Víctimas del fanatismo y la crueldad en una exposición en el Congreso

  • Muñoz Torrero luchó hace dos siglos por la libertad de expresión y acabó preso, torturado y muerto
  • Unamuno sufrió destierro y censura incluso después de muerto por criticar a los Borbones
  • Gloria Begué, Francisco Tomás y Valiente y Enrique Tierno sufrieron expedientes y mordazas como profesores

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Con una hora de retraso sobre el horario previsto quedó inaugurada y abierta a todos los públicos hasta el 13 de julio en el Congreso de los Diputados la exposición titulada Del aula al escaño que sutilmente refleja los males de este país: la censura y la ignorancia, consideradas por las derechas "cantidad positiva", así como la intolerancia y la crueldad, productos del fanatismo ideológico, patriótico y religioso. El solemne acontecimiento tuvo lugar a las ocho de la tarde del 26 de abril, fecha señalada para la miserable historia nacional por la sentencia contra los cinco de "la manada". La ola de indignación se extendió por toda España y llevó a decenas de miles de mujeres a salir a la calle. En Madrid llegó hasta las puertas del Congreso y, dicho sea de paso, casi deja encapsulados a los invitados a la apertura de la singular exposición.

La muestra está organizada por la Universidad de Salamanca y responde a una mera coincidencia: el ochocientos cumpleaños de esa institución docente y el cuarenta aniversario de la Constitución de 1978 que las Cortes han decidido celebrar a mayor gloria de la democracia tasada. El interés didáctico y cultural no se comparece con el retraso con que la presidenta del Congreso, Ana Pastor Julián, y el rector, Ricardo Rivero Ortega, obsequiaron a los convocados, infligiendo un castigo a pie firme a los octogenarios exministros de la Transición Marcelino Oreja Aguirre y Salvador Sánchez Therán, entre otros, ni tampoco con la ausencia de todos los diputados por Salamanca. De los cuatro senadores charros acudieron dos: la socialista Rosa María López Alonso y el conservador Gonzalo Robles Orozco. El presidente del Senado, Pío García Escudero, dijo que iba a ir, pero es comprensible que la crisis del PP madrileño le mantuviera ocupado.

Según se entra en el vestíbulo del edificio del antiguo Banco Exterior (Carrera de San Jerónimo, 36) enseguida se ve al fondo un cuadro con la figura de Miguel de Unamuno, que fue rector de la Universidad de Salamanca y diputado en la primera legislatura de la II República. Unamuno sufrió la síntesis de los mencionados males de la patria. Se los infligió, como a todos los españoles, la oligarquía coronada. Padeció la censura de los dos dictadores del siglo XX, el borbónico Miguel Primo de Ribera, quien le desterró a Fuerteventura porque le llamó "tonto", como si tonto quisiera decir algo más que defectivo de entendimiento, y del también borbónico (aunque más cruel y traidor al sucesor dinástico, don Juan) y también general, Francisco Franco Bahamonde. La censura del patascortas de El Pardo no afectó en vida a Unamuno, pero retrasó sine die la publicación de sus obras completas, a cargo de José Ortega y Gasset, porque en su novela Cómo se hace una novela, criticaba a los Borbones. Y eso sí que no. Franco no lo podía tolerar. Téngase en cuenta que Alfonso XIII había sido padrino de su boda con Carmen Polo.

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Enrique Tierno, como Miguel de Unamuno, fue apartado y restituido años después en su cátedra. La exposición recoge su "decíamos ayer"

El catedrático salmantino y exdecano de la Facultad de Filología, Román Álvarez, en cuyo antiguo despacho del edificio Anaya fungió el filósofo, todavía no se explica cómo pudo salir vivo y sin magullar de entre aquella manada de falangistas que ocupaban el paraninfo de la Universidad, después de contestar a las palabras de Millan Astray con su famoso "venceréis porque tenéis fuerza bruta suficiente para ello, pero no convenceréis..." De hecho, murió a los pocos días del grito fúnebre del fundador de la Legión: "¡Muera la inteligencia!", y de los abucheos y protestas de aquellos furiosos y violentos sublevados contra el orden democrático republicano.

Siguiendo con la exposición, en la pared de la derecha cuelga un cuadro de Gloria Begué, catedrática de la Universidad de Salamanca, senadora en las Constituyentes por designación del rey Juan Carlos I y mujer respetada y querida, quien fue vicepresidenta del primer Tribunal Constitucional con Francisco Tomás y Valiente de presidente. Begué era natural de La Bañeza (León), donde su padre, un militar republicano, fue fusilado por los sublevados facciosos. Ella rechazó siempre los homenajes y, en aras de la reconciliación y la convivencia, evitó las referencias a la tragedia familiar. Tomás y Valiente, también profesor en Salamanca, con foto y reseña en la muestra, sufrió directamente la crueldad del fanatismo dizque patriótico. Lo asesinó la banda terrorista ETA.

Unos pasos más allá podemos ver enmarcados en la pared los expedientes sancionadores abiertos por el franquismo contra la catedrática de Economía Política y Hacienda Pública, Begué. contra el catedrático de Historia del Derecho, Tomás y Valiente, ambos en septiembre de 1973, y la resolución suspendiendo de empleo y sueldo y expulsando de su cátedra a Enrique Tierno Galván (29 de agosto de 1965). El Viejo Profesor, después fundador y diputado del Partido Socialista Popular (PSP) en las Cortes Constituyentes de 1977, fue amnistiado y reintegrado a su cátedra en 1976 junto con su amigo y correligionario Raúl Morodo. Aquel año los reyes Juan Carlos y Sofía inauguraron el curso académico en la Universidad de Salamanca. Todo un gesto contra el grito de muerte a la inteligencia, cuyos ecos resonaban todavía.

Luego ya, a mano izquierda, como si el comisario de la muestra y vicerrector Mariano Esteban hubiese ordenado un espacio específico para él, cuelga la fotografía y la reseña de Diego Muñoz Torrero, y debajo una vitrina de metacrilato, protegiendo la bandera de España que regaló a las milicias liberales de su pueblo, Cabeza de Buey (Badajoz), y que éstas mantuvieron a salvo de la represión absolutista. Hijo de un farmacéutico rural, Torrero se hizo cura, llegó a catedrático y a Rector de la Universidad de Salamanca (1787-1789), recibió la dignidad y el cargo de chantre (maestro y director del coro) de la Colegiata de Villafranca del Bierzo (1791). Elegido en 1808 miembro de la Junta de Extremadura, destacó en las Cortes de Cádiz por su defensa de la división de poderes que ponía fin al absolutismo e inauguraba el nuevo Estado liberal, la inviolabilidad de los diputados y la exigencia de juramento de los principios constitucionales a la regencia y más tarde al rey Fernando VII. "Con su discurso sobre la soberanía nacional marcó de forma decisiva el rumbo futuro de la Asamblea", dicen los profesores José Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente Monge en su documentado libro El nacimiento del periodismo político.

Tanto fue así que en 1811 fue elegido presidente de las Cortes de Cádiz en sustitución de Lázaro Dou y presidió la comisión que redactó la primera Constitución española, La Pepa. Pero fue también el primero en defender la abolición de la censura (no eclesiástica) y "la libertad política de la imprenta como preliminar necesaria para la salvación de la patria". Su discurso, seguido y ampliado con una oratoria más brillante por Agustín Argüelles, fue la punta de lanza de la libertad de prensa, plasmada en un decreto de 1810. De cien diputados presentes, 68 votaron a favor y 32 en contra. Era el 19 de octubre y culminaba con ese resultado la "gran reforma de dar libertad a la emisión del pensamiento", en palabras de Modesto Lafuente.

Tanto Dou como los diputados liberales Muñoz Torrero, Argüelles, Francisco Silvela y el propio Lafuente se mostraron de acuerdo con iniciar los debates de la ley de Libertad de Imprenta el 14 de octubre, fecha del cumpleaños del "amado" o "deseado" Fernando VII. Sin embargo, todos ellos y mucho más lamentarían después aquella forma de honrar al felón. Y el conde de Toreno deploraría "el modo de celebrar el natalicio de un príncipe, cuyo horóscopo vióse que no cuadraba con el festejo" o, en palabras de Silvela, que no aceptaba el regalo.

Bandera de España que el presidente de las Cortes de Cádiz, Muñoz Torrero, entregó a las milicias liberales de su pueblo, Cabeza de Buey (Badajoz)

La historia ya es conocida: los liberales que no huyeron acabaron en la cárcel. Muñoz Torrero cayó preso en 1814 y no salió hasta que en 1820 el pueblo rodeó el palacio real y, sabiéndose apoyado por las tropas del coronel Rafael Riego, obligó al Borbón a jurar la Constitución. Pero el trienio liberal duró lo que su nombre indica y la represión fue feroz contra todo lo que oliera a liberalismo político (término acuñado en castellano antes que en inglés), libertades y soberanía popular. Muñoz Torrero huyó a Portugal, pero fue detenido, torturado y encarcelado hasta su muerte en 1829.

Eso fue todo, pero conviene que evoquemos a aquellos tatarabuelos que se la jugaron (y perdieron) ahora que la sutil crueldad inquisitorial con toga o con ley mordaza, los fanatismos religiosos, los dogmas patrióticos y la nueva "ética del dividendo" silencio ordenan y amenazan miedo. Por lo demás, la exposición tiene otros datos interesantes, por ejemplo, que 25 antiguos alumnos y 12 profesores de la universidad salmantina formaron parte de las Cortes Constituyentes de 1977. Además de Tierno, Morodo, José Vida Soria y Joaquín Navarro Esteban, de adscripción socialista, allí enseñaron parlamentarios de UCD como Rafael Calvo Ortega, Manuel Clavero Arévalo y Jesús Esperabé de Arteaga.

1 Comment
  1. peperoalfa says

    si no lo son de eta no son víctimas… un poco de rigor…

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