Del ‘me cago en el rey’ al ‘tengo secuestrado al presidente’: cuando rapear no era delito

"Desde hace semanas un mensaje vaga por las redes:  #RapearNoEsDelito . En febrero, el Tribunal Supremo ratificó la condena de tres años y medio de cárcel al rapero Valtonyc por enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona, calumnias y amenazas. Hace apenas unos días, la Audiencia Nacional sentenció a dos años y un día de cárcel a Pablo Hásel, por una causa similar, al igual que los raperos de La Insurgencia. Sin embargo, el rap siempre ha tenido un componente subversivo y desafiante. Incluso la Real Academia de la Lengua reconoce el “carácter provocador” de este estilo musical, a cuyas letras algunos creen que es necesario poner límites.

“El 85% de artistas de este país no hablan de nada, son el Zara y el H&M de la música. Son rimas vacías y desde los medios es lo que se promociona. No existe música con contenido político dentro de los medios masivos. Se promueve lo contrario. Ahora te hacen ver que Jorge Drexler es revolucionario”, argumenta Pepo Márquez, músico de The Secret Society y portavoz de la Unión de Músicos CNT, una organización integrada en la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. A diferencia de otros estilos, en el ADN del rap está la crítica social y política. Surgió en el Bronx (Nueva York) en los 70 para ser la música de los oprimidos, un instrumento cultural contra los tiranos. Y muchas veces, por la vía de la ofensa descarada y siendo necesariamente incómodo.

A mediados de los 80 aterrizó en España. Los nombres de algunos grupos no fueron demasiado sutiles. El Club de los Poetas Violentos o el Sindicato del Crimen no venían a hacer letras políticamente correctas. Uno de los componentes de otro de los grupos pioneros, Def con Dos, César Strawberry, fue condenado en enero de 2017 a un año de cárcel por enaltecimiento del terrorismo. En esta ocasión, por unos tuits. 

Publicidad

La década de los 90 afianzó este estilo musical en España y a algunos de los grupos que hoy reinan en el panorama musical. En los siguientes años surgieron canciones míticas con frases polémicas que por aquel entonces no trascendía de los cassettes y Compac Disc.  Durante la década de los 2.000, Toteking y Shotta fantasearon con el secuestro del entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, en la canción  la canción ‘Bigota De La Ponderosa’. Kase.O soltaba un “me cago en el Rey” en ‘Trae ese ron’ y Los Chikos del Maíz decían que “Aznar y Tony Blair por lameculos merecen la horca” en ‘Estilo Faluya’. Entonces, al que no le gustaban las letras, simplemente, daba al stop. Los creadores lidiaban, como ahora, con la hegemonía cultural de las grandes discográficas y del pop.

En 2018, el hip hop en España es un movimiento consolidado. Muchos artistas llenan conciertos y, además, tienen una comunidad fiel también en internet. Sin embargo, los titulares que copan la prensa durante las últimas semanas tienen más que ver con casos judiciales que con novedades discográficas. Las redes sociales han conseguido que cualquier mensaje pueda ser viral. Tuiteros y raperos desfilan por los juzgados acusados de enaltecimiento del terrorismo o calumnias contra la Corona. Los debates culturales sobre si estas canciones son o no arte, sobre la utilidad de lo bello o lo desagradable, han dado paso al debate jurídico, donde ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo. Han corrido ríos de tinta sobre si estas rimas, por muy desagradable que sean, merecen cárcel y han provocado también una contestación en la calle.

“El arte es contestatario y crea otras realidades, por eso es arte. Yo no estoy a favor de que nadie amenace a otra persona. A mí esas letras no me representan, pero lo que sí me representa es la libertad que tiene cada cual de decir lo que quiera. Una cosa es decir y otra es hacer”, recuerda Pepo Márquez sobre la libertad artística. En este debate “confuso”, donde la línea entre el delito y el mal gusto se difumina peligrosamente, este portavoz pide más contexto: “Nadie ha hecho una radiografía a Valtonyc. Es un tío de 24 años, con un futuro de mierda y con una madre que ganaba 428 euros al mes. Se daban todas las circunstancias para que explotara”. El Supremo le ha condenado por incluir en sus letras expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO” o “a ver si ETA pone una bomba y explota”. “En la época de Aznar se juzgaba a terroristas. Ahora se juzga a gente que habla del terrorismo", defiende el músico.

Condenas “ejemplarizantes”

El portavoz de la Unión de Músicos CNT cree que el Estado quiere inyectar “miedo” en la sociedad y que sentencias como las de Hasel o Valtonyc pretenden ser “ejemplarizantes”. Pero prevé dos posibles reacciones sociales. Por un lado, el efecto Streisand, por el que cada intento de censura se vuelve viral y se produce una visibilidad contraria a la intención del censor. Por otro, el músico también teme que esto influya en la nueva generación de creadores, “que no se van a atrever”: “Es un mensaje al tejido cultural de este país”.

También cree que este mensaje del miedo sí está calando en una parte de la población, especialmente a aquella que no conoce en profundidad la cultura hip hop, ni está presente en las redes sociales, pero a la que sí llegan las noticias sobre las judicializaciones: “Hay mucho desconocimiento. Basta con señalar a alguien como culpable para que mucha gente ya piense que lo es sin analizar nada más allá. Ahora mismo la gente de más de 65 piensa que Twitter es un nido de terroristas y que el hip hop es un estilo de gente inaceptable”.