Antonio Machado, revisado de nuevo

Siempre que he tenido ocasión me he referido a la urgencia de revisar el canon de nuestra historia literaria, algo que se hace con regularidad en nuestro entorno europeo y que ha dado como resultado nuevos modos de aprehender el pasado, haciéndolo más cercano a la sensibilidad de los nuevos tiempos y los valores que estos comportan.

Y si es imposible lo que uno desearía, que cada generación tuviese un sentido del pasado literario cercano a su sensibilidad, cosa que se acompañaría con traducciones nuevas de los clásicos, lo cierto es que los cambios canónicos resultan de una importancia esencial en la conformación de la recepción de la cultura: así, en los ochenta se pasó de considerar a Beethoven como el paradigma del genio creador en música, recordemos que el himno europeo es sencillamente un trozo de la Oda a la alegría de su Novena Sinfonía, que a su vez procede de un poema de Schiller, y éste pasó a Wolfgang Amadeus Mozart, la película de Milos Forman fue reflejo de aquel cambio. Un cambio que se entiende porque el relato épico, romántico, casi napoleónico, ese concepto del héroe, del músico de Bonn, no cuadraba con los tiempos del posmodernismo. Mozart, sin embargo, con esa tendencia extrema a la sensibilidad oculta, a la ambigüedad de los valores morales por pura indagación en la complejidad de la condición humana, esa aparente conformación y refugio en la intimidad por más que sepamos que tanto en Don Juan como en La flauta mágica esa conformación da paso a la rebeldía más radical de su época, se ha hecho con el paradigma del canon, y ahora, de nuevo, se advierten cambios en esa tendencia a favor de Johann Sebastian Bach. Algo que cabría calificar de significativo.

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En nuestro ámbito literario las revisiones que Cernuda realizó de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer fueron definitivas para establecerlo como el poeta español del XIX; algo que más tarde ha sucedido con la importancia para la novela de Benito Pérez Galdós, después de la penitencia impuesta por la Generación del 98, y en menor fortuna, con los intentos de Luís García Montero de colocar a un poeta, Campoamor, como precedente de la poesía narrativa de clara ascendencia anglosajona y que entre nuestros pagos se denomina “poesía de la experiencia”.

Juan Malpartida (Marbella, 1956), poeta (Espiral, A un mar futuro), narrador (Reloj de viento, Camino de casa), crítico, traductor, ha realizado versiones de T.S. Eliot, de André Breton y de Charles Tomlinson, acaba de publicar Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta (Fórcola Ediciones), un libro de clara intención pedagógica pues puede ser leído con gran facilidad por cualquier lector interesado en la vida y obra de Machado pero que, a su vez, supone una revisión de la figura y obra del autor de Campos de Castilla,una revisión que hacía falta y que se ha realizado poco a poco con los estudios de especialistas como Oreste Macrí o Bernard Sesé y a los que Malpartida realiza homenaje de una u otra manera.

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'Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta'.
‘Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta’.

Hay dos aspectos a destacar de otros muchos en este libro: en primer lugar el de ofrecernos un panorama de Antonio Machado justo, claro, sin alardes retóricos y, desde luego sin caer en ninguno de los lugares comunes machadianos, todo eso del “hombre bueno”, del poeta que se le llenaba la pechera de la camisa de ceniza de cigarrillos cuando habitaba en la Babia incompatible con la prosa del mundo. Consecuencia de ello es una suerte de biografía revisada y que, desde luego, hacía falta y no porque la idea formada hasta ahora de Machado fuese falsa, sino que era parcial. De la importancia de este libro de Malpartida da idea el hecho, ponemos un ejemplo entre muchos, de su misoginia, de su rechazo del feminismo, cosa que compartía con muchos miembros de la Generación del 98 salvo Unamuno y Valle Inclán, de su vida erótica, que existió y que Malpartida pone en su lugar resaltando el hecho de que en biografías tan cercanas, la que realizó Miguel Pérez Ferrero pese a su importancia se ha quedado anticuada , como la que de Machado hizo Ian Gibson de pasa de puntillas sobre este hecho. Y así, Malpartida incide en el aspecto moralista de Machado, el hombre que se arrepintió de la vida disoluta de su juventud, no sin cierta ironía oculta, pues le repugnaba la pornografía, incluso la mera sensualidad, no era afecto al alcohol, no frecuentaba sobremanera los prostíbulos, que en aquellos años era tan corriente como ir al cine en la década de los sesenta, y le daba al cigarrillo hasta el punto de caer en el enfisema. En este mismo contexto Malpartida reivindica un estudio urgente de las relaciones de Machado con su hermano Manuel, hasta ahora un tanto fantasmagóricas porque se ha incidido poco en ellas, pese a Pérez Ferrero.

Pero, aparte de la biografía, lo importante a destacar en este libro y que creo es su lado más trascendental es la exposición del aspecto de Machado como único poeta filósofo de su tiempo. Sería discutible dilucidar qué entendemos con esa palabra y la razón de la que otorgamos más carga filosófica a Machado que a Juan Ramón Jiménez, pongamos por caso, pero es de suponer que siempre daremos más importancia al que explica el milagro que acaba de acontecer que al que sencillamente se limita como el cura católico de “realizar el milagro” en la misa, sin más, así, ese uso del mito que hicieron con igual fortuna en la literatura del siglo XX el Thomas Mann de la tetralogía de José y el Joyce de Finnegans Wake y que explica las diferencias entre la tradición católica y la protestante, vista ésta como precedente de usos de la Ilustración, es decir, Mann explica en las novelas esa incidencia en el mito; Joyce, de tradición católica y bárdico irlandesa, se sumerge en él sin más ni más.

Pues bien, Malpartida incide especialmente en resaltar la importancia de este aspecto de Machado, sobre todo en obras fundamentales como Abel Martín y Juan de Mairena, y le contrapone en algunos aspectos al del poeta filósofo de su tiempo por excelencia, Paul Valéry. Son las páginas dedicadas a este lado las que más me han interesado del libro, lo que no obsta para que, si añadimos las consagradas al aspecto biográfico, nos ofrezca uno de los panoramas más lúcidos escritos sobre Antonio Machado. Ya lo percibió Gracián, no hace falta escribir centones para iluminar: este libro contiene 192 páginas.

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