Soledad Becerril: “Me gustaría que en Andalucía hubiera alternancia de partidos”

  • Publica el libro ‘Años de Soledad’ donde relata su vida como ministra de Cultura, diputada, alcaldesa de Sevilla y Defensora del Pueblo.

La vida de Soledad Becerril (Madrid, 1944) no cabe en 175 páginas. Sin embargo ha decidido condensar toda su actividad pública en el libro ‘Años de Soledad’ (Galaxia Gutenberg, 2018). En él habla de las dificultades de introducir las ideas liberales en la España posfranquista, de sus primeros pasos en Unión de Centro Democrático (UCD), de cómo se convirtió en Ministra de Cultura en una época (1981) en la que pocas mujeres llegaban a puestos de poder, o de cómo Sevilla la adoptó de manera tan sincera que llegó a hacerla su alcaldesa en 1995 bajo las siglas del Partido Popular.

En junio de 2017 dijo adiós a su último servicio público como Defensora del Pueblo y desde entonces sigue la agitada actualidad política con interés, pero sin ninguna envidia. Charlamos con la veterana política sobre algunos de los acontecimientos más importantes de los últimos 40 años.

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— En las primeras páginas de su libro, habla de la dificultad de introducir las ideas liberales en la España posfranquista, ¿con qué resistencias se encontró?

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Eran tiempos en los que había que difundir las ideas liberales: la defensa de las libertades, los derechos… La sociedad española estaba entonces muy acostumbrada al ordeno y mando, como ocurre en las dictaduras. Pasar de aquello al Estado de Derecho supuso un cambio muy grande, al igual que en el campo económico. Estaba todo estaba muy estructurado y organizado y nosotros hablábamos de economía de mercado, de iniciativa privada… En Andalucía era difícil.

— Después de 40 años, ¿cómo explicar a un joven de 2018 que tiene trabajos de una semana gracias a un mercado desregularizado y que tiene que pagar unos servicios básicos encarecidos  que el liberalismo económico ha sido positivo para España?

“Las ideas liberales no significan desprotección”

Para su vida son positivas las libertades. Permiten tener más opciones, más competencia, te abre un abanico de posibilidades, pero hay que proteger derechos también. Hay que tener derecho a la Vivienda, la Sanidad o a percibir determinadas ayudas. Ese campo abierto de posibilidades tiene que tener también una regulación. Las ideas liberales no significan desprotección. 

— ¿Esa libertad de elección ampara nuevas realidades como la gestación subrogada?

No creo que sea un asunto que una ideología deba definir. Son creencias personales. Yo, por ejemplo, pienso que en la mayoría de los casos esta subrogación es un mal para las mujeres. Fomenta que la mujer comercie con su cuerpo.

— En su libro habla de la disolución de UCD, ¿que la precipitó? ¿la oposición tan dura o los líos internos?

Hubo de todo. No llegó a ser un partido tal y como hoy lo entendemos. Fue una coalición. Éramos un amplísimo grupo de personas, con orígenes políticos e ideológicos distintos, que nos pusimos de acuerdo para ir a las elecciones y dar los primeros pasos hacia las grandes reformas y llegar a la Constitución. Pero aquello era difícil. Hoy los partidos son distintos. Son disciplinados y tienen una organización y una jerarquía que entonces no había. Se produjeron grandes diferencias dentro de UCD, como en materia de divorcio o en asuntos educativos. Además, el PSOE ejerció de oposición dura. Y un sector de las fuerzas armadas estaba en contra de las políticas del Gobierno, y en concreto de las de Adolfo Suárez. También fueron unos años terribles de terrorismo de ETA que causó mucho dolor.

— Volvamos a 1977. Entonces había 21 diputadas de 350 escaños, ¿qué papel real tuvieron las mujeres en la Transición?

“Las diputadas en 1977 éramos una especie muy rara”

Fuimos tratadas sin discriminación. Yo recuerdo que había diputadas en Defensa, Economía, Educación… Pero sí éramos conscientes de que éramos una especie muy rara. Era muy difícil para la mujer llegar a la vida pública y, desde luego, al Congreso. Éramos una generación en la que un porcentaje muy alto de mujeres abandonaban los estudios muy jóvenes, a los 14 o a los 15. Muchas de mis compañeras de colegio a partir de los 15 años dejaron de estudiar. Yo en aquel momento me encontré muy aislada porque perdí a mis amigas. Llegué a la universidad sin conocer a nadie. Luego allí hice las mejores amigas que conservo, pero llegué asustada. Las diputadas sentíamos que era difícil que otras mujeres estuvieran nuestra situación.

— ¿Esa sensación de verse sola que sintió en la universidad se ha repetido muchas veces posteriormente en su vida pública?

Sí, pero una se va acostumbrado. Lo malo es el comienzo.

— Usted cuenta en el libro que le pidió a Suárez cambios más rápidos para las mujeres, pero que sus compañeros pensaban que sus peticiones no eran muy “oportunas”, dado los problemas que tenían.

Sí, pensaban ‘ya está con sus cuentos, con todo lo que tenemos’. Y era verdad que teníamos la Constitución por delante, después modificar el Código Penal o el Código Civil para adecuarlos a una Constitución democrática.

— ¿Qué le pedía?

Modificaciones en la legislación que equipararan la situación de la mujer, que suprimieran penas que se atribuían a la mujer y más atención a  sus circunstancias. Cosas que ahora son habituales y que no reparamos en ellas, pero entonces había una gran diferencia entre hombres y mujeres.

— Usted cuenta que ser mujer, joven, tener un puesto de responsabilidad y, además, ser de derechas le trajo muchas críticas, incluso, desde organizaciones feministas.

El feminismo entonces se ocupaba, en general, de su propio movimiento. Fuera suelen guardar silencio. No recuerdo que en ningún momento me apoyaran. Bueno, sí, cuando fui nombrada ministra sí recibí cartas de algunas asociaciones feministas.

— Usted es muy crítica en el libro con el juicio del 23-F, ¿por qué?

El juicio que se celebró tras el intento del golpe de Estado concluyó de manera muy benévola para los promotores. Yo era miembro del Gobierno presidido por Calvo-Sotelo y tanto el presidente como el Consejo de Ministros tenían esta opinión sobre la sentencia, que había sido dictada por un tribunal militar. El Consejo la recurrió y afortunadamente luego fue estudiada y analizada por un tribunal ordinario y concluyó con unas sentencias no benevolentes.

—Usted vivió el golpe de Estado en el Congreso, ahora algunos líderes llama “golpistas” en referencia a los líderes independentistas catalanes, ¿usted cree que es equilibrada esta comparación?

Son situaciones muy distintas. En Cataluña, alguna institución como la Generalitat ha tenido una actuación contra el Estado de Derecho, pero son situaciones muy distintas.

— ¿En los 70 se veían ya las tensiones territoriales?¿Fue un fallo de diseño constitucional?

En los 70 no se veían aún estos problemas. La Constitución, que contiene la organización territorial del Estado, es una norma alcanzada por el acuerdo de todos. En ese acuerdo quedaron cosas que no estaban perfectamente definidas, algunos capítulos han funcionado mejor y otros han planteado problemas. Adolfo Suárez tuvo mucho afán en que fuera la Constitución de todos. España tenía la tradición de que las constituciones eran de un sector grande de la población, pero no de todos. Eso supuso que algunos aspectos no fueran suficientemente claros y definidos.

— Ustedes cuenta que las movilizaciones para alcanzar la autonomía de Andalucía por la vía rápida sorprendieron hasta al propio gobierno, ¿cómo lo recuerda?

“Suárez temía pasar de un Estado centralizado a otro totalmente descentralizado”

Recuerdo que desde que comienzan los movimientos y las iniciativas para alcanzar la autonomía hasta que se aprueba el Estatuto pasan más de dos años. Fueron tiempos agitados. El Gobierno temía pasar de un Estado absolutamente centralizado a un Estado totalmente descentralizado, donde las decisiones se tomaban en muchos otros lugares, a los que se transferían competencias, funcionarios o capacidades.  Él creía que había que hacerlo progresivamente. Temía que hacer esta transformación en poco tiempo pudieran generar disfunciones y problemas. Se opuso, pero al final tuvo que ceder.

— ¿Con éxito?

Creo que las cosas han ido bien desde ese punto de vista. A mí me gustaría que en Andalucía hubiera alternancia de partidos, creo que es una cosa muy sana. Además va con la democracia.

—En los 70 había un andalucismo más fuerte, ¿usted cree que puede resurgir ahora el movimiento?

Andalucía tiene todas las competencias. ¿Más? No es necesario. Hay que hacer una buena gestión, pero no necesitamos nada más.

— Usted ha sido Defensora del Pueblo durante cinco años, un lugar desde donde se detectan algunos de los agujeros negros del sistema español. Quería hablar de uno de los grandes debates: la migración.

Hace ya 30 años había algunos políticos, analistas y pensadores que decían que el gran problema de Europa iba a ser la migración. Así ha sido. Creo que no tenemos una solución sobre cómo atender a esas personas que son perseguidas o que quieren vivir dignamente y no lo consiguen en su país de origen. El reto es que puedan cambiar su residencia, irse a otro lugar, alcanzar la Unión Europea e integrarse. Creo que no lo hemos conseguido. Algo importante a medio y largo plazo podría ser la inversión en determinados países de los que salen estas personas porque no tienen condiciones mínimamente decentes de vida. Creo que un plan de actuación a 15 o 20 años en algunos países sería bueno. Hay otra cuestión que es la guerra. En Siria llevan ya seis años de conflicto. Yo he visto cómo los sirios en los campos de refugiados en Jordania quieren volver a su país. Lo que la UE, Rusia o Estados Unidos pueden hacer es muy importante. Produce mucho dolor lo que estamos viendo.

— ¿Qué otras asignaturas pendientes tiene España?

He visto muchas situaciones, como por ejemplo, la pérdida de viviendas como consecuencia de la crisis económica porque no pueden pagar la hipoteca. Tras insistir mucho y dar muchas batallas sí conseguimos una legislación que permita a los jueces valorar la situación de la familia. Sí he tenido delante a familias sin medios económicos por el desempleo, con menores, con personas con discapacidad y que iban a ser lanzadas a la calle. Todavía quedan cosas pendientes, pero he visto mucho dolor. Y también reacciones favorables de algunas administraciones e, incluso, de algunas entidades bancarias.

— Usted cuenta que cuando estaba en el Ministerio de Cultura, la prensa se fijaba en su ropa. Incluso dice que Merkel y Clinton han tenido que adoptar uniformes para que no se hablase de sus prendas. Hay cosas que no cambian…

Cuando veo a la señora Merkel con una chaqueta y los pantalones todos iguales pienso que es muy práctico. Así se ahorran los comentarios sobre la falda corta, la camisa… Además, hay otro factor importante: la sociedad de consumo, que fomenta tanto la compra y la moda.