Los ingenieros de almas de Stalin

Stalin
“El hombre es el capital más valioso, porque formar a un ingeniero cuesta más al estado que formar un tractor”, dicen que dijo Stalin. / masha krasnova-shabaeva (Flickr)

En 1932, Stalin inició una serie de maniobras de seducción para traer de vuelta a la URSS al escritor ruso más famoso en el exilio: Maksim Gorki. Para ello, además de regalarle cuatro mil dólares, bautizaron con su nombre un parque, un instituto, un teatro, un barco, un avión y una montaña de Asia Central. Incluso la ciudad de Nizhny Novgorod cambió su nombre a Gorki. A su lado, otro de las grandes pilares de la literatura soviética, Mayakóvsky, sólo contaba con una estación de metro moscovita y un pico de seis mil metros en el Pamir, y además antes había tenido que pegarse un tiro por culpa de un idilio fallido con una jovencita. Gorki aceptó y, tras su regreso triunfal, apadrinó una especie de normativa literaria que intentaba conjugar el ideal revolucionario con la creación artística, lo que se acabaría denominando “realismo socialista”. Según contaron luego diversos asistentes, la noche del 26 de octubre de 1932 tuvo lugar una reunión en la casa de Gorki en Moscú en la cual el propio Stalin, flanqueado por Molotov, Vorosilov y Kaganovich, aleccionó a docenas de escritores sobre la difícil tarea que la revolución esperaba de ellos. Los escritores debían colaborar en la transformación de la sociedad soviética, debían ser ingenieros de almas.

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Lejos del zafio ignorante con que la historiografía lo ha presentado, Stalin era un hombre interesado por cualquier manifestación cultural

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Hay muchas frases atribuidas a Stalin de las que no existe constancia escrita y ésta es una de ellas. La que más se le parece dice algo así como que el hombre es el capital más valioso, porque formar a un ingeniero cuesta más al estado que formar un tractor. Pero la dijese o no, lo cierto es que aquella velada literaria de octubre de 1932 demuestra la preocupación que el mandatario soviético tenía por las artes en general y por la literatura en particular. Lejos de la imagen de zafio ignorante con que buena parte de la historiografía lo ha presentado, Stalin era un hombre interesado por cualquier manifestación cultural, un líder que seguía el modelo del gran déspota ilustrado del zarismo, Iván el Terrible. Su biblioteca personal abarca miles de volúmenes que van desde Shakespeare y los clásicos del siglo XIX a contemporáneos como Hemingway, Steinbeck, Gide o Mann. Hay también, por supuesto, anotados y subrayados, cientos de volúmenes sobre política y temas militares, desde Julio César a Napoleón, pasando por Maquiavelo. Tal vez el peor error que cometieron los rivales de Stalin, empezando por Trotski, fue considerarlo un patán casi analfabeto sin más talentos que la brutalidad y la astucia. De su admirado Iván el Terrible Stalin aprendió que la mejor estrategia es no dejar ni un solo enemigo vivo.

Entre los escritores que acudieron a la misteriosa reunión aquella noche de octubre estaban algunos afectos al régimen -el propio Gorki, el futuro premio Nobel Shólojov, Fadéiev, Gladkov y el crítico Korneli Zelinski entre ellos-, pero faltaban varias voces esenciales de las letras soviéticas: Ajmátova, Pasternak, Mandelshtam y Bulgákov. Casi todos ellos tendrían tropiezos más o menos sonados durante los turbulentos años que se avecinaban, marcados por la represión política, los actos de sabotaje y las sospechas de espionaje, y que desaguarían en los juicios de Moscú y las sanguinarias purgas de 1936, 1937 y 1938.

Boris Pilniak empezó a tener problemas con el régimen desde que en un relato publicado en 1926 sugirió que la muerte del mariscal Mijaíl Frunze en una operación quirúrgica ocultaba en realidad un asesinato orquestado por Stalin. En 1933 se prohíbe la publicación de Caoba, una obra vanguardista donde vagabundos, mendigos, locos y borrachos toman el control de la revolución. Pero más allá de sus desviaciones ideológicas, lo que le costó el arresto y la ejecución, en abril de 1938, fue que se descubriera su relación con el agente trotskista catalán Andreu Nin, quien también acabaría asesinado por agentes soviéticos en plena guerra civil española.

Foto de la ficha policial de Isaak Babel
Foto de la ficha policial que la temible y despiadada NKVD, antecesora del KGB, abrió a Isaak Babel. El escritor no sólo se alineó con Trotski, sinoi que también se acostó con la prometida del jefe de la NKVD.

Algo parecido le ocurrió a Isaak Babel, quien después de triunfar en 1921 con los relatos de Caballería roja, cometió la imprudencia de alinearse con Trotski y Kámenev, enemigos declarados de Stalin, e incluso de acostarse con Evgenia Gladum, la prometida de Yezhov, el temible cerebro de la NKVD. No quiso exiliarse en Francia, a donde viajó en 1932 para visitar a su esposa y su hija, ni tampoco comulgar con los dictados del realismo socialista. Poco después de regresar a la URSS se encontró con que la mayor parte de su obra había sido prohibida. “He descubierto un nuevo género literario: el silencio” dijo. Tras la muerte de su protector, Gorki, Babel difundió la sospecha de que el gran patriarca de las letras soviéticas había sido asesinado, lo cual le valió la detención, la acusación de espionaje y terrorismo contra el gobierno, y el fusilamiento el 27 de enero de 1940.

El escritor Andrei Platónov cuyas obras satirizaban los grandes proyectos soviéticos creía sinceramente que sin Stalin la URSS no tenía salvación

Mejor suerte corrió Andrei Platónov después de satirizar en sus novelas iniciativas políticas tan importantes como la colectivización o los proyectos de ingeniería, por no hablar de su obra maestra, Chevengur, una extraña fábula en tono tragicómico sobre la búsqueda de la utopía revolucionaria. En 1938 su obra fue prohibida y su hijo de quince años arrestado, aunque fue puesto en libertad poco después. Una fiesta que montó en su casa para celebrarlo desembocó en un brindis suicida propuesto por uno de sus vecinos: “Bebamos por la salud de Trotski y la perdición de Stalin”. El escritor se negó a brindar porque creía sinceramente que sin Stalin la URSS no tenía salvación. No sabía que había unos micrófonos instalados en el piso por orden de Beria; tras la invasión alemana, sus vecinos fueron arrestados y fusilados. Aunque su hijo había muerto de tuberculosis y él contrajo la enfermedad, Platónov se incorporó como corresponsal de guerra en el diario militar Estrella Roja y fue herido de metralla en Checoslovaquia. Tras la guerra, su obra fue nuevamente prohibida y subsistió gracias a publicaciones infantiles y a la ayuda de Shólojov hasta su muerte en Moscú en 1951.

“No tiene sentido convertir a esta gente en mártir de una idea” había dicho Stalin en 1929 a propósito del carácter rebelde del gran dramaturgo Mijaíl Bulgákov. “Al enemigo hay que aniquilarlo o reeducarlo. En este caso, voto por reeducarlo”. El eufemismo encubría la peculiar estrategia del dictador para meter a los artistas e intelectuales díscolos en vereda. Bulgákov le escribió a Stalin rogándole que le dejaran salir a su mujer y a él de la Unión Soviética, ya que no podía publicar ni representar sus obras. Tras un año de silencio administrativo, el propio Stalin le telefoneó, diciéndole que llamara al Teatro del Arte, donde iban a recibirlo con los brazos abiertos. Pero la renuencia de Bulgákov a inscribirse en la Unión de Escritores provocó una nueva oleada de prohibiciones y registros domiciliarios. En una de las cartas que escribió a Stalin y que su esposa no se atrevió a enviar, decía: “Me aconsejaron que me tiñera la piel. Absurdo consejo: un lobo, aun teñido o rapado, nunca parecerá un caniche”. Murió de una enfermedad renal hereditaria en 1940; poco antes había logrado terminar El maestro y Margarita, una de las grandes sátiras de la literatura, donde el Diablo pasea a sus anchas por Moscú, y cuyo manuscrito no vio la luz hasta 1966. Fue una lástima que Stalin no pudiera leerlo, ya que uno de sus libros de cabecera era el Fausto de Goethe.