Mercedes Peón: “Los nacionalismos más agresivos son los que tienen Estado”

Mercedes Peón es Galicia. En su música se concentran los cantos de los pueblecitos, los sonidos metálicos de la industria de Ferrol, la mística de las meigas. En ella confluyen todas las contradicciones: la tensión entre lo local y lo global, la tradición y la experimentación, la duda y la certeza. Todo se ve reflejado en Deixaas, su último trabajo, que ha presentado en el Festival Laborarte 2018 en Madrid.Esta creadora musical habla con la prudencia de saber “que todo es subjetivo”. La conversación navega entre la abstracción de la artista y el pragmatismo con el que a veces presiona el periodismo. Al final, entrevistadora y entrevistada encuentran el punto medio. Hablamos con Peón sobre la memoria auditiva, las conceptualizaciones superpuestas, pero también del conflicto catalán o la escasa presencia de mujeres en los festivales.

— En su nuevo trabajo, Deixaas, está muy presente la industria naval de Ferrol.

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Es un disco que se inscribe dentro de un mundo construido en lo artificial. Un pasaje musical de muchas sensaciones, emociones, conceptualizaciones que se inscriben en esa metáfora, pero no es explícito.

— ¿Cuánto de biográfico hay?

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Mis composiciones y obras siempre están relacionadas conmigo. No podemos hablar de una biografía lineal, sino de mis sensaciones, mis principios socio-políticos mis reflexiones, provocaciones… Trabajo desde ahí. 

— ¿Ha querido rescatar estos sonidos que a veces son silenciados por el mainstream?

—  No. Hay una intención de que lo que hago me provoque a mí. Tengo 51 años, he hecho ya varios discos. Para hacer un trabajo o subirme al escenario necesito encontrar un porqué. Yo no estoy en la provocación en el exterior, sino que intento provocarme a mí misma. 

Estos ruidos del metal transportan al mundo del trabajo, a la fábrica.

“En mi trabajo hay feminismo, contrasexualidad, pensamiento queer, idiomas no hegemónicos”

Yo volví a Galicia tras un periodo en el extranjero, que dio lugar en mi último disco a influencias de Sao Pablo o Rabat. Cuando regresé intenté sumergirme en Galicia nuevamente, en esa construcción de país. España ya está construida y Galicia obviamente no. Quería saber qué pasaba en esa tierra mía que siempre me alimentó tanto. Es mi forma de vida. Me levanto por la mañana, me pongo a hacer música y cuando ya no tengo nada que decir, busco provocaciones. Una de ellas fue saber qué pasaba en la industria gallega y pasé por cinco lugares. Fui a la Citroën, donde hay cadena de montaje, y a Navantia. Tuve un flechazo sonoro-estético.

Dentro de esa metáfora ocurren historias. Hay feminismo, contrasexualidad, pensamiento queer, idiomas no hegemónicos. Situaciones particulares de la construcción de un país llamado Galicia, desde el punto de vista folclórico. Todas son capas que conviven en ese instante.

— ¿Es un discurso necesario dentro de la ola que estamos viviendo ahora de individualismo y fragmentación? Ese concepto de lo común, la construcción, ese diálogo entre la persona que diseña y la que ejecuta…

Sí, todo es sistémico y cuando no es sistémico somos seres mutantes, en el sentido de la alienación. En trabajos metódicos, que puedan parecer tediosos, monótonos y poco gratificantes, puedes entrar en cierto trance en esa ejecución, cierta iluminación en esa repetición. Tenemos que construir políticamente el mundo en el que queremos vivir. Si no lo haces, no te quejes porque no participaste.

— En los últimos años, con la crisis, la sociedad española quizá tenga más interés en lo común

España es muy grande. No veo la tele, solo escucho la radio cuando me desplazo en mi furgoneta. Sí que creo que hay movimientos sociales comunes en todo el Estado. En Galicia, el movimiento de las mareas fue único. Es en el único lugar de donde salió una candidatura a alcaldía sin haber líder. Me parece lo más puro y bonito que ocurrió. La gente no sabía que Xulio (Ferreriro) iba a ser alcalde de A Coruña hasta 15 días antes. Confiaron en Marea Atlántica, no se hizo campaña de líder. Es una revolución total. También se me puso una sonrisa con lo que pasó en Madrid o Barcelona con movimientos que provocaron  cambios desde la base.

— Ha incidido antes en la edad y en que todos estamos programados, ¿hay alguna programación de la que aún no se ha desecho usted?

Seguro que hay miles de programaciones de las que no me he librado. Por ejemplo, ahora mismo estoy sentada, con las piernas cruzadas y superfemenina.

— ¿Y se ha librado de muchas? Dígame alguna.

¡Qué difícil! Espero que sí. Al menos intento no tener una visión colonialista, saber que todo es subjetivo, todo es líquido, pero sin perder de vista mis certezas y lo que me ancla, como la cultura, la tierra y la naturaleza. Para mí eso es real, existe, es. 

— Supongo que hay que conservar ciertos arraigos para no caer en el inmovilismo.

— Sí, pero nunca hay que perder de vista las subjetividades de otras personas. Hace tiempo estaba hablando con un chico que hacía contorsionismo. Le pregunté que de dónde era. Me dijo que del mundo, que había nacido en Vigo. Yo rápidamente le contesté que entonces era gallego. Me dijo que nació en Vigo, pero que sus padres eran de una caravana itinerante, de un circo, y nunca estuvo más de una semana en ningún sitio. Por eso, él sentía que su casa es la caravana de sus padres. Me ocurrió una disonancia cognitiva maravillosa. Sus anclajes y raíces estaban en el aire.

— En esta búsqueda de la construcción de la identidad, ¿cómo ve usted esta guerra de banderas entre el nacionalismo catalán y el nacionalismo español?

La identidad es una construcción. La nación es artificial. En Cataluña lo que piden como movimiento social es poder votar. Ante eso, el resto es autoritarismo. Para mí ahí no hay fisura. Millones de personas estaban demandando algo y no les dejaron llevarlo a las urnas. Me parece terrorífico y el resto es consecuencia de eso. Los nacionalismos más agresivos son los que tienen Estado. Las naciones constituidas como Estado tienen las armas, pueden eliminar a la población. No podemos perder eso de vista. La única manera de que no puedan ocurrir aberraciones es que las personas tengan conocimiento político, no de un partido sino que estén implicadas en un movimiento social. 

— Entonces, ¿cree que tienen futuro los Estados?

Pueden tener sentido si garantizaran la Seguridad Social, mínimos. El resto a mí no me interesa. España gasta un dineral en armas. Las armas que dejan a niños sin sus piernas y matan a gente las venden desde España. Yo soy una artista, una creativa que veo aberraciones que no me gustan, como que Europa deje a la gente que viene de Siria o de otros países muriéndose o en asentamientos, ¿no se nos cae la cara de vergüenza? No se cubren esos mínimos.

— Muchos se preguntarán cómo es posible hacer política desde la música.

“Los políticos que se acercan al feminismo no suelen hacerlo bien. No han vivido en esa periferia”

La música es abstracción y la abstracción te da libertad. Expresar la subjetividad a través de la música o la palabra es tener un posicionamiento. En mi caso es periférico, creo que de ahí pueden salir los discursos interesantes. Por eso, cuando veo políticos que se acercan al feminismo, pienso que no lo suelen hacer muy bien porque no han vivido esa periferia.

 

— Ha trabajado mucho el tema de la mujer, ¿cómo está viendo la actual ola de protestas feministas?

Tenemos que empezar a deconstruir eso que llamamos “la mujer”. ¿Qué es la mujer? Seguro que tú y yo nos parecemos en nada y en mucho. Nuestros géneros son construcciones. Cada vez que se habla de “la mujer” a mí me entra urticaria. Nunca se hablará de “el hombre” porque ya está en lo hegemónico, mientras la mujer es una subalternidad. Es una construcción de un concepto sexual subalterno. Han salido a la calle mujeres, hombres, trans, personas con pensamiento contrasexual… Es decir, personas que ponen en juego que el patriarcado es una perversión y, además, es violento.

En la sociedad patriarcal se dice que tienen que tener el poder los violentos. Esto también nos remite a lo que decíamos antes del Estado. Los estados nacionales, no los nacionalismos. Un nacionalismo sin Estado reivindica tener el mismo poder de un Estado, pero los estados nacionalistas son totalitaristas. Si ya tienes el poder, ¿por qué buscas un nacionalismo que diga que eres más que los demás?

— Supongo que para mantenerlo.

No, solo para ser violentos. En una democracia nadie se lo quita.

— ¿Y los nacionalismos que quieren ser Estado, como el catalán?

Son nacionalismos que no tienen nada que ver con el nazismo, que es con quien yo comparo a otros estados, pero esas palabras habría que deconstruirlas. Yo no soy catalana. Antes de todo esto había movimientos sociales muy interesantes que eran anticapitalistas y antiglobalización. Si el independentismo catalán es un primer paso para que el capitalismo no sea tan agresivo, pues estupendo, pero ya vemos que eso no es. Me parece increíble que no se les permitiese votar. Salga que sí o que no. No se vota para la connivencia de nadie.

— ¿El caso del nacionalismo catalán no ha servido, precisamente, para diluir las cuestiones sociales en favor de las identitarias? Los anticapitalistas y los capitalistas se han unido en una misma causa.

“Se está diluyendo es la idea de que España es democrática”

Yo creo que lo que se está diluyendo es la idea de que España es democrática. Yo no soy catalana, pero hay un debate tremendo y eso es una maravilla.

— Volviendo a lo género, ¿usted cree que la próxima batalla está en lo no binario?

A mí me encanta Paul Preciado. Hay que eliminar los géneros. No hay género y ya está.

— A veces las causas se defienden a través de los nombres y las categorías, como la palabra “mujer”…

Esto deberías preguntárselo a Paul Preciado o Judith Butler. Yo creo que quien debe eliminar esas categorías es el Estado, que es la forma en la que estamos organizados. Por ejemplo, en la escuela no tiene sentido que pongan “niño” o “niña” en la ficha. Imagínate, menudo cambio radical. Que no se catalogase nada por si tienes o no testosterona. Yo creo que esto cambiará en las nuevas generaciones.

— ¿Es usted optimista entonces, no?

Bueno, si se han criado con estos gobiernos… Yo soy muy optimista con la gente, pero ahora estoy en una cierta derrota. Ahora estoy ilusionada con la gente joven, pero tengo cierta derrota porque sé que las fantasías y los aparatos de verificación obstruyen y constituyen un poder.

— ¿Y en los festivales? ¿Sigue habiendo menos mujeres encima del escenario que abajo?

Es muy difícil contestarte. Yo sé lo que ocurre en Galicia. Allí hay una cantidad de mujeres -esas personas que nacen y les ponen el sello mujer- increíble. Son muy creativas, es un escándalo. En artes escénicas hay 50 o 60 directoras en un país tan pequeño como Galicia. Compositoras hay otro montón haciendo cosas interesantísimas y muy arriesgadas. Si hablamos de los festivales por los que me muevo yo, donde hay dinero, como en Nueva York, lo pagan todo. Allí no hay ningún tipo de discriminación, donde sí lo hay es en el día a día, con los compañeros, los prejuicios, como por ejemplo, cuando se piensa que no hay mujeres guitarristas. También hay que ver quién dirige los festivales, quién trabaja más o menos. 

En los carteles de los festivales creo que no hay tanto prejuicio, lo que importa es que haya público para ti. También hay un trabajo de curaduría. Recomiendo el Festival Sziget, de Budapest, que está en el Danubio. Yo ya he ido cuatro veces.  Hay varios escenarios interactivos, montan una ciudad-festival. Hay que ir sí o sí alguna vez en la vida.