Mario Vargas Llosa y las antenas de su tiempo

Mario Vargas Llosa
El premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa firmando libros. / Daniele Devoti (Flickr)

Una de las frases más lúcidas y terribles de Marcel Proust tiene como sujeto, cómo no, el tiempo. Dice, refiriéndose a la contemplación de una vieja fotografía, que con el tiempo en la fotografía comienzan a desdibujarse los rasgos personales para dar paso a los generacionales. La frase viene al pelo para entender la peculiaridad principal del último libro publicado de Mario Vargas Llosa, Conversaciones en Princeton con Rubén Gallo (Alfaguara), donde el Nobel de Literatura habla, inevitablemente en él, cantinela recurrente, sobre los valores enormemente positivos del liberalismo y el peligro terrible del terrorismo, pero, sobre todo repasa su trayectoria estética deteniéndose en el examen de algunos de sus libros. Todo ello aderezado con las preguntas de Rubén Gallo, profesor en Princeton y director del programa donde intervino Vargas Llosa, preguntas donde se destaca el tuteo, rasgo al que son proclives en público los latinoamericanos, quizá para resaltar la intimidad que le une al Nobel. El problema es que ello otorga un aire de cuchipanda entre colegas a una cosa, por otra parte, muy seria. Pero entremos en materia.

Hay un rasgo muy propio de Mario Vargas Llosa y es la ausencia de esnobismo intelectual. Vargas Llosa es hombre sincero y apasionado y de la misma manera que hace años expulsaba de su casa a quien criticara, aun de manera leve, a Fidel Castro, ahora hace lo mismo a quien ose defender, aun sea con muchos reparos, al líder cubano: “El caso es que Mario siempre te expulsaba”, comentaba con mucha gracia Alfredo Bryce Echenique, refiriéndose a esta peculiaridad del carácter del autor de Conversación en la catedral. Pero esta peculiaridad, muy propia del cadete que en el fondo anida en el alma de Vargas Llosa, aquella experiencia en el Leoncio Prados, ha hecho de él un hombre disciplinado que ha escrito 48 libros y ha visto su obra publicada en La Pléiade, que para alguien de su generación, otra vez Proust, equivale a entrar en la eternidad literaria. No opinan así las nuevas generaciones, pero así es el trascurrir del tiempo. Pero vayamos al propio de Vargas Llosa.

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Este hombre se educó en la fascinación por la cultura francesa de los sesenta, del mismo modo que ahora se beben los vientos por cualquier producto salido de los Estados Unidos. Y valga esto como aviso para navegantes: asistimos en esas clases de Princeton, y no sé si Vargas Llosa, en su loca sinceridad es muy consciente de ello, a una confesión de provincianismo estético que él cree que es cosmopolitismo muy propio de los escritores latinomericanos del “boom”, aunque para ello incurra en errores como colocar a Jorge Luis Borges por esos andurriales de industria cultural y acertado marketing. Así, se refiere a la fascinación que le produjo el libro de Jean Paul Sartre, Situations II, donde se despliega toda la parafernalia del compromiso del escritor, muy acorde con los tiempos de la Revolución cubana, la Guerra Fría y la descolonización europea. Da la impresión de que en aquellos años no existían escritores muy alejados de esos presupuestos, como Nabokov, Gombrowicz, Beckett, Faulkner... o que estaban en otras revoluciones, como los componentes de la generación beat, y todo ello por no hablar del método estético de T. S. Eliot, tan fecundo, y los primeros pasos del postmodernismo, sobre todo entre los norteamericanos, pero no sólo.

Mario Vargas Llosa
Portada de 'Conversaciones en Princeton con Rubén Gallo', el último libro de Mario Vargas Llosa. / Alfaguara

De todo esto Vargas Llosa no habla gran cosa. Lo suyo es Sartre, el compromiso del escritor y la Revolución cubana, su fascinación por Flaubert, a quien interpreta a la luz del bello texto sartriano El idiota de la familia, París... para llegar luego a conclusiones que parecen descubrimientos, pero que son obviedades, como que en el arte la forma lo es todo. Afirma el autor sin darse cuenta de que lo que toma como descubrimiento en contra de los fascinados por el compromiso político del escritor ya era obviedad para muchos en aquellos años de la Revolución Cubana y sartreana y que, en el fondo, la cosa no pasaba de ser empecinamiento un tanto local de algunos locales de Saint Germain. Lo que sucede es que en aquellos años el provincianismo parisino era inconcebible, porque sencillamente no se concebía, pero existir existía, y de qué manera.

Vargas Llosa es hombre sincero y recurre a la transformación formal de Joyce y Faulkner, otro tópico recurrente de nuestro tiempo, presente en su novela Conversación en la catedral, aunque yo no termino por percibirla del todo. Es lo más interesante del libro, donde se analizan otras obras suyas, como Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero? y La Fiesta del Chivo, amén de su libro de memorias, El pez en el agua.

Digo, es lo más interesante del libro, porque en cierta manera es impagable asistir a lo que opina un escritor sobre su propia obra y la manera en la que logró darle forma.

Luego habla de periodismo, él, que lo ha practicado muy bien, y lo contrapone a lo literario, algo con lo que coinciden muchos latinoamericanos, en claro contraste con sus colegas norteamericanos. Conversa en la obra sobre política, liberalismo, terrorismo, totalitarismo y la terrible plaga de la falta de libertad de expresión, algo muy real pero que, creo, él ha transformado en cantinela recurrente sin ahondar desde hace años en esos presupuestos, por lo que sin darse cuenta, los convierte en catecismo para laicos.

El libro es muy interesante pero deja un gusto raro: nos da la impresión de que Vargas Llosa se está despidiendo. ¿De qué? Quizá ni él mismo lo sepa.