Auschwitz, la banalidad del horror

Auschwitz
Más de 600 objetos originales, en su mayoría procedentes del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, muestran la historia de este campo de concentración en el estreno mundial en Madrid de la exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos”, que acoge el Centro de Expociciones Arte Canal. / Emilio Naranjo (Efe)

A partir del 1 de diciembre puede verse en el Centro de Exposiciones Canal Arte de Madrid la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos. Es la única exposición sobre este tema que se instala en España. Estará entre nosotros hasta junio y consta de más de 600 piezas originales del campo de exterminio, al que se añade numeroso material fotográfico y audiovisual hasta ahora inédito. Es una representación del horror moderno tan intenso que hace que el visitante compare con estremecimiento semejante en su comprensión aquellas palabras de la Comedia de Dante, “Dejad aquí toda esperanza” conque se daba paso al Infierno,  con Arbeit Macht Frei, “ El trabajo os hará libres”, la inscripción que abría las puertas del campo a la esclavitud, la ignominia y el sufrimiento. La exposición está concebida para no olvidar.

En los 2500 metros de espacio que ocupa la muestra se ha intentado hacer realidad las palabras de Elie Wiesel relativas al Holocausto, que éste sólo sería realmente comprendido a través del testimonio de sus víctimas. De ahí la importancia de esta exposición: es la mayor que se ha mostrado en Europa y refleja por lo expuesto a la perfección lo que fue la fábrica de asesinar más importante de nuestra época (entre 1940 y 1945 murieron un millón cien mil personas) con objetos aportados por las víctimas. Hay un zapato que es sólo un zapato pero que esconde toda una tragedia individual y colectiva. Estremece.

La muestra está organizada por Musealia, una empresa que tiene sede en San Sebastián, y consta de material cedido por los responsables del mantenimiento del campo de Auschwitz Birkenau, en la ciudad polaca de Oswiecim. Han participado también el Museo del Holocausto de Yad Vashen de Jerusalén y el de Washington.

Vemos un látigo, una alambrada, la mesa de operaciones del doctor Mengele, el zapato rojo al que me referí antes, el traje a rayas que se ha hecho popular gracias al cine, maletas y maletas, metáfora cínica del último viaje, y las botas de un oficial nazi, entre otras muchas. Son objetos que están fuera de contexto y aun así…

Auschwitz
Exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos”, que acoge el Centro de Expociciones Arte Canal. / Emilio Naranjo (Efe)

Hay un vagón para conducir a las víctimas como ganado y un fragmento perteneciente a uno de esos barracones de madera donde se metía a hombres como si fueran animales listos para el matadero. Ninguna diferencia, por tanto, con los que había en la época para matar gallinas. Y este horror industrial, de eso se trata en el fondo, nos estremece especialmente pues es metáfora de nuestro tiempo, de nuestro presente. Así nos lo hizo ver el director del Museo Auschwitz Birkenau que inauguró la muestra: “Ahora estamos viviendo con una presencia creciente del racismo, de la xenofobia, del antisemitismo de nuestra vida cotidiana, con grupos de neonazis multiplicándose. El recuerdo no es sólo una manera de ver el pasado. Es una forma de ver el presente e imaginar el futuro. Eso nos obliga a recordar y tener responsabilidad”.

Lo que es definitivo tratándose de un recordatorio de otra manera, eso sí, a la advertencia que formuló T.W. Adorno sobre la mancha que determinadas palabras habían producido en la lengua alemana contaminándola para siempre, un recordatorio bastante más realista que la del pensador alemán y teórico de la Escuela de Frankfurt que no quiso ver que la lengua se renueva constantemente y que palabras que antes nos recordaban el horror se transforman ya en significados nuevos, distintos.

Vi la exposición y supe, lo había comprobado muchos años antes cuando visité el campo de Dachau, próximo a Munich, que el horror lo ponemos nosotros por lo que sabemos sobre estos objetos, que son sólo inanes y nada dicen por sí mismos. Me pasó en otros órdenes de cosas cuando visité una muestra en Casa de América sobre objetos de la casa de Juan Carlos Onetti: vi su cama en la que yo había entrevistado al escritor años atrás: no parecía la misma. Ahora era sólo un objeto sin aura, para emplear la expresión de Walter Benjamin. En Dachau ví barracones muy limpios y en nada comparables a los edificios del Auxilio Social de mi infancia, bastante más deteriorados y peor hechos, barracones sólidos, muy alemanes en su composición hecha para durar siglos, vi camas, vi mantas, pero de lo que allí sucedió sólo podía dar cuenta mi imaginación. Y eso es lo terrible.

Y es terrible porque hace realidad las palabras de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Nosotros, moldeados por el cristianismo y esa feliz consecuencia que fue el romanticismo, creemos que el mal se nos presenta por lo menos de manera épica, como en el cine. Pero el mal es sordo, vulgar, inane, banal, como matar una gallina por medios electrónicos y sin que lo veamos. Es opaco, requiere la ignorancia de aquel que lo contempla. El mal, en definitiva, somos nosotros, como quiso Sartre. Por eso no queremos verlo.

De ahí que vayamos a ver esta magnífica exposición con ojos proclives a mirar lo que no se nos presenta: es la única manera de poder acercarnos al horror. Mirar con los ojos de la imaginación. Los objetos expuestos son sólo su disparadero: de ahí que sean preciosos.

No se la pierdan.

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