Buscando a los cuatro mil de Córdoba

  • Un equipo de arqueólogos trabaja en la exhumación de las fosas de represaliados del cementerio de La Salud
  • Es la primera excavación participada por el Ayuntamiento, la Junta de Andalucía y el Gobierno central desde la etapa de Zapatero. Quién sabe si se trata de la última.

Durante sesenta años Antonio Deza tuvo el mismo sueño recurrente: Un hombre aparece a lo lejos- ojos hundidos, mandíbula fuerte, orejas ligeramente despegadas- y, en silencio, camina hacia él. Cuando al fin se encuentran frente a frente, ambos se miran con curiosidad, se reconocen y en un gesto instintivo se agarran emocionados de los hombros. No se trata de uno de esos abrazos tan viriles que se conforman con una palmada recia en la espalda. No. El suyo es un abrazo hambriento, de los que aprietan hasta aflojar los mismos huesos, de los que duelen y alivian a la vez.

A continuación los dos hombres se recomponen, recuperan la rigidez de sus cuerpos añosos, se sientan en un banco. Es ahí – siempre ahí-, en el momento en que ambos están a punto de decirse tantas cosas, cuando Antonio se despierta. En todos estos años, y por más que el sueño se haya repetido con tozudez, nunca logró oír la voz de ese hombre misterioso, la voz de su padre.

“Siempre se repite el mismo sueño. Incluso ya de mayor. La que mejor lo sabe es mi mujer”, cuenta este cordobés de casi 83 años mientras se abre paso con agilidad a través de las calles del Cementerio de La Salud. Antonio camina sin distraerse en dirección al fondo del camposanto. Atrás deja el boato de los grandes panteones, las vidrieras y las cruces de granito. Todos esos descomunales mausoleos que han convertido a este cementerio en uno de los más bellos de Europa. Ni siquiera se para a admirar la tumba más ilustre de este sitio, la del torero Manolete y su escultura faraónica de marmol blanco en la que el diestro yace plácidamente sobre un almohadón, como si durmiera una larga siesta.

A Antonio no le importa nada de eso. Él sigue adelante hasta llegar a un rincón de tierra revuelta. Allí no hay flores, ni mármoles, ni un triste nombre – ya sea célebre o vulgar- al que llorar. Solo hay tierra e incertidumbre. También hay varias hendiduras en el suelo con la profundidad suficiente para guardar a una persona no demasiado alta, metro y medio, como mucho. “En una de estas fosas – dice Antonio – debe estar mi padre”.

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El cementerio de la Salud, en Córdoba, es un enorme mosaico dividido en cuadrículas perfectas. Cada cuadro tiene el nombre de un santo: San Cipriano, San Nicolás, San Cayetano, San Ramón.

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En este último ocurre un fenómeno especial, siempre hace más frío. Por muy cristalino que se levante el día, la luz no toca el suelo hasta bien entrada la mañana. Hasta ese momento, la sombra poderosa de los cipreses lo cubre todo, también a las cuatro personas con bata blanca que ahora mismo escarban la tierra.

Una  golpea el suelo con un azadón, otra toma fotografías, otra despega con cuidado la arena incrustada en un hueso minúsculo, puede que una vértebra. A su alrededor hay algunos de los hallazgos del día: un par de cráneos, varias clavículas, trozos de costillas, algún fémur. Entre los cuatro van reuniendo cada parte hasta dibujar un cuerpo más o menos completo y allí lo dejan secar. Si se manipulan los restos todavía húmedos pueden romperse. La muerte es así de frágil.

“Hoy se han exhumado dos cuerpos y ayer encontramos restos de otros seis”, explica la arqueóloga Elena Vera. Es una de las integrantes del equipo técnico que desde el 10 de enero trabajan para desenterrar la memoria de las víctimas del franquismo en la ciudad de Córdoba. Según los historiadores locales y la propia documentación, al menos 2.305 personas fueron fusiladas y enterradas en los cementerios de la Salud y San Rafael. Tanto en fosas comunes como individuales. Se sabe quienes son. El archivo municipal guarda un listado de sesenta y ocho folios con todos esos nombres y apellidos. Ahora Elena y sus compañeros pretenden averiguar dónde están y con suerte – con mucha suerte- devolvérselos a sus familias.

Han empezado a excavar en el cuadro de San Ramón, un espacio de 150 metros cuadrados en la esquina norte del cementerio de La Salud. Decidieron hacerlo aquí porque es la zona que menos transformaciones ha sufrido desde entonces. En teoría no debería resultar demasiado difícil cotejar la información que existe en los papeles con las evidencias bajo tierra. En teoría.

Hasta el momento han localizado 55 cuerpos y 19 corresponden a personas represaliadas – tres de ellas, mujeres-. Según cuenta la doctora Vera, existen dos formas de saber si una persona fue represaliada. La primera es observar si los huesos presentan roturas perimortem. Es decir, si se rompieron cuando la persona aún estaba viva; bien a causa de un golpe o una fractura en seco, quizá por el impacto de un disparo. Otra forma de identificar a una víctima es encontrar la bala, ya sea en el interior del cuerpo o en sus alrededores.

“Hemos encontrado varias balas Mauser, hemos visto fracturas en cráneos con agujero de entrada y salida. También hay fracturas en miembros del cuerpo, sobre todo en brazos y piernas, por impacto de bala”, repasa de memoria la arqueóloga. A su lado continúan secándose los restos de un esqueleto incompleto. Cuando dejen de estar húmedos serán analizados y medidos, especialmente el cráneo, las caderas, la sínfisis púbica. Así podrán saber su sexo y su edad.

  • ¿Y eso que hay junto al cuerpo qué es?
  • Es un crucifijo, del ataúd.
  • ¿Y eso otro?
  • Son las suelas de unas zapatillas.

Huesos, metal y goma, es lo único que queda para esclarecer unos crímenes abiertos desde hace más de 80 años.

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En Córdoba no hubo guerra, solo hubo represión, dicen los historiadores. Sencillamente porque al pueblo no le dio tiempo a defenderse. La ciudad cayó el mismo 18 de julio de 1936, a las seis de la tarde, y desde entonces no hubo una casa en Córdoba donde no se les atragantara el café.

Entre aquel verano del 36 y la primavera del 37 – periodo conocido como el “terror caliente”- se registraron hasta 80, 90 y 120 asesinatos por día. La mayoría por aplicación del Bando de Guerra del general Queipo de Llano que, desde Sevilla, autorizaba el asesinato de cualquier opositor sin necesidad siquiera de justificar la causa. Casi todos eran civiles: Jornaleros, mecánicos, enfermeros, panaderos, albañiles, oficiales de Correos, ingenieros, músicos, limpiabotas.

Un 9% de los fusilados eran mujeres. Algunas ejercían de jornaleras, tenían un pequeño comercio o una tiendita de bebidas, sin embargo no debieron verlo así las autoridades franquistas que, a la hora de inscribirlas en el registro, solo admitieron dos profesiones: “sus labores” o “su sexo”. Siervas o prostitutas.

Luego la represión continuó. Junto a los sentenciados a muerte por el Consejo de Guerra Permanente, estaban quienes morían en la cárcel a causa de gripes, hemorragias, tuberculosis. Casi una tercera parte de los presos murió sencillamente de hambre. En total, sumando los fusilados – los 2.305 que aparecen en los registros de los cementerios- y los desaparecidos, los que fallecieron en las cárceles y los que fueron asesinados sin testigos al pie de un camino se habla de más de cuatro mil víctimas de la represión franquista en Córdoba. Una masacre para una ciudad que entonces no superaba los cien mil habitantes.

Entre ellos, estaba el padre de Rosario Moreno que, acabada la guerra, decidió entregarse. Le prometieron que no habría represalias para aquellos sin delitos de sangre. Y lo mataron igual.

El padre de Miguel Caballero que fue alcalde de Villanueva de Córdoba y tras capturarle  fue expuesto en la plaza del pueblo con una soga al cuello.

La hermana de Carmeli Tamajón que fue arrastrada y fusilada ante la tapia del cementerio de la Salud sin tan si quiera explicarle por qué.

Los abuelos de Carmen Martínez que fueron acusados de ser “enemigos de Dios” y cuyos cuerpos siguen desaparecidos.

Todos estos testimonios fueron recogidos en 2015 en el documental ‘Dejadme llorar. El genocidio olvidado’, dirigido por el periodista y realizador Jordi Gordon para dar voz a las otras víctimas, a las que dejaron seguir viviendo bajo el precio de agachar la cabeza y callar. “La dictadura les impuso tres castigos: mataron a sus familiares, los enterraron en una fosa común y no les dejaron llorarlos”, asegura Jordi. En su lugar – dice- se impuso el silencio, frío como un cerrojo, y tan eficaz que, con el tiempo, Córdoba olvidó a sus propios muertos. “Ese genocidio había desaparecido de la memoria colectiva, se había borrado”, insiste el director.

Solo la voluntad impenitente del historiador Francisco Moreno Gómez consiguió arrancarles de la amnesia. Desde el año 78 anduvo recorriendo cada rincón de la provincia, acumulando viejos archivos, sonsacando recuerdos. Él fue el primero en hablar de los cuatro mil represaliados de la ciudad de Córdoba y los 12.000 de toda la provincia.  Gracias precisamente a uno de sus libros, Antonio Deza supo qué había sido de su padre y, al fin, dejó de soñar con él.

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Antonio tiene dos vidas. En una él se cría junto a una madre pobre y enferma. Con siete años empieza a trabajar guardando una piara de cerdos. La miseria es tan voraz que el pobrecillo se alimenta de las bellotas que les roba a los cochinos. Más de una vez cae enfermo de pura hambre o por culpa de la sarna. En esa vida, Antonio se siente muy solo, como esos árboles marginados que uno ve cuando circula por carretera y ni siquiera puede consolarse con la compañía de los libros. No sabe leer.

En la otra vida – la que a menudo imagina – Antonio tiene una infancia feliz. “Tengo una foto en la mesilla de noche y no me canso de verla. Es la foto de la boda de mis padres. Cuando los veo tan jovenes, tan guapos, me puedo imaginar cómo habría sido la vida en el seno de esa familia. Si habría tenido algún hermano más, si habría ido a la escuela. Imagino otra vida, una vida normal junto a una pareja extraordinaria”, confiesa bajando la voz. Los labios apretados, las pupilas refugiadas tras unas gafas oscuras.

La cronología que hasta hace muy poco él conocía sobre su familia era simple: sus padres se casaron en el 35. Él nació en octubre del 36. Manuel Deza García, hasta entonces panadero, desapareció al mes siguiente. Mucho antes de que Antonio pudiera generar su primer recuerdo. “Mi madre nunca me contó nada sobre él. Incluso había rumores de que se había escapado y estaba en el extranjero”.

Cuando el libro de Francisco Moreno cae en las manos de Antonio Deza ronda el año 2000. Su madre ya ha muerto y él está a punto de jubilarse. Tiene sesenta años. “De pronto me entero de cosas como el nombre de mi abuela, Asunción. Me entero de que mi abuelo se llamaba Antonio y era de Málaga. Mi vida está escrita al revés, de viejo a joven“.

En esa reescritura Antonio descubre que su padre empezó siendo reclutado por el bando nacional pero que pronto, después de que los franquistas le mataran a un hermano, se pasó al frente repúblicano. Que estuvo por toda España y acabó preso en Madrid. Que le concedieron la libertad, pero volvieron a armarle un consejo de guerra en Córdoba. Que una vez más escapó y logró unirse a la guerrilla.

Hoy Antonio sabe que su padre fue fusilado el 15 de enero de 1946 en la hacienda ‘Los canónigos’, cerca de Fuenteovejuna, y que fue enterrado siete días más tarde en el cementerio de La Salud. “El día que vi la partida de defunción dejé de soñar con él“, dice ahora frente a un rosario de huesos. Quién sabe de quién serán.

El franquismo no solo le mató a un miembro de su familia, le mató a nueve – eso también lo supo después-, pero Antonio busca hoy a muchos más. En 2017, junto a otros familiares de represaliados, crearon la asociación ‘Dejadnos llorar’ – en referencia al título del documental- y amparándose en la ley  2/2017 de 28 de marzo de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía solicitaron la localización y exhumación de sus seres queridos.

El 10 de enero -el día que se abrieron las fosas- fueron ellos quienes empuñaron el azadón para dar el primer golpe en el cuadro de San Ramón. “Estamos aquí para que descanséis, cerréis vuestro duelo y alcancéis la justicia de una vez por todas”, les dijo Elena Vera aquella mañana gloriosa. Después, uno a uno fueron desfilando con la pala en alto, las manos llenas de rabia, los ojos anegados.

Uno de los técnicos pide por favor que no se hagan fotos. “Tienen nombre”, reprocha señalando los dos cuerpos que acaban de salir, después de ochenta años, a la luz. Aunque resulta evidente, demasiadas veces tienen que recordarlo para calmar la curiosidad impertinente de la prensa.

“Es sobre todo por los familares”, añade Elena, “hay gente que no puede verlos así”. Este equipo investigador – en total lo forman seis personas- ha trabajado en más de cincuenta fosas del franquismo por toda Andalucía. Sin embargo, pocas veces se han encontrado un desaguisado como este.

Ellos sabían que en La Salud existía una gran fosa común desde los años 30. Sabían también que a partir del golpe de Estado se construyeron sobre ella numerosos enterramientos simples para aprovechar el espacio, que solo en el cuadro de San Ramón debía haber 48 sepulturas, ni una más. Eso era lo que decía la documentación.

Luego, bajo la tierra, la realidad ha resultado ser el colmo de la entropía: cuerpos superpuestos sobre una misma tumba individual o colocados en diferentes posiciones ocupando cualquier hueco disponible. Restos partidos por culpa de una obra o de una instalación eléctrica o por culpa de otra tumba. Enterramientos sobre enterramientos, sobre enterramientos. El desorden como una dimensión más para medir el horror.

Por eso, y aunque al principio solo pretendían hacer unas catas y tomar nota de la disposición de los cuerpos, todo está tan enmarañado que han tenido que exhumar para ver qué hay debajo. “De verdad que esta gente es estupenda, es maravilloso el esfuerzo que están haciendo”, les anima Antonio Deza, como un padre orgulloso. Viene aquí cada semana, como también lo hacen otros familiares, sobre todo de pueblos de la provincia. Entre los dos grandes cementerios de Córdoba hay vecinos de 71 municipios. “Muchos vienen a Córdoba para ir al médico y luego aprovechan para pasarse por aquí. El otro día nos llegó una mujer con 87 años, traía un ramito de flores en la mano”, recuerda la arqueóloga.

Su intención es continuar mientras puedan o mientras les dejen. Quieren localizar la gran fosa que, según la investigación, debe estar ubicada en el departamento Alto, en los cuadros de San Demetrio y San Plácido, la zona trasera de La Salud. Después, no saben.

“Como está el panorama político…“. Elena deja la frase premeditadamente abierta. “Nosotros haremos una propuesta para continuar o no, pero tenemos que saber si las administraciones públicas tienen capacidad y voluntad para seguir trabajando e iniciar un proceso de exhumación. No hablamos ya de cuarenta cuerpos, sino de cientos“.

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Suena un teléfono. Es de Antonio. Los familiares de la asociación no dejan de llamarle desde que se han enterado de la noticia. Ya hay fecha para las pruebas de ADN.

“Sí, las pruebas son gratis“, les repite varias veces. Es la Junta de Andalucía la que corre con los gastos de la toma de muestras y el análisis que luego se hará en el Banco de ADN de Granada, pero las familias no se lo creen del todo. Les parece demasiado sencillo.

Unas 140 personas se han ofrecido para que les tomen muestras de saliva que luego serán cotejadas con los datos genéticos que se obtengan de los cuerpos represaliados de La Salud. Es el último paso para ir devolviendo poco a poco la identidad a los cuatro mil de Córdoba, pero las probabilidades de acertar – ya lo saben- son limitadas. Según datos del Banco de ADN, hasta ahora solo se está consiguiendo hacer la identificación de un 25% de los casos.

“Este paso es importante siempre que no transmitamos una falsa expectativa. Hay que decir abiertamente que el porcentaje no va a ser nunca muy grande”, reconoce Antonio. Más tarde, dirá cabeceando y a media voz que tiene miedo. Miedo a defraudar a todos esos abuelos octogenarios que llevan años esperando y no quieren morirse sin enterrar antes a los suyos. Que después de sufrir tanto, darían lo que haga falta con tal de abrazar una caja, de acariciar un cráneo, de tener un sitio donde dejar las flores.

  • ¿Y tú, crees que has heredado algo de tu padre?
  • No lo sé, nunca lo he pensado. Me gustaría, responde Antonio Deza – el pelo de armiño, la mandíbula fuerte, las orejas ligeramente despegadas-.