ENTREVISTA

Ana Requena: “El relato sobre violencia sexual tiene que ir acompañado de un discurso sobre lo que sí queremos”

  • Entrevista a la periodista y autora del libro 'Feminismo vibrante' (Rocaeditorial, 2020)

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El último libro de la periodista Ana Requena comienza con la escena de una mujer que se va a París. Cuatro días, sola, una madre. Al cerebro relajado de la lectora le asaltan todos los clichés. Quizá en las siguientes líneas aparezca la culpa, esa mujer-madre comenzará a extrañar o aprovechará para recrearse en la crisis existencial que aparece al cruzar la treintena. Error. Nada de eso ocurre. El relato continúa y de su maleta (morada) sale un vibrador. Entonces, aparece una sonrisa cómplice en la cara de la lectora, que por fin entiende el título del libro: Feminismo vibrante (Rocaeditorial, 2020). La escritora condensa en ese primer capítulo todo el propósito de las siguientes páginas: hay que hablar de sexo, de deseo y de placer para disputarle al patriarcado el relato del terror sexual.

Requena es redactora jefa de género en Eldiario.es. Ha cubierto la nueva ola de feminismo, el histórico proceso de La Manada y las terribles consecuencias que sigue dejando la violencia machista. Sabe bien que la libertad sexual de las mujeres sigue penalizándose. En su cabeza tiene estadísticas, datos y testimonios y en su teléfono los números de buena parte del feminismo patrio. Sin embargo, ha elegido escribir un libro sencillo, corto y en primera persona. Anima a las mujeres a hablar de sexo, por eso, empieza ella. En su libro ofrece una explicación sobre la brecha orgásmica, desgrana los "destratos" que caracterizan muchas relaciones esporádicas, pide resignificar prácticas sexuales como el sexo oral y celebra la irrupción del Satisfyer y la exhibición de placer propio. Si hay que hablar de sexo, hablemos.

-En el libro habla de una nueva generación de mujeres que ha ejercido su libertad sexual y que ha tenido más relaciones que sus madres o sus abuelas, pero que se ha encontrado con los mismos castigos sociales después, ¿qué ha ocurrido para que no se hayan desactivado esos castigos de género?

-Quizá no nos hemos replanteado el fondo del asunto. Ya son varias las generaciones de mujeres que han crecido con un cambio de patrón en las relaciones. Socialmente hemos cambiado mucho. Sí creo que hay un punto en el que a esas mujeres se las ha lanzado a una vida sentimental-afectiva-sexual más activa y, en teoría, más despreocupada. Se las ha animado a ejercer esa libertad, pero es evidente que siguen existiendo prejuicios, señalamientos, culpas propias y destrato por parte de los hombres y conflictos propios. Mientras vivimos eso, nosotras también nos sentimos mal, creemos que tenemos la culpa, nos preguntamos qué pasa en nuestras relaciones... 

"El patriarcado tiene la habilidad histórica de adaptarse con un aspecto de modernidad"

No ha habido un cambio de fondo de estereotipos y prejuicios porque están enraizados. Hace falta una crítica muy profunda para seguir cambiando. También el patriarcado ha sabido adaptarse, tiene la habilidad histórica de adaptarse a ciertos cambios sociales para poder permanecer con un aspecto de más modernidad. Seguramente los dichos que se le decían a las abuelas, para nosotras serían inaceptables, llamativos y sorprendentes. Quizá esa superficie ha cambiado , pero en la vida diaria siguen operando igual. La sexualidad y el deseo son armas del patriarcado para disciplinar a las mujeres, dividirnos, jerarquizarnos y mantener un estatus social en el que somos ciudadanas de segunda.

- Estos tres años hemos hablado y escrito mucho sobre la violencia sexual, especialmente a raíz de la sentencia de La Manada. Usted en el libro propone ir más allá del discurso del terror y combatirlo con un relato sexual basado en el deseo.

-No creo que sea ir más allá, sino completar ese discurso, que se tengan en cuenta esas dos patas. Podemos hablar del relato sobre la violencia sexual, y hablar de las violencias que atraviesan y condicionan nuestras vidas, y que eso vaya acompañado de un discurso sobre lo que sí queremos y sobre el placer que nos sitúe como sujetos deseantes y con una autonomía que queremos vivir.

Respecto al terror sexual, cito a Nerea Barjola porque ella habla de cómo a veces el relato social que hacemos sobre la violencia sexual acaba creando terror sexual en las mujeres. Tenemos que tener cuidado, es un equilibro difícil: ¿cómo seguimos hablando de violencia sexual sin generar un terror que nos impida hacer nuestras vidas y disfrutarlas?,¿cómo conectamos eso con un discurso del placer y del deseo? No es trivial, sino que tiene que ver con la violencia sexual, no es un tema menor, ni individual, es político. 

-Primer paso para construir ese discurso: dejar de hablar de que las mujeres consienten y empezar a hablar de que las mujeres desean.

-Hemos hablado mucho del consentimiento porque el debate sobre violencia sexual derivó en un debate sobre el ordenamiento jurídico. El consentimiento ha sido la palabra que tradicionalmente se utiliza en las normas para determinar la violencia sexual. Es normal que la hayamos usado y la sigamos usando, pero más allá de debates legales, tenemos que reivindicar el verbo desear. Las mujeres no es que consintamos que nos hagan cosas, como si fuéramos objetos. Somos sujetos que deseamos y tenemos derecho a decir lo que queremos y lo que no. Nosotras también queremos iniciar esas interacciones, decidir, disfrutar gozar. Queremos llegar a casa, solas y borrachas sin que nos violen, pero también quizá queramos llegar por la noche a casa y tener sexo, un sexo gozoso con alguien que nos trate bien y con quien podamos disfrutar. 

Ana Requena - En el libro advierte del riesgo de que acabemos separando las prácticas sexuales feministas correctas de las que no lo son. 

-Hemos reflexionado sobre cómo determinadas prácticas te hacen sentir, sobre cómo las pensamos. En el libro hablo de que el sexo oral de mujeres a hombres se ha construido de manera violenta y desagradable, cargado de un simbolismo muy negativo. Ahí hay una crítica teórica, pero luego está la vida práctica. Creo que necesitamos ver lo que nos hace sentir mal y por qué, pero sin entrar a definir qué prácticas podemos hacer como feministas y cuáles no. No se trata de la práctica, sino del contexto, de lo que quieres, deseas y por qué. Hay prácticas sobresignificadas en el patriarcado. No me gustaría pensar que hay mujeres que sí disfrutan haciendo algo, sexo oral, determinadas posturas o sexo en grupo, y sienten que eso es patriarcal, machista o que las coloca en una posición de indignidad. 

-¿Hay que resignificar las mamadas?

-Claro. Yo me he encontrado en conversaciones con mujeres o, incluso con hombres, que me dicen que intentan desplegar un sexo cuidadoso y recíproco y que las mujeres se sienten mal y dicen que hacer una mamada es denigrante. Yo no creo que hacer una mamada sea denigrante per se, lo denigrante es que se haya construido la imagen de sexo oral sobre la subordinación, la violencia, la invisibilización del deseo y, sobre todo, sobre una construcción social de cómo es hacer una mamada de manera concreta. Es la manera que nos ha enseñado el porno, que parece que tiene que ir acompañada de violencia, agarrones... No es obligatorio hacerlo, pero si lo haces, no te estás poniendo por que sí en una situación denigrante. 

-Otra práctica estigmatizada de la que habla: la estimulación anal a los hombres. Leemos muchos artículos de sexólogos que dicen que los hombres siente placer con este tipo de prácticas, pero después no aparece de manera habitual en la conversación pública sobre sexo heterosexual, ¿también hay que resignificarlo?

-Hay algunas prácticas sexuales sobresignificadas en el patriarcado. Otra, sin duda, es el sexo anal. En relaciones heterosexuales de hombres a mujeres no parece tan extraño, parece una posibilidad más, pero para los hombres heterosexuales tener sexo anal tiene un significado muy difícil de deconstruir. Es una forma más de cuestionar la virilidad y la heterosexualidad. Hay que resignificar el sexo y las relaciones colectivamente. Lo dice Beatriz Gimeno citando a  Almudena Hernando: no resignifica solo quien quiere, sino quien puede. Por eso es importante no solo lo que hagamos en nuestro dormitorio, sino también lo que hagamos juntas colectivamente. 

-También habla de que hay una brecha orgásmica entre hombres y mujeres. Una de las interpretaciones que le da en el libro es que a veces muchas mujeres fingen orgasmos para terminar antes con una relación sexual que no le es satisfactoria, ¿por qué las mujeres sentimos la necesidad de diseñar estas estrategias?

"Creo que fingimos orgasmos por miedo a decir que no nos gusta, que no queremos eso"

 -Porque hemos naturalizado que nuestro deseo y placer es secundario. La sociedad nos ha construido mucho esa idea de que nuestro deseo no era tan importante, de que no tenemos derecho a pedir y si lo hacemos seremos señaladas o juzgadas. Creo que fingimos orgasmos por miedo a decir que no nos gusta, que no queremos eso. Ese miedo es porque tememos violencia y destrato, sabemos que rechazar y decir "no" puede tener consecuencias para nosotras violentas y desagradables. Lo hemos vivido y lo vivimos cuando por la calle un tipo te dice un piropo y si le respondes, reacciona con violencia.

Cuando estás en el dormitorio a solas con un hombre se despliega ese temor, sobre todo, cuando te sientes ignorada o ninguneada. Por un lado, está el miedo a la violencia y. por otro, no nos acabamos de sentir sujetos que piden, proponen y dicen. Creo que cada vez lo hacemos más, sin duda, pero también nos hemos encontrado con situaciones donde se produce un bloqueo.

También creo que fingimos porque los hombres nos dejan fingir orgasmos. Ellos tienen su papel en esto y se han despreocupado mucho del placer de las mujeres y de entender a las mujeres como un sujeto. Dejan o fomentan que pase. 

- Comenta en el libro que en parejas de mujeres no fingen orgasmos con tanta frecuencia. 

-Sí, es brutal, pesa mucho lo de la masculinidad herida. Tememos herir el orgullo de los hombres, que ha sido construido en la idea de que son proveedores del placer y de que ellos deciden. Entre las mujeres se pueden dar muchísimas otras conductas, pero no hay ese temor a herir esa virilidad. No hay ese componente de género y poder que vivimos fuera.

Quizá sea más fácil expresar, pedir y salir de ciertas situaciones sin necesidad de fingir o estar pendiente si la otra parte se va a sentir herida o te va a hacer algo malo.

-Hay una cosa que parece que le molesta mucho en el libro porque lo cita varias veces. Es esa manera en la que nos han educado en que nunca podemos ser las primeras en llamar a los hombres que nos gustan, que tenemos que esperar a que nos contesten a un mensaje, o no insistir,  eso que llama “espera injustificada”, ¿es el primer síntoma de todo lo que hemos hablado?

-Son comportamientos muy cotidianos y que muchas veces nos cuesta entender a las propias mujeres. Yo lo que cuento en el libro es una cosa personal. Cuando eres más joven empiezas a detectar sistemáticamente ciertos comportamientos en los hombres con los que te relaciones y empiezas a preguntarte por qué. Cuando hablas con otras mujeres, te encuentras con que es una reacción a nuestra proactividad, deseo, autonomía, ya sea en el sexo o en los afectos y la creación de vínculos afectivos. Es una base importante que tenemos que atajar.  Ahí se disputa mucho porque entran en juego esos estereotipos que les dibujan a ellos como activos y a nosotras como pasivas. Ellos tienen que hacer y nosotras esperar. Ellas tienen que mostrar primero el deseo y nosotras, si acaso, después. 

-Habla de las relaciones esporádicas y de esos hombres que se fueron y de los que no volvió a saber nada. Usted pone nombre a ese comportamiento, lo llama “el destrato”, ¿cómo se gestiona eso?

-No lo sé, ya me gustaría saberlo, te lo aseguro. Por eso hablo de ello. Creo que es un problema extendidísimo, es de esas cosas a las que muchas veces nos cuesta poner nombre y creo que en eso está consistiendo esta última ola feminista, en intentar ponerle nombre a situaciones que nos pasan, que parecen escurridizas, que nos cuesta coger bien y agarrar entre las manos.

"Los hombres tienen que hablar. Ellos tienen que repensar cómo se relacionan con las mujeres"

Llamarlo "destrato" es una forma de intentar ponerle un nombre a un montón de comportamientos que las mujeres recibimos y que a veces son intencionados y otras no. Creo que hay hombres que sí los ejercen con intención, pero otros reproducen inercias que han aprendido y que no cuestionan o que les cuesta. Creo que las mujeres tenemos que hablar entre nosotras, pero también los hombres tienen que hablar y reconocerse en estas prácticas.  Ellos tienen que repensar estas prácticas y cómo se relacionan con las mujeres.

-En el feminismo hablamos mucho de cuidados, incluso es una palabra que ya está en el lenguaje institucional, ¿hay que meter también los cuidados en las citas de Tinder?

-Sí, aunque la palabra cuidados nos da miedo. Parece que es algo muy concreto. Remite a un cuidado delicado, a emociones complejas y a crear un vínculo concreto. No es eso. Está muy bien ejercer la promiscuidad y que nos enrollemos con quien queramos y tengamos sexo ocasional, esporádico o como queramos, pero está bien pensar que en ese sexo, por muy esporádico que sea, existen otras personas que hay que cuidar. A esas personas hay que cuidarlas, no preocuparnos sólo de nosotras, sino que hay otra persona y estamos ahí para disfrutarnos. Si queremos tener placer a solas, tengámoslo a solas, pero si lo vamos a tener con alguien, reconozcamos que hay un otro. 

Tener empatía no preconfigura el sexo que vamos a tener. Puedes tener un sexo salvaje y con un desconocido e intentar aplicar esto del cuidado sabiendo que hay una persona que está interactuando contigo. 

-A veces es una cuestión de educación básica, como lo es el acto de despedirse para cerrar una relación. 

-Cuidados es una palabra que impacta mucho. No estamos hablando de que la invites a desayunar ni que la des tu número. Puedes follar en el baño de un bar, quedarte tan a gusto e irte a tu casa y no volver a ver a otra persona, pero también tienes que saber que la otra persona puede sentirse mal por algo que hagas, que todo tiene que ser consensuado y ser consciente del disfrute del otro. Eso nos va a evitar caer en comportamientos que nos hagan sentir mal. 

-Después de todo lo que hemos hablado, ¿cómo podemos transmitir la idea a las que vienen detrás de que el mundo es peligroso para la mujer, de que tienen que cuidarse y, a la vez, que tiene que arriesgarse y no sentirse paralizada por ese miedo en su vida personal?

-Es un equilibrio muy complicado. En el libro digo que no se trata de despreciar el miedo como respuesta natural a la violencia que sufrimos. La sufrimos y es normal que tengamos miedo, tanto individual como colectivo, es una estrategia muy legítima. Pero hay que pensar otras maneras de responder a eso para tener un feminismo que nos haga conseguir una sociedad en la que vivir mejor. Cuando hablamos de una vida que merece la pena ser vivida, hablamos del miedo, del temor, queremos luchar contra la violencia, la culpa, los estigmas… Todo implica un riesgo. Hay que hacerlo de forma colectiva y con cuidado. Cada una tiene que pensar hasta dónde quiere llegar en su vida, nadie tiene que ser una kamikaze del feminismo, todas tenemos contradiciones, a todas nos puede a veces más el miedo que el arrojo y es normal. Está bien y no tenemos que torturarnos. Se trata de no caer en un discurso que solo sea el terror sexual. No queremos solo una sociedad donde esté presente el miedo y el peligro, sino que tenemos que reivindicar una sociedad donde nos dé gusto vivir.

 

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