‘Reparar a los vivos’: lo que nos queda por aprender de los franceses

Reparar a los vivos
Cartel de 'Reparar a los vivos', la película francesa dirigida por Katell Quillévéré. / Caramel Films

Esta sencilla y hermosa película cala, tiene fondo. Es honesta, evita el efectismo, impacta y conmueve. Reparar a los vivos es envidiable cine francés, un drama sin estridencias y falsedades, con buenos personajes, con diálogos tan acertados como sus imágenes. Y no, no es una película que apetezca ver un día cualquiera con un cuenco de palomitas y un refresco, pero es cine. Y del bueno.

La película arranca con imágenes de tres chavales haciendo surf en pleno amanecer. La cámara acuática logra captar planos de tremenda belleza. El film arranca con la celebración de la vida, la salud, la lozanía, la naturaleza. Y todo eso se rompe en una secuencia estupenda (una furgoneta, un conductor que se duerme, sonido de choque mortal) que precede al inmenso drama que desarrolla Reparar a los vivos: el joven Simón está en coma y no va a salir de él. Su cerebro está destrozado. Un especialista en trasplantes tiene pocas horas para convencer a los padres para que donen los sanos órganos de Simón. Uno de ellos es su corazón, que una mujer parisina necesita con urgencia. Cerca del hospital, y arropada por sus hijos, espera el milagro.

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A diferencia de los dramones televisivos (los de los domingos por la tarde en Antena 3), los pretenciosos y estridentes (como los del sobrevalorado Iñárritu) o esos mediocres melodramas españoles de lustre académico y festivalero (no daré nombres), la tercera película de la directora y guionista Katell Quillévéré (inspirada en una novela de Maylis De Kerangal) es candorosa y delicada, de realización elegante, con clase. Quizás a veces se pierda en los tics habituales del cine independiente (mucha cámara en mano), pero por otro lado esta forma de rodar ayuda a que los actores, entre ellos Emmanuelle Seigner, estén estupendos. Todos.

Reparar a los vivos tiene escenas de gran cine, como cuando el médico joven le pone al chaval en coma unos cascos para que escuche el sonido del mar en sus minutos finales de vida, antes de que le quiten su corazón, la poca e inútil vida que le queda. Una escena preciosa, emocionante.

Otra escena magnífica, en guión e interpretación, es aquella en la que la mujer que necesita un nuevo corazón le confiesa a su ex novia, pianista, que no le ha llamado en mucho tiempo para no truncar su carrera por su enfermedad. El desgarro y la impotencia de la música emociona y duele. Nos relajamos cuando, minutos más tarde, vemos a las dos en la cama, queriéndose otra vez.

El tramo final de Reparar a los vivos es osado y ha sido afeado por parte de la crítica al ser demasiado explícito, casi documental. En él vemos físicamente, y con todo lujo de detalles, cómo se quita el corazón a una persona moribunda para trasplantarlo a otro cuerpo vivo. Las imágenes, de una fisicidad abrumadora, se rematan con el cadáver del chaval vaciado y cosido y el tema Five Years de David Bowie.

Lo mejor de Reparar a los vivos es que te olvidas de que es una película de tesis, que tiene un mensaje: hay que donar para salvar cuerpos a punto de ceder a la muerte, para salvar vidas, familias y parejas. Vidas en su doble sentido. Su intensidad y su profundidad me hicieron olvidar ese mensaje y eso dice mucho del trabajo de Katell Quillévéré. También que te recuerda que estar vivo depende de un hilo mucho más fino del que creemos.

Nominada al Mejor guión adaptado en los César, Reparar a los vivos es otra hermosa, humana y delicada película francesa, otra más del envidiable cine francés: cine que tiene su público, muy bien producido y estupendamente subvencionado por su televisión, su gobierno y la región en la que se ha rodado, en este caso Le Havre. Igual que aquí, vamos. Cuánto nos queda por aprender de nuestros vecinos todavía...

Lo mejor: todo el reparto, la gran banda sonora de Alexandre Desplat y el guiño a E.T. El extraterrestre.

Lo peor: la simplicidad de su historia y cierta frialdad.

El plan b:

Supongo que Transformers: El último caballero tendrá su público. En ella vuelven a luchar dos especies: la de carne y hueso y la de metal. Optimus Prime se ha ido y salvar al planeta depende de una extraña alianza capitaneada por Mark Wahlberg y Anthony Hopkins. El guión es un sindios de proporciones bíblicas.

Y allá cada cual con sus decisiones profesionales y su codicia, pero me llama la atención lo que ha hecho Hopkins con su carrera. Lo de este señor con el dólar no tiene nombre y su lista de bodrios hollywoodienses es espeluznante: Misión Imposible 2, 9 días, Beowulf, El hombre lobo, las tres de Thor, Red 2, Noé... Todo por la pasta.

Caramel Films (YouTube)