Cristina Morales: “El lenguaje oral es el que más se acerca a la vida”

  • Entrevista a Cristina Morales, autora de 'Lectura Fácil, ni amo ni dios ni marido ni partido ni de fútbol', Premio Herralde 2018

Si hay que buscar una voz fuerte y segura, llena de personalidad y clarividencia en la literatura actual se puede encontrar en Lectura fácil. Ni amo ni dios ni marido ni partido ni de fútbol, la novela que ganó el Premio Herralde de 2018 y cuya autora ya había puesto en las librerías tres títulos más, que no pueden pasar inadvertidos a una buena lectura: Los combatienes (2013), Malas palabras (2015) y Terroristas modernos (2017)

Una vez, en Brest, mientras contemplábamos una enorme pecera en el Acuario de esta ciudad bretona, una pecera tan grande que nos envolvía por los cuatro costados, El Roto susurró: “¿Y si fueran ellos los que están fuera y nosotros los que estamos dentro?”. Es la impresión que me produce a veces la lectura de este libro. Un sensación incómoda que recuerda a la que brota de la locura de los otros.

Es una novela en la que Morales arremete de forma radical contra las convenciones sociales, políticas, laborales, sexuales y todo lo que concierne a la condición humana, con tal poder de argumentos que sus lectores no pueden por menos que darse por enterados.

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No hay forma de escapar a la visión del estado de cosas de la sociedad y el tiempo que vivimos desde la mirada de sus protagonistas, cuatro mujeres catalogadas con diversos grados de deficiencia cognitiva o intelectual, a las que la autora concede una voz lúcida y directa, usando sobre todo un lenguaje oral pero también, cuando la ocasión lo requiere, el lenguaje institucional, político, esterotipado.

Morales ha sido objeto de multitud de entrevistas en los últimos meses, pero quien escribe quería hablar con ella, así que he esperado a que regresara de Colombia.

Para ser cuatro mujeres subnormales no dicen tonterías cuando opinan de la vida misma.

Eso es un acto de decisión constante que me planteo como autora, un ejercicio político. No pretendo ser realista. La novela choca con el discurso hegemónico, científico, de lo que ahora viene a llamarse “diversidad intelectual”.

Cómo tu amor por la danza habrá desembocado en esto puede parecer un misterio.

En mi práctica de danza compartí espacio con personas así. Mientras yo bailaba me iba dando cuenta de la realidad que las rodea en el arte y, más en concreto, en la danza. Así que de mi interés investigador por la danza derivé a interesarme por estas personas. Me atrae más que lo estético o la perfección lo creativo que surge de trabajar con personas con diversidad intelectual, que no han sido socializadas ni instruídas en obedecer, recordar, disciplinarse. Entender la danza como una ocasión de poner en conflicto los cuerpos y no tanto como una creación estética, de belleza.

Se ha destacado tu magnífico oído para componer discursos a veces hilarantes, fuertes, convincentes.

 En mis novelas hay una apelación a la oralidad, a la búsqueda del sentido de las cosas por lo oral. Es muy difícil expresar fielmente lo que se piensa, casi nunca logramos decir exactamente lo que pensamos. Por eso me parece que el lenguaje oral es el que más se acerca a la vida.

Sin embargo, nada es vulgar ni prosaico en esta novela; al revés, parece disparar contra la facilidad, la lectura fácil de los libros que no lo son tanto. Hay algo de alegato contra estas facilidades.

Las reglas de lectura fácil que cuenta el libro están sacadas de manuales reales; esas publicaciones que tratan de facilitar a los lectores la tarea. Como las adaptaciones de algunos libros para lectores poco preparados que se publican. Los best sellers responden a esta consigna: poco esfuerzo y un montón de ideas preconcebidas. Yo prefiero las aventuras intelectuales –como ha dicho alguien por ahí- tomarse el tiempo de leer, poder discutir con otros lo que se lee…

Las escenas de sexo son, digamos, genuinas, directas y en clara sintonía con el baile.

Sé que han sorprendido a algunas personas, aunque yo no tengo interés en epatar pero cuando escribo trato de ser minuciosa tanto en el terreno sexual como en el de la danza; en realidad, con todo cuanto tiene que ver con el cuerpo. Me gusta cómo la recepción del libro me va proporcionando mucha información.

Nunca había leído unas declaraciones ante la juez tan hilarantes como las que se cuentan en el libro.

Claro, es que la juez lo que va es a sacar información y trata al ser que tiene enfrente como a un ser administrado y no como una mujer no socializada en ese código, de modo que el contraste entre su oralidad, tan cercana a la vida, y el lenguaje forense es enorme.

Las asambleas de la casa okupa me recuerdan a las de mi facultad, que se alargaban eternamente y casi nunca se llegaba a ninguna conclusión, antes de que fuéramos desalojados a porrazos por los “grises”.

Es que para mí es una virtud que en una asamblea se hable de todo porque no se trata de una reunión de empresa, no hay que dar resultados. Es un ocasión para reflexionar sobre muchas cosas. A mí me gusta que las asambleas sean así porque esa voz es la mía.

Le comento a Cristina, que me deja la novela –después de haberme dado una panzada de reír- un regusto de melancolía, una tristeza por los incomprendidos; me dice que no era su intención, como excusándose por haberme provocado esa tristeza. Pero que ni quería colocarlas como heroínas, ni mucho menos mostrarlas como seres adaptables, capaces de aprender las buenas maneras sociales, la hipocresía, como la de esos políticos que mantienen un lenguaje revolucionario mientras se compran casas de 600.000 euros o cobran su buena paga parlamentaria y aceptan sus canonjías de jubilación, mientras los desheredados miramos con gran pasmo su descaro estemos o no en elecciones. Ay, ya me he vuelto a disparar. Y si me descuido, querida lectora, probable lector, olvido la despedida. Adiós, pues, y buena suerte a todo el mundo.