FRANCIA

Los chalecos amarillos y el desafío de construir un ecologismo popular

  • Se cumple un año de que el aumento del precio del combustible desatara la indignación en Francia
  • La izquierda aún tiene pendiente hallar la fórmula que una justicia social y climática

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PARÍS.-La gota de gasolina que hizo colmar el vaso. El aumento del precio y de los impuestos sobre el combustible desataron el malestar francés. El 17 de noviembre de 2018 miles de rotondas fueron ocupadas y se organizaron cortes de carreteras en el conjunto de Francia. Habían nacido los chalecos amarillos.

Un año después, la historia ya reserva un capítulo destacado a este singular movimiento. Aunque no llegó a ser una movilización masiva —el mayor número de manifestantes se registró el primer sábado de protestas con 282.000 personas—, tuvo el mérito de ser la primera movilización en frenar la ofensiva neoliberal del presidente francés, Emmanuel Macron. Además, representó el escaparate de una indignación compartida por buena parte de las clases populares francesas. Pérdida de poder adquisitivo, aumento constante de las desigualdades, sentimiento de abandono social y cultural, falsa promesa de movilidad para los habitantes modestos de las zonas periurbanas y rurales… Los chalecos amarillos cristalizaron el divorcio entre el pueblo y las élites. Pero lo hicieron con una gramática distinta a la tradición de la izquierda.

Este movimiento “resultó revelador de las debilidades de la izquierda”, asegura el politólogo Laurent Jeanpierre, autor del libro In Girum. Les leçons politiques des ronds-points (In Girum. Las lecciones políticas de las rotondas). Unos límites de las fuerzas progresistas que también quedaron reflejados en el desafío que representa construir una ecología popular. Por un lado, mostraron el resentimiento que algunas medidas para combatir el cambio climático suscitan entre los sectores más modestos, al ser percibidas como punitivas. Por el otro, evidenciaron los límites de entender la transición ecológica como una responsabilidad individual, un cambio en los estilos de vida. No todas las clases sociales gozan de la misma libertad para escoger la calidad de su comida o cómo viajan o se visten.

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Equilibrar la balanza fiscal y climática

"El aumento de los impuestos sobre el combustible resultaron una medida punitiva. No fueron establecidos para financiar la transición ecológica, sino para compensar una reducción en 20.000 millones de euros de los impuestos a las medianas y grandes empresas", defiende en declaraciones a cuartopoder Priscillia Ludosky, una de las principales figuras de los chalecos amarillos. Impulsora el año pasado de una petición contra el aumento del precio del combustible que reunió más de un millón de firmas, Ludosky critica el diseño deficiente del aumento de la tasa carbono planificado entonces por el ejecutivo macronista. Este impuesto indirecto no solo debía compensar los regalos fiscales a los más ricos hechos por del joven presidente, sino que solo una cuarta parte de los fondos se utilizarían para impulsar la transición ecológica.

"Las grandes fortunas se ven favorecidas cuando los gobiernos determinan las medidas para combatir el cambio climático. No pagan tasas sobre el queroseno de los aviones. Tampoco sobre el fuel utilizado en el transporte marítimo. En cambio, los agricultores o los camioneros pagan la mitad en impuestos por cada litro que consumen de combustible", critica Ludosky, que tiene un conocimiento bastante detallado sobre las cuestiones climáticas. "Los ciudadanos modestos suelen asumir buena parte de la responsabilidad en la lucha contra el cambio climático, aunque los actores más contaminantes son las grandes empresas", añade.

De hecho, según el politólogo Daniel Boy, experto en la ecología política, "aunque las clases acomodadas disponen de un mayor capacidad por cambiar sus estilos de vida y consumir comida biológica o vivir en el centro de las grandes ciudades, estas suelen emitir más emisiones de dióxido de carbono, ya que consumen más, utilizan más el aire acondicionado o viajan con mayor frecuencia en avión. En muchos aspectos, los estilos de vida de las clases modestas son más sostenibles, pese algunos discursos clasistas moralizantes".

"Dar la posibilidad a todo el mundo para que pueda consumir mejor"

"Hay que dar la posibilidad a todo el mundo para que pueda consumir mejor", defiende Ludosky. ¿Cómo hacerlo? "Hace falta adoptar medidas para que los productos biológicos sean más accesibles, también potenciar los pequeños comercios y los circuitos de producción de proximidad". Además, "hay que dar un mayor dinamismo a los centros urbanos de las pequeñas y medianas localidades para evitar que se queden desiertos de tiendas y sus habitantes tengan que ir a comprar en los grandes centros comerciales", reivindica esta militante.

La apuesta de un Green New Deal, mediatizada en Estados Unidos por la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez y reproducida en España por Más País y Podemos, traza un sugerente camino para compaginar crecimiento económico, transición energética y justicia social a través de un plan de inversiones públicas verdes, cambiando el modelo productivo y responsabilizando a las grandes empresas más contaminantes.

No obstante, esta propuesta choca con un dilema no menor: el productivismo y la conveniencia o no del decrecimiento. "Cada vez hay más climatólogos que apuestan por el decrecimiento ante la urgencia climática actual. La idea de un crecimiento sostenible está muriendo", recuerda Boy. Según este profesor emérito en Sciences Po París, "resulta muy difícil seducir electoralmente a las clases trabajadoras de zonas desindustrializadas, como el norte de Francia, diciéndoles que hace falta decrecer económicamente".

Otro límite de los partidos verdes para canalizar el malestar: su propia base electoral. El crecimiento de los verdes en el norte de Europa se debió al apoyo de las clases medias y superiores, residentes en las grandes ciudades. Su cartografía electoral resulta un calco opuesto a la de los chalecos amarillos, más presentes en las zonas periurbanas y rurales. Los verdes franceses compiten por una parte del electorado con el macronismo. Lo que les obliga a moderar su oposición al neoliberalismo, aunque esto limite su capacidad para transformar un sistema económico que destruye el planeta. Para afrontar el desafío climático, hace falta resolver la compleja ecuación del ecologismo popular.

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