Beethoven y la barrera del sonido

Beethoven
Retrato de Beethoven realizado por Joseph Karl Stieler en 1820. / Wikipedia

Nuestra época ensalza las desmitificaciones, quizá por eso no sepa muy bien qué hacer con una figura de la talla de Ludwig van Beethoven. Queda fuera de lugar decir obviedades como que partió la historia de la música en dos, que fue el primer compositor que se independizó del servicio religioso, doméstico y nobiliario o que fue el equivalente sonoro de Miguel Ángel, un demiurgo grandioso e irascible midiéndose únicamente consigo mismo. Comparte con Goya no sólo la sordera, la hosquedad y el cambio de época, sino también una voluntad titánica de empujar el arte más allá de su tiempo. Con William Shakespeare, el ansia por decirlo todo. La Marcha Fúnebre de la Heroica rezuma el aura tenebrosa de los Fusilamientos del Tres de Mayo, en la última Sonata para piano se escuchan ecos de Hamlet, la Missa Solemnis es la Capilla Sixtina de la música. Pero ante Beethoven cualquier comparación palidece, el lenguaje se rinde y reclama pentagramas.

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Aldous Huxley escribió que fue el primer compositor que descubrió procedimientos directos de expresión musical, por ejemplo el uso del volumen como sinónimo de fuerza bruta. Lo cual, según Huxley, entrañaba un peligro y un enorme riesgo de decadencia, desde el momento en que esos simples procedimientos musicales quedaran a disposición de compositores con un alma no tan elevada ni tan noble. Es difícil imaginar hoy día, acostumbrados como estamos al tráfico de novedades, cómo debieron de sonar por primera vez en los oídos de sus contemporáneos la tormenta de la Sinfonía Pastoral o el arranque telúrico y arrebatador de la Sonata Waldstein. “Nunca será lo bastante brusco”, advertía Bernstein ante la dificultad de esculpir el masivo terremoto de cuatro golpes con que se abre la Quinta Sinfonía.

Beethoven fue un romántico adelantado, fue más vanguardista que todas las vanguardias, punk dos siglos antes que el punk, rockero y heavy metal

El despeinado busto beethoveniano ocupa todo el siglo XIX pero su sombra llega mucho más lejos. Fue un romántico adelantado, fue más vanguardista que todas las vanguardias, punk dos siglos antes que el punk, rockero y, sobre todo, heavy metal. Su nombre es un eje entre el ayer y el mañana, un campo de energía que aglutina el pasado y se lanza sin miedo hacia el porvenir. Alguien dijo que si El Clave Bien Temperado era el Antiguo Testamento de la música para teclado, las 32 sonatas formaban el Nuevo Testamento. Es una comparación que le hubiese halagado, porque Beethoven admiraba, respetaba y aprendía del pasado, aunque quizá hubiera preferido que lo comparasen con Georg Friedrich Händel. Igor Stravinsky añadió que en la Gran Fuga y en los últimos cuartetos hay semillas de futuro que todavía esperan al gigante capaz de echárselas sobre sus hombros.

Los grandes sinfonistas que lo siguieron —Schubert, Schumann, Mendelsshon, Brahms, Dvorak, Bruckner, Chaikovski, Mahler, Sibelius, Nielsen— tenían que tomarlo como referencia ineludible, ya fuese para desarrollar su obra, subvertirla, modificarla, negarla o ignorarla. Era el destino llamando a la puerta. Según confesión propia, Wagner tuvo que recurrir a la palabra y amasar óperas porque la cordillera de las nueve sinfonías no le permitía respirar. Brahms tardó décadas en quitarse de encima el peso aterrador de su veneración y cuando presentó al mundo una Primera deslumbrante, los críticos la saludaron como si fuese la Décima. Con sólo nueve sinfonías (Mozart necesitó 41, Haydn, 104) el genio de Bonn lo dijo todo, lo hizo todo. Mi querido y añorado profesor de música en primero de BUP, Cifuentes, decía que cada una de las sinfonías era un mundo en sí misma y cada uno radicalmente distinto del anterior. El número 9 quedó clavado como una maldición, la barrera del sonido, una frontera de imposibilidad más allá de la cual sólo estaba el silencio, la oscuridad, la nada. Schubert, Dvorak, Bruckner y Mahler se quedaron clavados en sus respectivas Novenas. Ningún gran sinfonista pudo superar la cifra hasta Shostakovich.

Beethoven sufrió los primeros síntomas de sordera al rondar la treintena y logró extraer la Atlántida del fondo de su oído chascado

Dicen que Jan Swafford acaba de publicar uno de los mejores libros sobre Beethoven hasta la fecha, dicen que el mejor disponible en castellano, dicen que el definitivo, aunque con Beethoven definitivo no hay nada. Son más de mil cuatrocientas páginas de sabiduría y erudición apasionadas que abarcan un examen exhaustivo de la vida y la obra, deteniéndose en el rosario interminable de sus dolencias, sus borracheras, sus amistades, sus amoríos, sus ataques de cólera, y también en el análisis técnico de docenas de partituras. En el subtítulo (que, por razones desconocidas, no se recoge en la versión castellana) Swafford habla de “tormento y triunfo”, las dos caras de la moneda beethoveniana: el enamorado que sufría reveses amorosos a cada tanto; el enfermo de dispepsia, vómitos y diarrea que bebía como un cosaco; el que sufrió los primeros síntomas de sordera al rondar la treintena y logró extraer la Atlántida del fondo de su oído chascado. Más que una biografía, Beethoven parece el tema perfecto para una película, aunque hasta la fecha ni una sola haya conseguido hacerle justicia. Salvo quizá, Eroica, un excepcional trabajo de la BBC que dramatiza el estreno de la Tercera Sinfonía.

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Portada del libro ‘Beethoven’ de Jan Swafford. / Editorial Acantilado

En el prólogo, Swafford dice que su libro es “una biografía de Beethoven como hombre y como músico, no como mito“. Intrépido empeño, puesto que si todos los compositores, desde Bach a Schönberg y desde Mozart a Stravinsky, han sufrido eclipses y altibajos de valoración en algún momento de los últimos tres siglos, el único que ha permanecido inalterable a los vaivenes del gusto y de las modas, casi desde el día de su muerte, es Beethoven. A Swafford no le gusta el desparpajo con que se prodiga la palabra “genio” pero con Ludwig resulta difícil emplear otra. Bajarlo del pedestal a estas alturas, contemplarlo únicamente con su estatura humana es una tarea condenadamente difícil. Tras su entierro se convirtió en un héroe, pero dos siglos después lo miramos como a un dios. En su día debía resultar casi inconcebible que aquel señor bajito, moreno y chillón al que sus amigos llamaban “el español”, ese hombre con la cara arrasada de viruela, que vestía como un pordiosero y se emborrachaba como un animal, fuese el mismo que escribió el Heiliger Dankgesang, el “Canto de agradecimiento de un convaleciente a la divinidad” del Cuarteto Op. 132, una de esas raras cosas que justifican el paso de la especie humana por la Tierra. Pero ni siquiera Beethoven sabía que era Beethoven.

Eroica (2003) (YouTube)