Sin mierda no hay oro

Joshua Cohen
El escritor Joshua Cohen en una conferencia en Berlín en 2014. / Wikipedia

Dado a conocer como joven promesa en aquella remesa de jóvenes escritores que promocionó la revista Granta, Joshua Cohen (Nueva Jersey, 1980) es, hoy día, uno de los grandes escritores norteamericanos del momento, y probablemente el que tome el relevo, en esa carrera un poco extravagante, por ser el heredero de David Foster Wallace, el celebrado autor de La broma infinita. Sucede que Cohen, a estas alturas ya lo habrán adivinado, es judío, y sucede que en los Estados Unidos existe una formidable tradición literaria de origen judío. Con ello no me refiero a autores como Isaac Bashevis Singer, un escritor yiddish que fabulaba bellas historias y fue galardonado con el Premio Nobel en 1978, sino a la tradición novelística norteamericana de origen judío que ha dado escritores de la talla de Saul Bellow, Bernard Malamud o Henry y Philip Roth, que no guardan relación entre sí aparte del apellido.

Anuncio

Cohen pertenece a esa tradición, menos dada a lo fabuloso, como sucedía en Singer, más proclive a la sátira, al humor y a la farsa, muy en la línea fastuosa del humor judío y de su tradición teatral. Autor de cinco novelas, Cadenza para el concierto para violín de Schneiderman; A Heaven of Others; Witz; Libro de números y ésta ‘Los reyes de la mudanza’, primera novela de Cohen traducida al español por Javier Calvo y, ya que estamos, presentación de una nueva editorial nuestra, De Conatus, que cuenta para ser publicados en los próximos meses con pocos pero seleccionados libros. Desde Un corazón simple, de Gustave Flaubert o Los muertos, de James Joyce, a lo más actual, como Trilogía, de Jon Fosse o un libro raro entre nosotros pero precioso, El camino al Oeste, selección de relatos del género western debido a autores como Mark Twain, Jack London, Bret Harte o Stephen Crane.

La novela es una de las críticas más feroces de nuestro sistema capitalista actual con la mudanza y sus consecuencias como metáfora justa de ese estado. Leemos, así, esta descripción de los muelles donde se halla la sede de la casa de mudanzas King: “La desolación lo sofocaba a uno, sobre todo cuando hacía calor. A la derecha estaban los muelles, con aquellos contenedores de carga que parecían enormes bloques estriados de hormigón amontonados para formar barracones, muchos de los azules de Corea, pero últimamente más de los verdes de Alemania y de los rojos y amarillos de China. A la izquierda estaban las dársenas, con sus solemnes grúas cuadrándose ante las barcos cisterna que pasaban. Más bajo, en el fango, era donde te deshacías de la gente asesinada y de las armas que convertían a la gente en víctimas de asesinato. Era donde tirabas los Buicks puenteados, en un aparcamiento subacuático de calderas rotas, microondas con agujeros y todas las pilas tamaño AA”.

Joshua Cohen
Portada de ‘Los reyes de la mudanza’, de Joshua Cohen. / Editorial De Conatus

No menor es la crítica a ciertos aspectos de la actual política israelí:

Publicidad

“- Es lo que hacen allí. En Israel todo el mundo va al ejército y cuando terminan se van de viaje.

– ¿Todo el mundo? ¿Y quién se queda en Israel? ¿Se queda el país vacío? ¿Y las naciones musulmanas lo saben?

– Lo hacen como para calmarse o algo así

Publicidad

– ¿De qué? ¿De matar árabes?

– Eso mismo, de matar árabes

– Vale, lo pillo. Hasta mudarse parece más relajante que eso”

En otro momento determinado, cuando David visita Jerusalén con su familia, describe la ciudad, en un capítulo que cabría calificar de espléndido, como un supermercado de piedra.

De la mierda sale el oro, o mejor, el oro sólo se produce cuando existe gran cantidad de mierda, vale decir, para que brille Park Avenue y las tiendas de marcas, el diablo viste de Prada, es necesario el paisaje desolado de los suburbios industriales y los muelles, que sustentan ese nivel de vida. En este sentido lo cierto es que la descripción de tamaño paisaje convertido en metáfora del sistema no es nuevo, no hay más que remontarse a los cuentos de John Cheever, por ejemplo, pero de los años de Eisenhower a los de Trump media un abismo y ese paisaje ha pasado de inquietante a desolado, por emplear una palabra suave.

Decía Stendhal que la novela era un espejo trazado a lo largo de un camino. Si quieren verse lean ‘Los reyes de la mudanza’.

Publicidad