Novedades literarias: de okupas, zombis y espaldas mojadas

  • Las nuevas novelas de José Ovejero, "Insurrección", y Valeria Luisselli, "Desierto Sonoro", salen a la venta en septiembre

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De entre la gran cantidad de novedades literarias que la rentrée nos provee cada otoño me gustaría destacar dos por varios motivos: desde luego porque son dos novelas de indiscutible calidad pero también, dejando aparte el hecho nada desdeñable que ambas salen en la primera quincena de septiembre, es decir, son de las primeras novedades que el lector se encontrará en librerías al llegar de vacaciones, por algo mucho más importante. Y es que las dos, por distintos motivos y con distintas resoluciones, ocupan un lugar curioso dentro de la narrativa de corte realista que se hace hoy día, dejando de lado el thriller que parece es el único género donde se ha refugiado lo que antes se denominaba novela de denuncia.

Una es la última obra de uno de los grandes escritores de la novela española, Insurrección, de José Ovejero, que publica Galaxia Gutenberg; la otra, es la última novela de Valeria Luiselli, Desierto sonoro, (Publicada por Sexto Piso), una escritora mexicana nacida en Ciudad de México en 1983, que escribe indistintamente en español e inglés.

De hecho, Desierto Sonoro se ha publicado en inglés en una editorial norteamericana hace escasos meses y en esta edición española la traducción ha sido realizada por ella; una escritora que según buena parte de la crítica alemana es la revelación actual de la literatura latinoamericana y digna continuadora de la obra de Roberto Bolaño y que adquirió justa fama con su obra, Los ingrávidos, una narración sobre dos personajes que terminan convirtiéndose en fantasmas de ellos mismos y que bien podemos decir que es una narración de rara condición alucinatoria que significan una revelación y que en arte es sencillamente signo de que la tenemos que ver con algo importante. Entre sus ensayos destaca Los niños perdidos, en cierta manera antecedente de esta Desierto sonoro, cuya obra en inglés se titula Lost Children Archives y que trata de la emigración que se realiza por la frontera de México con Estados Unidos y cuyas víctimas principales son los niños.

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Ovejero (Madrid, 1958) centra su novela en el paisaje de Lavapiés como paradigma de barrio multicultural y alternativo, es decir, donde los movimientos sociales variados ofrecen una sustancia más emblemática y compleja del mundo actual que los movimientos que se producen en la periferia, aún copados por las tribus urbanas más convencionales. La novela se mueve alrededor de  Ana, una chica de 17 años que se va a vivir a una casa okupa, abandonando un hogar de clase media donde sus padres, Aitor, redactor jefe en la radio e Isabel, procuran entender el nuevo problema que se les avecina. En realidad, el problema es vivido así por ellos y podría decirse que casi en exclusiva porque los problemas que conciernen a Ana son de otra índole.

Es de agradecer que Ovejero pase al lado de los tópicos, enormes, prolijos en su persistencia, que rodean este tipo de planteamientos, donde en el fondo, al modo de una cortina de escenario, se esconde una manera de enfocar los problemas morales que no atiende al claroscuro sino que promueve y alienta el blanco y negro. La pura herencia del folletín decimonónico, vamos, y de la que Ovejero huye sin que por ello se aleje un ápice de la materia de la que se alimenta el tópico. Sucede que el autor toma esta problemática desde otra mirada.

Así, hay un capítulo titulado Okupas contra zombis que resume extraordinariamente esa otra manera de mirar: “ Ya nadie vive tranquilo en el barrio. Las gitanas que venden romero en la calle Preciados y en el Retiro regresan a sus casas antes de que caiga la noche, trasiegan su lutos reales o ficticios a toda prisa para que lo oscuro no las encuentre por la calle”. Un comienzo que bajo la apariencia del cuento tradicional, como Caperucita y el Lobo, adquiere rasgos de alto expresionismo, como la canción de los canarios, que parece sacada de Brecht o la correspondencia que establece entre la creciente robotización y el desempleo con las redes sonoras en que caen atrapadas las ballenas y mueren por docenas debido a su curioso modo de socialización que les hace caer en trampas para las que no estaban preparadas.

Desierto sonoro, la novela de Valeria Luiselli se enmarca dentro de la tradición de la Gran Novela de Viajes Norteamericana, de honda tradición desde los tiempos de los pioneros y género del que gustaron los beat hasta el punto de hacer que el género entrara en el mito y de paso, gracias al cine, la épica se colara en la cultura pop. Al fin y al cabo los motoristas de Easy Rider son los nuevos cowboys ya que, al igual que sus antepasados, la libertad se confundía con hacer el camino.

En las novelas de Luiselli existe siempre el conflicto de pareja como metáfora de un conflicto mucho mayor y que atiende a problemas más vastos. Aquí hay una pareja que con dos niños realizan un viaje en coche de Nueva York a Arizona. Ella, con la mente puesta en la investigación de los niños emigrantes que se quedaron a mitad del camino y que reclaman sus padres y él en busca de la última reserva apache rindiendo homenaje a los últimos hombres libres, según él, claro, y que tienen en Gerónimo y Cochise sus Ulises y Aquiles indios. La novela, inteligente, lúcida, con enormes ribetes de lírica muy bien medida y metáforas brillantes, es también el despliegue de una narrativa donde la cita es obligada porque facilita el esclarecimiento de las cosas haciendo que el mundo sea en realidad un relato mil veces contado y de distintas maneras. Herencia posmoderna que Luiselli borda con un aliento que recuerda al Bolaño de 2666. No es mala referencia pero insistir en ello puede ser engañoso. De hecho puede rebajar el valor del libro, lo que a todas luces es injusto.

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