La fabulosa taberna de Joseph Mitchell

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Joseph Mitchell
El periodista de 'The New Yorker', Joseph Mitchell. / Youtube

Durante muchos años, al menos en España, Joseph Mitchell ha sido autor de un solo libro. Pero qué libro, amigos míos. Desde su publicación en 1965, Joe Gould's secret se convirtió en un clásico de la literatura estadounidense, cosechó avalanchas de elogios y reclutó paladines de la talla de Doris Lessing, Julian Barnes, Salman Rushdie o Martin Amis. El libro consiste en dos reportajes separados por más de veinte años de distancia, los cuales relatan las andanzas de Joe Gould, un excéntrico vagabundo del Village neoyorquino y la odisea de Mitchell en busca del manuscrito más voluminoso de todos los tiempos, una historia oral de Nueva York, obra de Gould, tres veces más larga que la Biblia.

Desde comienzos de los sesenta, las estrellas del llamado "nuevo periodismo" fueron ocupando sus nichos de mercado: Mailer se dedicaba principalmente a políticos y deportistas, Capote a músicos y criminales, Talese al sexo y a la mafia, Thompson al alcohol y las drogas. Sin embargo, desde su tribuna de The New Yorker, Mitchell ya llevaba décadas consagrado a la tarea de retratar al hombre corriente; buscaba sin prisa, entre los ciudadanos de a pie, al tipo raro, la mujer única, el borracho genial, la señora extravagante, la gitana ladrona, el comerciante cenizo, el albañil italiano que era clavado al príncipe de Gales: una fauna anómima que le iba dando el tono exacto de la calle. Con ellos, con los parlanchines solitarios que se iba encontrando en el autobús, con los soliloquios que escuchaba a pie de barra, Mitchell fue escribiendo una sinfonía oculta, la Humana Comedia de Nueva York.

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Portada de 'La fabulosa taberna de McSorley', de Joseph Mitchell. / Editorial JUS

La fabulosa taberna de McSorley, recién editado en español, recoge más de veinte de las crónicas y perfiles que fue publicando en The New Yorker, un trabajo casi arqueológico que da fe de su oído de periodista y su prodigioso sentido de la prosa. Mitchell sabía escuchar y de ello dan fe los testimonios inverosímiles que van vertebrando el libro. James Jefferson David Hall, el predicador callejero proclive a las digresiones cuyos sermones sobre el infierno resultaban tan vívidos que a veces llegaba a asustarse a sí mismo. Lady Olga, la orgullosa mujer barbuda que se arrancó a bofetadas con el empresario de una feria ambulante cuando le propuso teñirle de azul la barba. Charles Eugene Cassell, propietario del Museo para Gente Inteligente del capitán Charley, donde almacenaba miles de cachivaches y docenas de animales disecados, y al que un día, cuando era un niño, le cayó una vaca en la cabeza. Mazie P. Gordon, la taquillera del Bowery que, durante las largas noches de invierno, hacía una ronda para rescatar vagabundos ateridos de frío. El viejo John McSorley, el primer propietario de la taberna más augusta de Nueva York, en la que no se permitía la entrada a mujeres, excepto a una vendedora ambulante medio loca.

Después de la publicación de su última crónica, El secreto de Joe Gould, Mitchell no dio ni un solo texto a la imprenta excepto un prefacio a Up in the Old Hotel, una compilación de sus obras completas. Pasó los últimos treinta y un años antes de su jubilación en un silencio perfecto, encerrado en su despacho de The New Yorker, en la redacción de la calle 43, enfrentado al vacío de la página en blanco. A veces acompañado por su esposa, la fotógrafa Therese Mitchell, iba a los solares en ruinas de Nueva York y escarbaba entre los escombros para recolectar picaportes, clavos, fotografías, llaves, relojes parados, gafas rotas. Eran los restos que los inquilinos habían dejado tras su marcha, los vestigios de una civilización urbana con los que Mitchell tal vez pensara escribir un último y grandioso reportaje del que no queda una palabra.

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