Berlín, del “show” de los trileros a la hermosa Nefertiti

  • Es la ciudad de la arquitectura que asombra, el lugar del encuentro entre pueblos y culturas y de quienes se creen ciudadanos del mundo

Sentado en uno de los bancos que hay en los jardines que unen la puerta de Brandeburgo y la explanada del Reichstag observo ese gentío que va y viene; constante, variopinto, incalculable. Berlín se ha convertido en un referente mundial del turismo y esto hace que la ciudad viva en continua fiesta; un babel de lenguas y mezcolanza de razas confundiéndose a mí alrededor. Miro distraído, tomo notas… Hasta que una voz de mujer, en un español líquido, me saca del ensimismamiento. “¡Venga, tío, apuesto 20 € al centro! Venga, que me persigue la suerte… ¡Voy a hacerme rica!”.

Sorprendido, alzo la vista y descubro que, en cuclillas, un hombre manipula un trío de cubiletes sobre un trozo de tela colocada en el suelo. Frente a él una chica morena, de pelo largo, regordeta, saca un fajo de billetes del bolsillo y lanza uno de 20 € a los pies del prestidigitador. Este se lo devuelve más los 20 € que ha ganado. La mujer salta de alegría; emocionada y agradecida a su buena estrella, muestra los dos billetes de veinte y proclama sin pudor: “¡Hoy va a ser mi día de suerte! ¡Lo sabía! ¿No te lo decía yo?”.

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Trileros en las inmediaciones de la Puerta de Brandeburgo./ Foto J.M.
Trileros en las inmediaciones de la Puerta de Brandeburgo./ Foto J.M

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El trilero, sin inmutarse, sigue bailando el trío de cubiletes. “Hagan juego, señores, hagan juego”, canta, arranado, sin mirar a nadie. “Ganar está tirado, ¿verdad bonita?”, se dirige a la morena que acaba de ganarle 20 €, mientras le sonríe con la vista. Y esta le responde depositando un billete de 50 € junto al cubilete de la izquierda. “¡He ganado, he ganado…!”, airea a los cuatro vientos otra vez la mujer, feliz con sus 100 €.

La gente afloja el paso, mira, se detiene, y sigue su camino. Pero siempre algún curioso se queda a ver qué pasa; ahora son tres hombres los que están haciendo corro, parecen interesados en el juego; uno de ellos, el que lleva un brazalete de Cruz Roja, apuesta 10 €. “Per probare…”, balbucea en italiano ¡Y gana! Entonces, el que está al lado contrario también se anima y pone 20 € al lado de un cubilete. ¡Pierde! Y se cabrea en una lengua que no entiendo. Un tercero se juega 50 € ¡y gana! Lo celebra en un extraño idioma haciendo aspavientos.  La chica regordeta, sin dirigirse a nadie en particular, invita a todo el mundo a probar suerte. El negocio parece que marcha; se anima el corro. Un grupo de turistas se ha parado a mirar… El teatro que ha montado “The International Trileros”, se me ocurre, está ya en su apogeo.

Hasta que alguien hace sonar un silbato y todos corren. El cónclave se deshace como un azucarillo al contacto con el agua. La chica regordeta y el mago del cubilete se pierden de la mano entre los árboles y se ponen a besarse; el del brazalete de Cruz Roja, acelera el paso en dirección a la Puerta de Brandeburgo; el hombre indiferente, que acaba de perder 20 €, saca un cigarro y fuma tranquilamente; el tercer hombre, el último ganador de 50 €, enfila hacia el Reichstag a toda prisa. Los turistas que estaban mirando, confundidos, se han quedado in albis; no acaban de entender qué está pasando. Llega un policía con un walkie-talkie, mira a todas partes y sonríe. Aquí no pasa nada.

Una ciudad para andar en bicicleta

En Berlín puede sucederte cualquier cosa, pero nunca imaginé que asistiría en primera fila a la puesta en escena del juego tramposo de los trileros. Por lo demás, el viajero se siente a gusto recorriendo a pie sus calles; una extensa urbe que tiene 45 kilómetros de Este a Oeste y 38 en su eje Norte-Sur, con 3,5 millones de habitantes en su área de influencia, pero en la que se llega a cualquier parte en bicicleta o usando el transporte público, ya sea la red de tranvías, los trenes, el metro o los autobuses. Hay billetes para todos los gustos y trayectos; abonos semanales o de 24 horas por 7 €.

El apartamento que ocupamos en la calle Invalidenstrasse, frente al museo de Ciencias Naturales, nos regala cada día, desde muy temprano, –el sol sale en verano a las cuatro y media–, la posibilidad de contemplar a infinidad de berlineses montando en bicicleta. Hombres y mujeres elegantes, embutidos en sus trajes, que van a la oficina; jóvenes con su mochila camino de la universidad; madres que acompañan a sus hijos al colegio, padres complacientes con la niña a la que guía en su pequeña bicicleta; ancianos… Berlín tiene una red de 620 kilómetros de carril bici que utiliza una gran mayoría de población sin distinción de edad ni estatus. Llama la atención también que sean los tranvías los que ocupen el centro de las grandes avenidas relegando al automóvil a un segundo plano. No se ven atascos ni se ha de soportar ese concierto de cláxones y rugir de motores que torturan a diario a los viandantes en las ciudades mediterráneas.

El muro, ese testigo inquietante en la vida cotidiana de Berlín./ Foto J.M.
El muro, ese testigo inquietante en la vida cotidiana de Berlín./ Foto J.M.

Con un mapa en la mano, el GPS del móvil o simplemente mirando a la torre de televisión que rompe la línea del cielo berlinés en las inmediaciones de Alexanderplatz, uno puede ir a cualquier parte y regresar sin perderse. Por el camino se descubren las huellas y avatares de un pasado trágico. Berlín es todo él un gigantesco museo sobre el que revolotean los recuerdos de los nazis como pájaros de mal agüero; el holocausto, el odio, la estulticia, el exterminio… Y luego está el muro purificador que lo ciñe (ahora simbólicamente) al que los berlineses y visitantes se asoman con gestos de dolor y deseos de reconciliación.

Obligado es acudir a la Topografía del Terror, ese lugar del oprobio que ocupa ahora el solar del que fuera cuartel general de la Gestapo. En la calle Niederkirchnerstrasse, un museo del genocidio y decenas de paneles al aire libre guían al turista, con fotografías y textos, en un viaje al horror que trae el recuerdo del nazismo.

Mas para aliviarse de la angustia, el viajero puede caminar unos centenares de metros hacia el este, en la calle Friedrichstrasse, donde un grupo de teatreros, ataviados con uniformes de soldado de la época y despliegue de banderas, se fotografían con los turistas por unas cuantas monedas en el Checkpoint Charlie, el paso fronterizo entre la zona americana y la Alemania del Este que inmortalizara el celuloide en numerosas películas.

El muro no sólo dividió la ciudad, también separó a las familias, a los amantes, a los amigos.../ Foto J.M.
El muro no sólo dividió la ciudad, también separó a familias, amantes, amigos…/ Foto J.M.

El viajero no necesita del asombro que provocan los grandes eventos o espectáculos para disfrutar de las ciudades que visita. En Berlín también le ocurre así; a él le basta con descubrir una plaza recoleta o pasearse por los jardines del Spreekanal, cruzar el río Spree, alquilar una bicicleta y acercarse hasta el parque Volkspark, cruzarlo y adentrarse en el barrio Winsviertel, un lugar tranquilo y armonioso, elegante, con calles rectilíneas adornadas con parterres de flores, donde, a las cinco de la tarde, mientras toma un café y un pastel por 3 € en el Kaffee Raum o en cualquier otro establecimiento similar, disfruta observando el ir y venir de la gente o del alegre pedaleo de las mamás que, presurosas, van y vienen con sus jóvenes retoños acoplados en el asiento de atrás o en sus diminutas bicicletas a las actividades extraescolares tras dejar el colegio. Ensimismado, el viajero observa, también, cómo estas madres jóvenes, alegres y satisfechas se detienen en la heladería que hay enfrente y dedican unos minutos de su tiempo a degustar junto a sus hijos un helado mientras ríen y hablan ellas y ellos juegan.

Berlín, en cierto modo, es un pueblo grande o, mejor dicho, muchos pueblos en uno; una gran matrioshka en la que los barrios se acoplan. Algunas manzanas más allá del Winsviertel, en el mismo distrito Prezlauer Berg, el viajero busca huellas del antiguo barrio judío, hoy bohemio y “chic”. Otras calles, otras plazas, otras tiendas elegantes, otros cafés y restaurantes… Y la antigua fábrica de cerveza Schltheiss, de 25.000 metros cuadrados, convertida ahora en un centro cultural de primer orden con cines, teatros, bares, restaurantes, espacios para la creación y salas de reuniones; y un museo, el Kulturbrauerei, dedicado a recordar la vida cotidiana de la RDA.

El museo Kulturbrauerei reúne cerca de mil objetos y decenas de documentos que explican cómo vivían los alemanes de la RDA./ Foto J.M.

Adentrarse entre los más de 800 objetos y recreaciones que reúne, leer, ver o escuchar algunos de los 200 documentos conservados, resulta una experiencia única, evocadora, que transporta al visitante a los años 60 del siglo pasado cuando los alemanes comunistas de la RDA creían todavía en la utopía. Allí aparece él, funcionario, en la sórdida oficina; o ella, en la fábrica vestida con un mono, rodeada de herramientas o apretando tuercas; la familia en la sala de estar frente al televisor en blanco y negro; los armarios con la ropa, o los enseres y utensilios del día a día; el clásico automóvil de entonces, achaparrado… Sí, Berlín también es esto, el recuerdo de un sueño roto y el escaparate de un país partido en dos por ese muro que, durante 28 años, representó la muerte, las lágrimas y el dolor de miles y miles de berlineses a los que quebró sus esperanzas y deseos de libertad.

De los 155 kilómetros de largo por 3,6 metros de alto que llegó a tener el muro –43 en Berlín, con 193 calles cortadas–, solo quedan algunos vestigios. Memoriales como el de la Bernauerstrasse o Calle de las Lágrimas, llamada así por los numerosos muertos que hubo en la zona al intentar cruzar al Oeste. Dos, tres centenares de metros de muro y junto a él los monolitos, un cementerio, el recuerdo de una iglesia, textos, fotos, torres de vigilancia, alambradas y diversos documentos audiovisuales dan fe de la tragedia cotidiana a la que asistían los berlineses. Allí están las fotos de los albañiles tapiando las ventanas para evitar que las familias huyesen; las instantáneas de la demolición de los edificios para erradicar la tentación de huir; las de las personas descolgándose con sábanas o intentando salir por los huecos que quedaban aún por tapiar…

Un crisol de culturas generando energía

Pero Berlín es mucho más que ese trágico pasado que lo ancla en la vieja Europa y en la historia; también es la ciudad de la arquitectura que asombra, el lugar del encuentro entre pueblos y culturas y de quienes se creen ciudadanos del mundo; Berlín es ese territorio, pionero, en el que la ecología y la defensa del medio ambiente son práctica obligada y objetivo primordial. Descubrimos al lado de casa un supermercado “bio” y al degustar sus productos me sentí por un momento transportado a la cocina de mi abuela, a los olores de sus guisos y las verduras de su huerta, al sabor indescriptible de los huevos fritos que ella, a veces, me preparaba en el pueblo.

Caminar, reconocer con cada paso una ciudad distinta y perderse. Curiosear en callejones y patios, como el de Oranienburgerstrasse, al lado de la Nueva Sinagoga, en el que al entrar te sorprenden invitándote al cóctel de inauguración de una exposición fotográfica; curiosear en la Universidad Humboldt, traspasar sus muros dejándose llevar por los pasillos y escaleras, salir a los patios y acercarse al restaurante donde se puede compartir menú con los estudiantes por el módico precio de 5,60 € de media o tomarte dos cafés con su ración de tarta correspondiente por 4 €. Y luego descansar, leer un libro o aquietarse en las sillas y bancos de madera junto a los universitarios que, supone el viajero, se sentirán orgullosos de estar formándose en una universidad en la que estudiaron o impartieron docencia hombres tan ilustres como los filósofos Arthur Schopenhauer, Friedrich Hegel, Carl Marx, el poeta Heinrich Heine o el físico y premio Nobel Albert Einstein, uno de los 29 que ostentan este galardón en la Humboldt.

Ciudadana de Berlín, ciudadana del mundo./ Foto J.M.
Ciudadana de Berlín, ciudadana del mundo./ Foto J.M.

Salir de este templo del saber e irse en bicicleta hasta el barrio multicultural Kreuzberg al que denominan “El Pequeño Estambul” es otra opción si uno desea seguir aquilatando experiencias en Berlín; pero también cabe acercarse a los alrededores de la Isla de los Museos, donde al atardecer en las escuelas de baile se cita para practicar al aire libre bailes de salón ante la sorpresa de curiosos y turistas. El viajero se sorprende, asimismo, cuando sentado en un banco al lado del río Spree, empiezan a llegar a ese lugar individuos de aspecto variopinto, todos pegados a un móvil (algunos llevan dos), mientras pulsan febrilmente en las pantallas. Ya son más de veinte los que le rodean… Todos se conocen, se saludan sin dejar de mirar al móvil. ¿Qué ocurre?, pregunto. “Jugamos al Pokémon”, explica un chico que asegura ser iraní. Hablan, ríen, siguen pulsando en el teclado a un ritmo frenético… E igual que han llegado se van, cada uno por su lado.

Mural dedicado a la tlerancia en el East Side Gallery./ Foto J.M.
Mural dedicado a la tolerancia en el East Side Gallery./ Foto J.M.

Berlín tiene esas cosas que solo en una ciudad cosmopolita como esta son posibles. La confluencia de razas y la fuerza creadora que fluye de estas se percibe en cada calle, en cada plaza, conformando un crisol de culturas en el que caben todas las expresiones del arte. Por eso, antes de poner fin al viaje, aunque sea brevemente, el viajero desea referirse a un par de lugares que, piensa, retratan la ciudad: La Isla de los Museos y la East Side Gallery. En la Isla se condensa el pasado más glorioso de Alemania. En cambio, en la East Side Gallery, los 103 murales de otros tantos artistas llegados de todos los rincones del mundo son, en cierto modo, las ventanas por las que la ciudad se asoma el futuro. Los 1.316 metros de muro que se ha mantenido en pie, en la calle Mühlenstrasse, representan la mayor galería de arte al aire libre conocida; acercarse a este lugar y contemplar cada mural es una experiencia que invita a la esperanza.

Puerta de Astarté, Museo de Pérgamo./ Foto J.M.
Puerta de Astarté, Museo de Pérgamo./ Foto J.M.

De los cinco grandes museos que comparten la Isla, destacan, sobre todo, el Pérgamo y el Neues Museum. En el primero, los arqueólogos alemanes han reunido una muestra asombrosa (más de 270.000 objetos) de lo que fue la Antigüedad en las regiones de Mesopotamia, Siria y Anatolia. Ya el edificio en sí, concebido en función de las piezas que alberga, asombra por su arquitectura. Pero cuando el visitante traspasa sus puertas y se encuentra ante la Puerta de Astarté, una de las puertas de la mítica Babilonia, se queda sin palabras. En el Neues Museum, en cambio, la estrella es Nefertiti, la reina egipcia que vivió entre 1370 y 1330 a. C. Un busto de apenas 48 centímetros esculpido en piedra y yeso, de 20 kilos de peso, son más que suficientes para hipnotizar a quien lo mira. ¡Cómo es posible albergar tanta belleza!  La reina egipcia, la diosa, está entre las piezas más asombrosas que se pueden contemplar en un museo. Protegida por una urna de cristal, evita así que cualquiera que se acerque pueda rozarla u ofrecerle una caricia. Porque este viajero está seguro de que no hay una sola persona que al contemplarla pueda resistirse y no desee rozarla con sus dedos, incluso darle un beso. Y así, perdido en los sueños extraños que le provoca Nefertiti y abrasado por la energía que desprende Berlín, el viajero concluye este viaje que, como siempre ocurre, deja muchas puertas entreabiertas invitándole a volver.