute en la sociedad, los individuos, su nivel y su autoestima. Se puede aplicar la frase de Ortega “Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo”, al paisaje: “Yo soy yo y mi paisaje y, si no le salvo a él, no me salvo yo”. Sin embargo, pocos miran ahora mismo los paisajes; más bien vivimos absortos en mundos virtuales, con los ojos fijos en la tablet o en el móvil. Hay que educar en el paisaje. Esto mismo decía Azorín al comenzar el siglo XX y, como se ve, casi nadie le ha hecho caso.

Edurdo Martínez de Pisón
Cubierta del último libro de Edurdo Martínez de Pisón. / Editorial Fórcola

 — Su libro propone grandes excursiones a la red de redes donde descansan algunas de sus fuentes, para ampliar documentación, ¿ventajas de los tiempos?

— Hay hoy disponible (es la otra cara de la moneda) una cantidad ingente de información en internet: libros, artículos, cuadros, música, cine, inabarcable, y allí reside una posibilidad de acercamiento al arte o a la ciencia o al entretenimiento que hace poco no existía. Hay reproducciones de cuadros, por ejemplo, de todo lo que cito (que es bastante), con lo que documentarnos y disfrutar. Pero nada como el original, claro está. Sólo que menos accesible. Y lo mismo ocurre con la montaña misma: hablamos de la montaña en el arte, pero hay que conocer como cosa previa esa montaña. Su arte cobra un especial sentido, una dimensión mayor y un fondo verdadero si se va o se viene de la montaña. No es sólo un ejercicio erudito o diletante, es un cierre del círculo del paisaje que arraiga en el torrente, el bosque, el risco y el nevero.

— ¿Quizás debiéramos imponernos una obligación moral de subir a la montaña una vez al año, al menos?

— Pues no estaría mal. Mejor, tantas como estaciones, como antes dije, para estar en el rodar del planeta por su trayectoria, que es la última verdad (cósmica) de las cosas, y por disfrutar de sus sueños, despertares, efusiones y decadencias, que son estupendos.

— ¿Cómo entiende un nómada como usted el hecho nacionalista?

— Refiriéndome a lo más actual, realmente, yo, hasta que llego a Perpignan, no noto que he salido de España. Pero, en efecto, al mismo tiempo somos testigos de cómo se ha manipulado políticamente, con extrema gravedad, el sentimiento de lo local hasta estrechar las mentes, contaminar la verdad, sembrar discordia, incurrir voluntariamente en la ilegalidad, alcanzar el esperpento y, en suma, hacer daño y producir dolor.

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