LITERATURA / Reino de Cordelia edita el primer tomo de Cuentos Completos de Jack London

Hacer un fuego

DAVID TORRES | Publicado: - Actualizado: 12:01

Los escritores George Sterling, Mary Austin, Jack London y Jimmie Hooper
Los escritores George Sterling, Mary Austin, Jack London y Jimmie Hooper. fotografiados por Arnold Genthe en la playa de Carmel (California). / Wikipedia
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Portada del primer tomo de ‘Cuentos Completos’ de Jack London. / Editorial Reino de Cordelia

En su célebre Antología del cuento norteamericano, Richard Ford seleccionó “Encender una hoguera” de Jack London (también traducido por “Hacer un fuego” o “El fuego de la hoguera”), una breve narración, donde, en apenas cuatro páginas, se narra la historia de un hombre que, de viaje por el Klondike, cae en un charco de agua helada, tiene que hacer una hoguera para calentarse y descubre que primero debe quitarse las manoplas para encender el fuego. Si no conocen el cuento, dejen ahora mismo de leer esta tontería y búsquenlo, porque London describe la quemadura del frío, la insensibilidad de los dedos y la torpeza de intentar encender una cerilla con las manos congeladas con la precisión y el riesgo de una operación a vida y muerte. Que es precisamente de lo que se trata, la lucha por la supervivencia, además de otras muchas cosas, como por ejemplo, el conflicto entre naturaleza y civilización, los límites de dolor que puede aguantar un ser humano o el amor inexinguible por la vida. Varias de las obsesiones temáticas de London quintaesenciadas en su escenario favorito: el Gran Norte. De manera que no puede decirse que Ford hiciera una mala elección.

«London es el eslabón perdido entre Edgar Allan Poe y William Faulkner, entre Nathaniel Hawthorne y Ernest Hemingway, entre Ambrose Bierce y John Cheever»

El problema es que, sólo en este primer volumen que acaba de editar de manera espléndida Reino de Cordelia, con traducción de Susana Carral, hay al menos una docena de cuentos que podrían competir en igualdad de condiciones con el seleccionado por Richard Ford. Ojeo la larga lista de más de ochenta relatos y a bote pronto distingo “El Silencio Blanco”, “Bâtard“, “Mil docenas”, “El hombre de la cara cortada”, “Ley de vida”, “Semper idem” o “Una odisea en el Norte”. El problema es que, si Richard Ford hubiese seleccionado únicamente veinte relatos de toda la literatura norteamericana, forzosamente tendría que haber incluido uno de London. Incluso aunque hubiera comprimido la selección a diez. London es el eslabón perdido entre Poe y Faulkner, entre Hawthorne y Hemingway, entre Bierce y Cheever. De su vida y milagros ya he hablado por extenso aquí, rememorando aquel momento en que London, muy joven, derrotado tras su infructuosa búsqueda de oro en el Klondike, comprendió que había encontrado un filón inagotable: las historias que había oído en los campamentos de los pioneros, bajo el telón virgen de los bosques del norte.

Si las novelas de London (Martin EdenEl lobo de mar) son inmensas, como cuentista no tiene parangón. Lo que hace su narrativa corta verdaderamente insoslayable es la honestidad, la urgencia, la inocencia con que se enfrenta al acto puro de narrar. Al igual que un pionero abriéndose paso entre los hielos de Alaska, London escribe a vida o muerte, como quien enciende un fuego aterido de frío, evocando esa primera llama, esa primera palabra, ese primer relato contado en cucillas a orillas del fuego que, en los tiempos prehistóricos, nos separó de la vida animal.

«Este libro de más de 800 páginas, exquisitamente traducido, editado, prologado e ilustrado, es sólo el primer tomo de los Cuentos Completos de Jack London»

Este libro de más de ochocientas páginas, exquisitamente traducido, editado, prologado e ilustrado, es sólo el primer tomo de los Cuentos Completos de Jack London, la única edición íntegra en castellano de uno de los maestros indiscutibles del género. Por orden cronológico, el volumen se abre con los tanteos, los ensayos donde el escritor utilizó su talento para la observación y las herramientas del periodista (fue reportero en la guerra ruso-japonesa) para afilar y endurecer su prosa, y casi de inmediato empiezan a sucederse, una tras otra, las joyas que hicieron de él una leyenda. Podría tirarme horas hablando de cada una de ellos, pero voy a subrayar únicamente Semper Idem, donde el doctor Bicknell salva de milagro la vida de un pobre tipo que se ha cortado el cuello por un desengaño y le dice exactamente dónde tendría que haberse dado el tajo. Es una historia de amor sublime, deslumbrante, terrorífica, comparable únicamente a Muerto en Resaca, de Ambrose Bierce. La edición cuenta incluso con la primera versión de Encender una hoguera, que da una idea de cómo un genio siempre puede hacerse aún más grande y un relato perfecto contarse aún mejor. Estas son las llamas donde se han calentado las manos cientos de grandes narradores, de Quiroga a Cortázar, de O’Connor a Shalámov; éste es el fuego a cuya luz han abierto los ojos generaciones de lectores. A qué están esperando: quémense.

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