IVÁN REGUERA | Publicado:

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur
Cartel de ‘Rey Arturo: La leyenda de Excalibur’, la película dirigida por Guy Ritchie. / Warner Bros Pictures

Que Hollywood ha perdido el norte hace décadas no es nada nuevo, su obsesión por infantilizar sus historias y su intento constante por llegar a un público pueril o directamente de encefalograma plano es algo que todos conocemos. Lo que uno no puede imaginar es hasta dónde pueden llegar en sus atentados contra el cine. Buen ejemplo de ello es Rey Arturo: La leyenda de Excalibur, uno de los grandes bodrios del año. Y no solo eso: también va a ser el gran batacazo en taquilla de 2017.

Hablemos un poco de cifras antes de entrar con la película, que ha costado 175 millones de dólares. Y eso solo en su producción. En publicidad y promoción Warner se ha gastado casi 70 millones. En su primer fin de semana en Estados Unidos la película, que pretendía iniciar una trilogía (otra, porque al parecer hay pocas), solo recaudó 14 millones, una costalada histórica. Las críticas tampoco ayudaron a calmar el ataque de nervios en las oficinas del estudio. La prensa la ha destrozado. Para Variety es “ruidosa, ampulosa, obvia y vulgar” y para Telegraph, “estúpida”. Y así casi todas las opiniones de los críticos, escandalizados por su indiscutible mediocridad.

Y tiene más frentes: sus rivales. Rey Arturo: La leyenda de Excalibur se ha estrenado tras Spider-man: Homecoming y Transformers: El último caballero y antes que La torre Oscura (adaptación de un Stephen King), películas con más tirón y mejor vendidas que el nuevo horror de ese director y ex de Madonna llamado Guy Ritchie, perpetrador de horrores como Snatch: cerdos y diamantes, Barridos por la marea o esa deplorable interpretación del universo de Sherlock Holmes (amenaza con una tercera película). Que alguien me explique por qué este individuo, que vale más para rodar malos videoclips que películas, sigue teniendo el beneplácito de los estudios y prestigio entre algunos plumillas. En fin, ahora prepara Aladdin en imagen real. Que no nos pase nada.

Entremos en harina. Arturo es un robusto joven de origen supuestamente humilde (se cría nada menos que ¡en un burdel!) y que lidera un grupo de pandilleros por los callejones de Londonium hasta que un día saca la famosa espada de Excalibur de su pierda. Junto a Guinevere, Arturo deberá enfrentarse al rey Vortigern, ser sobrehumano que años atrás robó su corona y asesinó a sus padres.

Sobre el papel todo más o menos normal, pero desde que empieza la película te preguntas qué narices estás viendo. No das crédito a lo que ven tus ojos. Elefantes del tamaño de montañas sacados de El señor de los anillos, serpientes gigantes, absurdos seres mezcla de humano y anguila, batallas con saturación digital dignas de un videojuego… Cuando contemplaba todo este disparate me acordé del guión de Supermán que escribió Kevin Smith, guionista y director que llegó a relatar la pesadilla de trabajar para el ejecutivo (y ex peluquero de Barbra Streisand) Jon Peters, obsesionado por meter en su escrito, y sin ninguna razón o explicación coherente, “una araña gigante”.

Aquí nos encontramos con un empalagoso gazpacho que intenta fusionar el mundo de la PS4, las películas de artes marciales (les juro que aparece un chino enseñando kung-fu), vikingos (también se lo juro), el cine de fantasía y el cine de Marvel con un resultado demencial, absurdo, espantoso.

Pasándose por el forro la leyenda del rey Arturo y despreciando totalmente la historia del personaje y las anteriores películas realizadas en torno a su figura (Camelot o Excalibur, por ejemplo), Guy Ritchie y sus cómplices en el estudio han perpetrado una película ridícula y neurótica, una de las cintas más demenciales que se han estrenado en este 2017.

Capítulo aparte merece el ridículo vestuario, actualizado y que parece haber sido recién comprado en un Primark, y las espantosas interpretaciones de su reparto, en especial Jude Law (pasadísimo y ridículo) y Charlie Hunnam (un mero trozo de carne). Eric Bana se limita a pasar por caja y también hay un cameo grotesco del futbolista David Beckham. La modelo barcelonesa Astrid Bergès-Frisbey hace de ayudante del mago Merlin y Lancelot y Ginebra ni aparecen.

Como en aquella estupidez llamada Destino de caballero, con Heath Ledger, aquí lo que importa es la testosterona, la machirulada, las peleas de hooligans y el constante tono macarra. Y todo editado en un montaje absolutamente demencial. No me esperaba menos de un realizador tan ignorante y vulgar.

El plan B:

Y si las críticas de la nueva birria de Ritchie han sido brutales, ni les cuento si hablamos de la película infantil de esta semana: Emoji: La película, uno de los grandes bodrios del año. “Apesta” (New York Post), “Un gran y humeante montón de mierda” (New York Daily News), “Un film que no deberían ver los niños” (The Guardian), “Algo muy, muy, muy tonto” (The Holywood Reporter), “Es muy, muy, pero que muy mala” (Indiwire)… Podría seguir, pero mejor parar.

En fin, otra manera de hacer negocio gracias a los más pequeños con una mala película hecha con prisas, sin talento, sin gusto, sin vergüenza y con el único fin de camelar al público familiar.

Warner Bros. Pictures España (YouTube)

 

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  • Piotr Alekséyevich Vakulinchuk

    No puede ser, una película gringa basada en efectos especiales e indigencia intelectual…

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