Anna Ajmátova y Marina Tsviétaieva: Cuando el dolor se transforma en poesía

Hace un par de meses, a falta de cinco minutos para echar la persiana del cierre, entró corriendo una señora en la librería. Creo que no pude evitar poner los ojos en blanco, pensando: “Dioses, pero por qué. Esta vez iba a irme a la hora a casa.”, pero la mujer se plantó delante de mí y soltó: “Sí, lo sé. Llego a última hora y estás a punto de odiarme, pero déjame que te explique. Tengo una sobrina de diecisiete años que dice que le gusta la poesía y es necesario, NECESARIO, que le regale un libro de Anna Ajmátova para que descubra qué es poesía de verdad. Está en la edad. Dime que tienes algo de ella, por favor. ¡Tienes que ayudarme!” Sobra decir que la exasperación dio paso al amor más absoluto por aquella mujer. “Ha entrado en el lugar y en el momento indicados. ¡Claro que tengo libros de Ajmátova!, exclamé. Y ambas, parloteando alegremente, nos encaminamos a elegir un poemario juntas. No sé si a la chica de diecisiete años le gustó el libro, pero estoy segura de que Anna siempre deja huella. Y de que, por encima de muchas otras escritoras, fue capaz de reflejar el dolor como solo una mujer puede llegar a hacerlo.

Llevo leyendo poemas de Anna Ajmátova desde hace muchos años, aunque hasta hace poco no empecé a indagar sobre su vida personal. Y es curioso, porque una vez se conoce su biografía, su obra parece no poder separarse de ella. Anna fue una de las figuras más importantes de la conocida como poesía acméista, movimiento dentro de la llamada Edad de Plata de la literatura rusa, allá por 1910. Los poetas acmeístas fueron algo así como lo contrario al simbolismo ruso: cultivaron un lenguaje preciso, fresco y claro y le dieron una dimensión poética a lo cotidiano.

Esta extraordinaria mujer nació en 1889 en Odessa, en el seno de una familia noble; por ello, decidió cambiar su apellido y adoptar el de su bisabuela tártara, Ajmátova, como pseudónimo. Compartió su vida con tres hombres. El primer matrimonio fue con Nikolái Gumiliov, poeta promotor del acmeísmo, con el que tuvo a su hijo Lev. Su segundo matrimonio fue con el asiriólogo Vladimir Shileiko y, el tercero, con el historiador del arte Nikolái Punin. Pero muchos fueron los artistas que la admiraron, amaron y en los que influyó: Pasternak, Modligiani o Isaiah Berlin se encontraron, por solo nombrar algunos, entre ellos.

Tras la revolución rusa, en 1921 Gumiliov fue acusado de conspiración y fusilado, lo que dio un giro de ciento ochenta grados a la vida de nuestra poetisa. Su hijo fue arrestado y deportado a Siberia. Posteriormente, su marido Punin murió en un campo de concentración en mil novecientos treinta y ocho. Es evidente que Ajmátova estaba en el punto de mira: sus poemas se prohibieron, fue acusada también de traición y, poco después, deportada. Por temor a lo que pudiera sucederle a su hijo, fue ella la que quemó sus propios papeles personales. Pero Anna no pensaba abandonar al pueblo que tanto amaba (de ese amor y fidelidad nace su gran poema lírico, Réquiem). En 1944 regresó a Leningrado, justo después del asedio nazi y empezó a ganarse la vida traduciendo a Leopardi.

Es difícil imaginar lo que podía sentir con ese destino a sus espaldas, con todos sus amigos emigrados o represaliados. Las pocas visitas que tenía asistían a las lecturas de sus poemas y los aprendían de memoria, para luego transcribirlos y que no se perdieran, pues ella tenía pavor a dejarlos por escrito. En su obra toda su soledad, el amor y el desamor, la desesperación y la resistencia siempre como forma de vida se reflejan. Pero, especialmente, el dolor colectivo, compartido con todas las mujeres en aquellos años inciertos.

En los terribles años del terror de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien “me reconoció”. Entonces una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja):

-¿Y usted puede describir esto?

Y yo dije:

-Puedo.

Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.”

Muchas veces, unida a la figura de Ajmátova suele nombrarse a otra mujer a la que muchos consideran una de las mejores poetas del siglo XX: Marina Tsvietáieva. Aunque había leído algo sobre ella, de las dos era para mí la gran desconocida. Gracias a la reedición de Galaxia Gutenberg de la antología El canto y la ceniza pude poner fin a mi ignorancia.

Marina Tsviétaieva

Marina nació en 1892 en Moscú, hija del fundador del Museo Pushkin, Iván Tsvetáiev y de Marina Mein, reconocida pianista. Su infancia fue acomodada y casi idílica, a pesar de la enorme tristeza que siempre rodeó a su madre por un amor imposible y de su temprana muerte debida a la tisis. Como bien narra su hermana Anastasía en sus memorias, Tsietáieva fue una poeta precoz, de espíritu libre, que pronto se hizo un nombre y cultivó las amistades de grandes escritores de su época como Mandelshtan, Rilke o Pasternak. Tras pasar su niñez y parte de la juventud viajando tras los tratamientos médicos de su madre, en 1912 se casó con el poeta ruso Sergei Efron. Y aunque tuvo otros amores a lo largo del tiempo, por él se exilió al término de la Revolución rusa y pasó varios años en Europa, sintiéndose sola y deprimida.

En 1939 regresó a la Unión Soviética en un intento por volver a reunirse con su marido, acusado de contraespionaje. Por desgracia, este fue condenado y fusilado en 1941, mientras que su hija Ariadna sufrió el destierro hasta 1955. Tras esto y con la ocupación nazi fue evacuada a Yelábuga, donde no pudo soportar más el sufrimiento por la pérdida y se suicidó el mismo año de la muerte de su marido.

Los poemas de Marina me golpearon en lo más profundo. Son versos vivos, llenos de ardor y valentía, con un lenguaje agudo, a veces brusco:

¿Estás ya harto de esa mercadería

novedosa? Cansado de mi magia,

¿cómo te va con una mujer terrestre

que carece de sextos

sentidos?

Venga, con franqueza, ¿sois felices?

¿No? ¿Cómo se vive en un abismo sin profundidad,

amor mío? Cuesta, ¿verdad?

¿Te cuesta tanto como a mí con otro?”

Creo que nunca podré agradecerle lo suficiente a su hija Ariadna el tremendo esfuerzo por recuperar la obra de su madre, que ahora me conmueve como pocas (obra que, por cierto, se mantuvo inédita en su tierra hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando empezó a publicarse en escritos clandestinos). También tengo que agradecer a su hermana Anastasía esas hermosas memorias de la vida de ambas, en las que comparte con todos los lectores su infancia y juventud, la importancia de la cultura que siempre rodeó a toda la familia. Y, lo más importante: la felicidad de Marina. Porque ella fue, aunque mucha gente no lo sabe, feliz en muchos momentos de su vida. Eso puede parecer algo tonto, pero me reconforta. A pesar del dolor, de la tragedia, del final, Marina conoció la dicha.

Resistencia y valentía, amor, desamor, anhelo. Lecciones de vida y un talento soberbio en dos mujeres que marcaron una época histórica convulsa y que esperan en las estanterías de librerías y bibliotecas para nunca ser olvidadas.

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